Memoria de un rescate
Opinión y Comentarios 26 junio, 2026 Edición Cero 0
Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-
En Iquique crecimos creyendo que conocíamos el mar. Bastaba abrir la ventana para saber cómo venía el día: antes incluso de mirar el cielo, ya sonaba desde el litoral, como algo de todos los días.
Vivíamos convencidos de que el verano no terminaba y de que nada malo podía alcanzarnos. En nosotros había algo propio de los hijos de la costa: las gaviotas casi eran familia y el viento parecía saber nuestros nombres.
Desde la playa mirábamos los cerros llenos de casas prendidas a la ladera, como si todo estuviera hecho para durar, igual que nuestra infancia. Crecimos frente a él y terminamos creyéndolo un amigo. Nos equivocamos: era, a lo sumo, un viejo maestro.
En una ocasión fui con Francisco, mi padre, a juntar caracoles entre los peñascos de Bellavista. El océano se veía tranquilo, demasiado tranquilo. Yo era un chico flaco y liviano, poca cosa ante esa potencia oculta bajo la aparente quietud.
Íbamos sin apuro entre las rocas; él unos pasos adelante, seguro, como siempre, y yo quedándome rezagado, entretenido en las pozas que dejaba la marea. Las escudriñaba como si fueran pequeñas ventanas abiertas a otro mundo: uno más lento y seguro.
Sin que la viéramos venir, una ola se levantó. La costa desapareció de mi vista. Un instante después estaba rodando sin poder detenerme. Todo se desordenó. Ya no sabía dónde estaba ni hacia dónde salir.
Quise respirar. No pude. Cuando ya no encontraba la superficie, una mano se cerró sobre mi brazo. Era mi padre. La corriente me llevaba hacia un lado; él, hacia el otro. Después todo cedió. Volvió la luz. Volvió el aire. Francisco no dijo nada. Tampoco hacía falta. Con el tiempo supe que le temblaban las manos.
Cuando logré ponerme de pie, aún tiritaba. Me sostuvo un instante más y luego me dejó en los brazos de Toyita, que entró corriendo, pálida de espanto.
Creí que mi padre me había salvado de aquello, pero con los años comprendí que fue de algo más profundo. De esa tarde únicamente quedaron su voz, su presencia y el momento en que me encontró.
A esa altura, di por hecho que había aprendido la primera lección. Me equivocaba una vez más.
En la pandilla del barrio había dos personajes que destacaban. El Guatón Jorge era el que siempre se las arreglaba para inventar malas ideas. Gilberto, en cambio, era otra cosa. Mientras nosotros corríamos hacia las rompientes, él se quedaba mirando el horizonte, como si viera algo que el resto no alcanzaba a ver. Tenía fama de prudente, aunque nadie olvidaba que más de una vez había sido él quien nos convenció de hacer tonterías.
Una vez le pregunté qué tanto miraba.
—Las olas no siempre avisan igual —respondió.
Con los años entendí que tenía razón. Algunas cosas no anuncian su llegada.
—¡Cabros! —gritó Jorge una mañana—. El que pase primero el Canal de la Mancha se gana un helado.
Era una lengua de roca que parecía apuntar hacia el infinito, donde descansaban los restos oxidados de un buque encallado desde hacía una eternidad.
Antes de lanzarme, contemplé a Gilberto. Observaba el canal en silencio. Luego negó apenas con la cabeza. Una advertencia mínima. Debí escucharla.
Por unos segundos dudé. Después hice lo que tantas veces hacen los muchachos: confundí la confianza con la imprudencia.
Me tiré igual. No era el mejor nadador del grupo, pero tampoco quería quedarme al margen viendo cómo otros se llevaban la gloria de un helado. Conocía esas aguas de memoria. Creí que eso era suficiente.
Avancé sonriendo, escuchando las bromas detrás de mí. Por un momento incluso pensé que Gilberto exageraba. Había una calma que invitaba a confiar.
Giré la cabeza para burlarme de él. Ya no estaba. Dirigí la vista hacia las rocas y luego hacia la orilla. No lo vi. Supuse que se había ido y seguí avanzando.
Al comienzo, el avance fue fácil. El agua apenas me golpeaba el pecho y nadaba con la confianza ingenua de quien cree haber vencido el peligro. Seguí avanzando. Quería llegar más lejos que los demás. Demostrarme algo que hoy ya no recuerdo.
Sentí el primer tirón. No se veía, pero se sentía. Quise volver. Tierra firme no parecía acercarse. Lo intenté otra vez. Fue inútil. Algo me arrastraba sin hacer ruido.
Fijé la mirada hacia el litoral. Mis amigos eran figuras pequeñas, manchas moviéndose entre el remolino blanco. Quise gritarles, pero la fuerza me llenó la boca de sal. Nadé con más vigor. Los brazos empezaron a pesar. Cada brazada avanzaba menos que la anterior. El pecho ardía. El aliento comenzaba a faltarme. Otro embate me golpeó y desaparecí bajo la superficie.
Cuando logré salir, respiré con desesperación, pero apenas alcancé a tomar aire antes de hundirme otra vez. Entonces comprendí que ya no iba a salir. Estaba luchando, no por salvarme, sino por no desaparecer.
Las piernas se me endurecieron. Perdí el control del cuerpo. El mar me levantaba y me tiraba de nuevo, como si ya no fuera mío. El miedo irrumpió de golpe: podía morir allí.
El agua entraba por la nariz, por la boca. Perdí la orientación. Arriba y abajo dejaron de existir. Abrí los ojos y la inmensidad era un verde oscuro atravesado por luces que temblaban.
Me hundía. En medio del desconcierto Francisco volvió a ocupar mi mente. No sé por qué. Tal vez fue un instante, tal vez menos. Después lo vi luchar contra la marejada para llegar hasta mí.
—¡Panchito!
La voz surgió como una claridad repentina en medio del cansancio. Al rato, alguien me agarró del brazo. Era Gilberto. No sé de dónde sacó energías. Yo ya no tenía ninguna. Ahí comprendí que no me hallaba solo en esa lucha.
—¡No te sueltes! —gritó.
Quise responder, pero apenas conseguí escupir y jadear. Todo seguía llevándome hacia atrás. Cada ola parecía arrancarme de su agarre. Más de una vez creí perderlo otra vez bajo la superficie. Pero Gilberto no aflojaba. Sus dedos se clavaban en mi brazo como un ancla. Nadó de lado, arrastrándome. Yo apenas ayudaba. A ratos pateaba; a ratos me dejaba llevar. Todo se redujo al ruido del agua, a la respiración cortada y a esa mano que no me soltaba.
Poco a poco, cada embate retrocedía. Mis pies rozaron algo firme. Arena. No lo creí al principio. La siguiente sacudida nos derribó y caímos de rodillas. Otra nos arrastró varios metros por la playa. Tosí, escupí sal, el pecho me ardía como si hubiera tragado fuego.
Quedé tirado boca arriba, sin poder moverme. El cielo se veía enorme, borroso, como si no fuera real. Gilberto estaba al lado, empapado, respirando agitado. Guardamos silencio. Todo estaba dicho. A nuestras espaldas persistía un rugido feroz, como el de un animal frustrado.
Ya cuando peinaba canas, regresé al Buque Varado. Las rocas seguían en su sitio. Todo parecía como siempre, pero ya no lo era. Los que faltábamos éramos nosotros.
Quién sabe dónde andará mi amigo. Tal vez tomó otro rumbo. Tal vez ya no recuerde aquel día. Yo sí. Nunca lo olvidaré.
Llegué a creer que esta era la historia de dos rescates: primero quien me dio la vida, después Gilberto. Pero parado frente a esas piedras negras se me reveló otra verdad. Ninguno de los dos me enseñó a desafiar aquello que siempre nos supera. Me enseñaron algo más difícil: que nadie se salva por su cuenta.
Hay personas que llegan cuando más las necesitamos y después desaparecen de nuestra vida. El olvido se lleva muchas cosas, pero no esa imagen: una figura abriéndose paso en el mar agitado y una mano firme aferrada a mi brazo.

Deja una respuesta