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Ricardo Balladares Castilla,  sociólogo.-  Seis meses de gobierno le alcanzaron a Rodrigo Paz para poner a Bolivia al borde del colapso. No es una... Bolivia ¿en el abismo o cima de la multicrisis? La lección que hay que atender

Ricardo Balladares Castilla,  sociólogo.- 

Seis meses de gobierno le alcanzaron a Rodrigo Paz para poner a Bolivia al borde del colapso. No es una protesta más, no es un paro sectorial ni un reclamo gremial acotado. Esto es una multicrisis profunda, donde el descontento indígena, obrero, minero, vecinal y magisterial se funde en una ola furiosa que tiene sitiada la ciudad de La Paz. Desde nuestra perspectiva, pero contada sin concesiones academicistas, no estamos ante un hecho espontáneo. Estamos ante el estallido de las contradicciones insolubles del capitalismo periférico, un sistema que ya agotó todas sus máscaras y que arrastra esta crisis estructural desde la caída de los precios de las materias primas y la implosión del reformismo del MAS, ocurrida hace más de 5 años.

El detonante visible fue la ley 1720 -Ley de Conversión de Tierras-, una norma que busca convertir la pequeña propiedad indígena en mediana para poder hipotecarla, facilitando así la reconcentración de tierras en manos de los grandes agroindustriales del oriente. Pero la chispa encendió una pradera seca. La inseguridad, el combustible de mala calidad, corrupción política, crisis del dólar, inflación y pérdida del poder adquisitivo. Así, la Central Obrera Boliviana (COB) declaró un paro indefinido, los maestros rurales exigen salarios dignos, los mineros hacen estallar dinamita frente al palacio de Vicepresidencia -intentando llegar a Plaza Murillo- exigiendo combustible de calidad y las federaciones campesinas y sindicales bloquean el país entero. Eso no es un simple reclamo, eso es una fase preinsurreccional.

¿Desde cuándo se arrastra esta crisis? No nació hoy ni nació con Rodrigo Paz. Para un sector de la izquierda, esta es la expresión del agotamiento del ciclo de los gobiernos llamados progresistas, esos que administraron el capitalismo sin jamás plantearse superarlo. Los intentos progresistas resultaron en espejismos de feria. Una vez que se agotó el ciclo de los commodities, hacia 2015, el modelo extractivista se derrumbó y dejó un Estado endeudado hasta el cogote y sin divisas. La bonanza fue un artificio financiado con reservas internacionales, y al secarse el grifo el reformismo quedó desnudo. Bolivia dejó de ser exportador neto de gas, la inflación superó el 20% en 2025 y la escasez de dólares estranguló la economía cotidiana de la gente. La crisis y golpe de 2019 no fue un accidente, fue el primer gran cataclismo que anunció el ciclo amargo de restauración neoliberal en todo el continente.

Y aquí viene la mirada de René Zavaleta Mercado, el más lúcido pensador y sociólogo boliviano, que nos provee la lente precisa para no caer en simplificaciones de café. Él habló de la formación social abigarrada, esa rareza donde distintas épocas históricas conviven violentamente sin lograr articularse en una totalidad homogénea. Sindicalismo histórico, comunitarismo indígena, pequeño capitalismo minero y modernidad neoliberal, todo eso coexiste a los empujones. Lo que vemos hoy es el choque de esos niveles de realidad. Por eso, cuando los analistas decían que en América Latina no pasaba nada, mintieron con descaro o fueron voluntariamente ciegos. Ellos se esperanzaron o se rindieron a años de aparente calma neoliberal, pero Zavaleta nos enseñó a ver el magma hirviendo bajo la ceniza. La movilización actual no es espontánea, es la materialización de una hegemonía incompleta que nunca logró cohesionar a las masas populares. El voto que llevó a Rodrigo Paz al poder, con un 55%, no fue un cheque en blanco para un gobierno de derecha. Fue un mandato, cuyos electores hoy se sienten traicionados al verlo gobernar para los empresarios y los terratenientes.

Ahora bien, ¿por qué nos importa esto? Porque no es la primera vez que el destino de América Latina se juega en sus montañas. Allí eligió el Che Guevara iniciar su guerrilla continental, no por azar ni romanticismo. Che eligió Bolivia porque era el país más pobre, más analfabeto, más rural y más indígena del continente, el eslabón más débil de la cadena imperialista, desde donde se podía fracturar todo el sistema de dominación. Su análisis no estaba equivocado, porque las grietas que él identificó la miseria, la opresión y el descontento campesino e indígena son las mismas que hoy se han convertido en hondonadas por donde se cuela la furia popular. La guerrilla cayó en Ñancahuazú, pero las contradicciones que quiso dinamitar no solo no desaparecieron, sino que se volvieron más explosivas con el tiempo. Hoy, esas contradicciones se expresan en las calles, con y sin fusiles, pero con la misma potencia destructiva/creativa.

¿Qué factores desencadenan una fase insurreccional? Bolivia responde con crudeza de calle. Una crisis absoluta. Cuando el Estado, en su faceta burguesa, demuestra que solo sirve para reprimir y para salvar los intereses agroexportadores, entonces el movimiento social se radicaliza sin remedio. Pero aquí viene la advertencia para el continente, y especialmente para Chile. La dispersión de demandas es un peligro real. El sociólogo Pablo Mamani señala que, a diferencia de 2003 donde había una agenda común el gas, la Constituyente ahora late un malestar difuso. Los indígenas del Tipnis temen perder la tierra, los mineros quieren diésel de calidad y barato, los maestros un salario digno, los vecinos piden fin del sicariato. Esto refleja la etapa superior de la crisis. Sin un partido revolucionario que sintetice estas luchas en un programa para tomar el poder, la furia popular corre el riesgo de ser funcional a la salida institucional que busca la derecha o a una caída en el caos productivo.

Ante este panorama, cabe preguntarse si Bolivia es el reinicio de una esperanza o el remate de una tendencia fracasada. El riesgo de que esta crisis derive en un desenlace trágico es altísimo si la izquierda revolucionaria no logra organizar y dar conducción a la totalidad de los explotados. Hoy, la derecha de Rodrigo Paz y los sectores reformistas del MAS están siendo barridas juntas por el mismo aluvión popular. Eso no es una esperanza vacía. Es una oportunidad para refundar la lucha de clases por fuera del Estado neoliberal podrido, algo que el Che entendió antes que nadie.

Y aquí el caso de Chile bajo el gobierno de Kast se ilumina con luz propia, como un aviso de incendio. Si Bolivia es un laboratorio de la multicrisis, Chile es su futura cámara de eco. Kast ha prometido mano dura, eliminar ministerios y profundizar el modelo extractivista. Cuando intente aplicar las recetas de ajuste que hoy hunden a Rodrigo Paz, eliminación de subsidios, flexibilización laboral, entrega de recursos naturales a las transnacionales, se encontrará con una sociedad chilena igualmente abigarrada, donde el recuerdo del 18 de octubre es una memoria viva y caliente. Las barreras físicas en la frontera y la represión mediática no detendrán la dinámica de las contradicciones. Bolivia le enseña a Chile que el reformismo por arriba es imposible, que la sobrexplotación tiene un límite, y que cuando el Estado demuestra su carácter burgués sin maquillaje, las calles vuelven a ser el único territorio de la historia. Bolivia no es solo un espejo lejano. Es un llamado de atención, un dinamitazo en la nuca para toda la región. Y habrá que ver si estamos dispuestos a escucharlo antes de que nos estalle en las manos.

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