Edición Cero

Dr. Bernardo Muñoz Aguilar.- Durante años, gran parte de la conversación turística en Chile se concentró en destinos ya consolidados como San Pedro de...

Dr. Bernardo Muñoz Aguilar.-

Durante años, gran parte de la conversación turística en Chile se concentró en destinos ya consolidados como San Pedro de Atacama, Torres del Paine, Rapa Nui o ciertos sectores del litoral central. Sin embargo, mientras el país miraba hacia esos territorios, otras zonas de enorme riqueza natural y cultural permanecían relativamente invisibilizadas para las políticas públicas y para la propia industria turística.

Una de ellas es, precisamente, la cordillera de la Región del Maule. Cuando pensamos en el Maule, muchas veces lo asociamos rápidamente a la agricultura, las viñas o la ruralidad tradicional. Sin embargo, existe otro Maule menos conocido y profundamente valioso: el Maule cordillerano y precordillerano, especialmente aquel vinculado al Río Maule y la zona del Lago Colbún.

Allí conviven paisajes de enorme belleza escénica, volcanes, termas, bosques, arriería, gastronomía campesina, tradiciones locales y una cultura territorial que todavía conserva una relación relativamente armónica con su entorno natural. Y justamente por eso, el Maule aún está a tiempo.

A diferencia de otros destinos que crecieron aceleradamente bajo modelos de desarrollo turístico poco sostenibles, el Maule cordillerano todavía posee la oportunidad de construir una estrategia distinta: un turismo con identidad territorial.

El gran riesgo de muchos destinos turísticos contemporáneos ha sido transformarse en simples espacios de consumo rápido, desconectados de las comunidades locales y crecientemente afectados por la masificación, la presión inmobiliaria y la pérdida progresiva de autenticidad cultural.

Chile ya conoce experiencias donde el éxito turístico terminó generando saturación, aumento explosivo del valor del suelo, sobrecarga ambiental y debilitamiento de las identidades locales. En algunos casos, aquello que originalmente hacía atractivo al territorio terminó deteriorándose precisamente por la falta de planificación.

Por eso el desafío del Maule no debería ser copiar modelos agotados, sino construir uno propio. Y allí aparece una oportunidad extraordinaria: el turismo de bienestar y naturaleza.

Cada vez más personas buscan destinos donde todavía sea posible encontrar silencio, descanso, conexión con la naturaleza, experiencias auténticas y ritmos humanos más lentos. En un contexto mundial marcado por el estrés urbano, la hiperconectividad y el agotamiento emocional de las grandes ciudades, el turismo de bienestar comienza a adquirir una relevancia creciente.

La cordillera maulina posee condiciones excepcionales para posicionarse en esta línea, integrando naturaleza, aguas termales, gastronomía local, descanso, caminatas, contemplación del paisaje y experiencias humanas más pausadas y significativas.

Termas, senderismo, pesca recreativa, turismo rural, cabalgatas, viñas de menor escala y experiencias campesinas podrían transformarse en parte de una estrategia turística profundamente coherente con la identidad del territorio.

Asimismo, una de las grandes oportunidades estratégicas del Maule cordillerano radica en la posibilidad de estructurar rutas gastronómicas con identidad territorial. La cocina maulina posee una enorme riqueza cultural asociada a tradiciones campesinas, producción local, vinos, quesos, mieles, mermeladas, cordero, truchas, pan amasado, tortillas al rescoldo y múltiples preparaciones que forman parte de la memoria alimentaria del territorio.

A ello se suma el enorme valor del patrimonio cultural vivo existente en la región. Un ejemplo notable son las artesanas del crin de caballo de la localidad de Rari, reconocidas como Tesoros Humanos Vivos, distinción que pone en valor conocimientos y oficios transmitidos por generaciones y que forman parte de la identidad cultural más profunda del Maule. Este tipo de patrimonio demuestra que el turismo sostenible no solo debe proteger paisajes naturales, sino también las memorias, técnicas y saberes humanos que otorgan singularidad a los territorios.

La articulación de pequeñas cocinerías, emprendimientos rurales, productores locales, viñas de menor escala y servicios turísticos podría transformarse en un eje fundamental para diversificar la experiencia turística y fortalecer simultáneamente las economías comunitarias. En un contexto donde cada vez más visitantes buscan autenticidad y experiencias culturales significativas, la gastronomía territorial y el patrimonio cultural vivo pueden convertirse en uno de los principales activos turísticos de la región.

A ello se suma la existencia de una Zona de Interés Turístico (ZOIT), herramienta que permite fortalecer procesos de planificación y coordinación territorial en torno al desarrollo turístico sostenible. En este caso, la gobernanza territorial es liderada por SERNATUR y cuenta con la participación activa de las municipalidades de San Clemente y Colbún, además de cámaras de turismo vinculadas al territorio, en un trabajo conjunto que ya supera los ocho años de articulación y coordinación.

Del mismo modo, resulta especialmente relevante la existencia de la Corporación para el Desarrollo del Turismo en la Zona del Lago Colbún, integrada por cuatro cámaras de turismo, iniciativa que representa un importante esfuerzo de asociatividad territorial y gobernanza local para proyectar un modelo turístico sostenible con identidad propia en la cordillera maulina.

Pero el desafío de fondo sigue siendo el mismo: ¿qué tipo de destino quiere construir el Maule? Todavía existe la posibilidad de desarrollar un turismo sostenible antes de la masificación. Todavía es posible fortalecer economías locales sin destruir aquello que vuelve valioso al territorio. Todavía es posible construir un destino donde naturaleza, cultura y comunidad no sean elementos secundarios, sino el corazón mismo de la experiencia turística.

Tal vez el futuro turístico del Maule no dependa de grandes megaproyectos ni de replicar modelos externos, sino de algo mucho más profundo: aprender nuevamente a escuchar el río, la cordillera y las comunidades que han habitado estos territorios durante generaciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *