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Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.-  Hay que decirlo, el primero de mayo en Chile no fue la fiesta de la clase trabajadora, fue el espejo... La modorra de las izquierdas: De la ilusión constitucional al confort de la consigna

Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.- 

Hay que decirlo, el primero de mayo en Chile no fue la fiesta de la clase trabajadora, fue el espejo de su dispersión. En Santiago, 4 actos paralelos, consignas justas pero sin dientes, y una fragmentación que la oligarquía en el gobierno mira con sonrisa mientras ve a sus enemigos desgastarse solos. En regiones la misma foto, diversos grupos pequeños con su megáfono, convencidos de que la pureza de su consigna-sigla compensa la ausencia de bases populares reales.

Y en medio el parlamento, esa máquina de humo donde parte de la izquierda sigue yendo a reclamar miserias mediáticas para autoreferenciarse en TikTok o Instagram, como si la correlación de fuerzas se modificara por “likes” y el congreso fuera la única trinchera.

Además, por conocimiento y experiencia, la lucha parlamentaria tiene poco de lucha porque en el congreso se busca llegar a acuerdos, y esos acuerdos siempre los pagan los de abajo. La oligarquía no sienta a los trabajadores y a la izquierda para redistribuir poder, los sienta para que aprendan a administrar su propia derrota. El congreso es útil para la clase siempre y cuando esté sea el que acompañe las batallas en la calle y no al revés.

En ese marco, el escenario actual continúa siendo un cementerio de ilusiones progresistas. Se acabó el ciclo de plebiscitos, convenciones, elecciones y la izquierda quedó en su estado más peligroso, la fragmentación melancólica. La ultraderecha capitaliza el miedo a la inseguridad y al desorden económico, mientras las izquierdas siguen atrapadas entre la nostalgia del 18 de octubre y la de la burocracia de los ministerios perdidos.

Lo que vimos este primero de mayo es la consecuencia de haber creído que la transformación pasaba solo por un escaño o una convención. La izquierda pagó cara esa ilusión, porque mientras sus representantes se enredaban en comisiones, la ultraderecha ocupó la calle, las redes y el sentido común mediante el miedo y el bolsillo.

El diagnóstico es brutal pero necesario, el pueblo no giró a la derecha por convicción, sino por desesperación material. No es que el pueblo se haya vuelto facho por maldad, es que la izquierda dejó de hablarle de lo que realmente duele. Duele la seguridad, el rebalse del basural, el salario que no alcanza, el transporte que no llega, el control narco en la población y un largo etc. La derecha, sin escrúpulos pero con decisión, pretende llenar ese vacío con más represión y mano dura para los pobres.

Y no es solo culpa de los de arriba. También está en nosotros, quienes nos autodenominamos “los revolucionarios”, compitiendo por la consigna más linda mientras la clase se hambrea. ¿Qué sentido tiene un primero de mayo con cuatro actos si al día siguiente los sindicatos siguen escuálidos, divididos y el salario mínimo sube siete mil pesos? Los trabajadores no necesitan una liturgia anual ni semestral, necesitamos un plan de lucha. Y ese plan, lo hemos olvidado, está en las mejores lecciones de nuestra tradición, la construcción de herramientas políticas de masas, la independencia de clase y un programa que conecte las demandas inmediatas con la toma del poder.

Por eso hay que hablarnos con cariño, pero con firmeza, a los compañeros y compañeras que aún militamos en partidos y colectivos de izquierda. No somos enemigos. Estamos en esas fuerzas porque queremos transformar la vida. Pero hay que decirlo con honestidad. Por un lado, la apuesta por alianzas de cúpula nos lleva a un callejón sin salida. Cada vez que se negocia una medida en lugar de movilizar, se entrena a la clase trabajadora en la paciencia, no en la rebelión. No se trata de romper, sino de invitar a mirar los resultados.

Tras décadas de acuerdos desde arriba, los explotados y oprimidos de Chile siguen siendo pobres, con título pero pobres, y la desigualdad no se ha reducido. La invitación es a empujar desde las bases hacia métodos más audaces, sin esperar permiso desde el Congreso. En tanto, los colectivos multiplicados en minúsculas expresiones pretenden avanzar con la misma receta identitaria, intimista e impotente de hace 30 años, sin obtener ningún resultado. Es “hacer una y otra vez lo mismo, esperando obtener resultados diferentes”.

¿Qué hacer entonces? Hay que ofrecer un camino concreto sobre tres ejes. El primero es la construcción de asambleas territoriales con poder real, asambleas para decidir, no para opinar. Comités de vivienda que paralicen los desalojos, comités de abastecimiento que rompan la especulación, patrullas populares que saquen a los narcos de la esquina sin pedir permiso, deudores CAE organizados contra los cobros. La seguridad para el pueblo es más comunidad organizada, y el control territorial no se pide, se ejerce.

El segundo eje es la huelga general como madre de todas las batallas, no una huelga simbólica de dos horas o un carnaval de colores, sino un paro activo con toma de espacios de trabajo, control popular de la producción en puertos y minería, y un plan que garantice alimentos y medicinas desde los lugares de trabajo. Eso exige el momento internacional, porque vivimos en un mundo de guerras y crisis de suministros, y Chile no es una isla. La sensatez revolucionaria es demostrar que los trabajadores podemos administrar la vida sin patrones ni ministros.

El tercer eje es el Frente Único en la calle, no en las mesas. No necesitamos un partido único burocrático, necesitamos unidad de acción entre todos los que estamos hartos. Que las corrientes combativas en los sindicatos, los independientes de las ollas comunes, los pobladores y las bases de los partidos cansadas de prometer se junten para golpear juntos contra el alza de la vida y la represión, pero sin entregar un solo voto de confianza a los gobiernos que administran el modelo. La independencia de clase es innegociable.

La izquierda que quiera transformar Chile tiene que romper con la administración del Estado oligárquico neoliberal, y eso significa explicar en cada asamblea que este Estado no es nuestro, sino de quienes financian las campañas con los bolsillos llenos de explotación.

La falta de unidad es un lujo cuando el fascismo toca la puerta. La revolución no vendrá por un decreto comunal, una ley, ni por una nueva constitución escrita en un salón de mármol, vendrá cuando la izquierda entienda que su lugar no es el post ni el escaño, sino el muelle, el barrio, la minera, la universidad y la población, no para representar a los pobres sino para que los trabajadores se representen a sí mismos.

Este primero de mayo fue un desfile de huérfanos, pero es una advertencia. La crisis se profundiza, la paciencia de los de abajo tiene un límite que ni el parlamento ni los pactos van a contener. O nos unimos en un programa de ruptura y acción territorial, o seremos testigos de cómo se restaura el orden de siempre sobre las cenizas de nuestra desunión.

La revolución se organiza desde abajo, y en los subterráneos de la historia ya se escucha el ruido de que este sistema se cae, pero no solo, y que lo único que falta es empujar todos juntos en la misma dirección. Golpear juntos contra el alza de la vida, la precarización laboral y la represión.

Esta sección de OPINIÓN Y COMENTARIOS, está destinada a la difusión de opiniones y análisis  de autores y temas diversos, que no representan necesariamente nuestra opinión.

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