Cueca en el norte: reflexiones cómo se ha transformado en el desierto nortino, en un cruce entre memoria, identidad y construcción cultural.
Crónicas 20 septiembre, 2025 Edición Cero 0
En el marco de las celebraciones de Fiestas Patrias, el Dr. Franco Daponte, investigador de la Universidad de Tarapacá (UTA), analizó el rol que ha tenido la cueca en el norte de Chile, un territorio donde esta danza nacional no sólo sobrevivió al paso del tiempo, sino que fue también transformada por procesos sociopolíticos y culturales.
Daponte, doctor en Musicología por la Universidad de Valladolid (España) e investigador de la Universidad de Tarapacá, reflexiona cómo la danza nacional se ha transformado en el desierto nortino, en un cruce entre memoria, identidad y construcción cultural.
Según explicó, la cueca se origina a fines del siglo XVIII como parte de los “bailes y tierra”, prácticas extendidas en todo el virreinato y difundidas por las tropas libertadoras. En sus primeras versiones, conocidas como “samba cueca”, el componente estaba muy presente, aunque con el tiempo se fue silenciando. Posteriormente, tras la Guerra del Pacífico, esta danza se extendió bajo distintas denominaciones: “chilena” en el Perú y Bolivia, “marinera” en honor a Miguel Grau y, finalmente, “cueca” en Chile.
En Tarapacá, relató Daponte, la historia fue singular. Existió una cueca tarapaqueña, estrechamente vinculada con Lima por las relaciones familiares y culturales de la época. Sin embargo, durante la chilenización, esta variante fue prohibida y reemplazada por la construcción de una nueva identidad musical con la denominación de “cueca nortina”, incorporando las bandas de bronce, vestimenta de influencia altiplánica y un compás más pausado al danzar.
“La cueca nortina se construyó a mediados del siglo XX y, aunque muchos la perciben como ancestral, es el resultado de un proceso histórico que combinó imaginarios folclóricos y políticas culturales metropolitanas”, sostuvo el investigador.
El académico añadió que, durante la dictadura de Augusto Pinochet se consolidó esta diferenciación, al institucionalizar los campeonatos de cueca en tres estilos: central (del huaso), nortina (andina) y chilota. “Fue parte de un proceso de clasificación que invisibilizó otras variantes y otros bailes regionales, como el cachimbo. Asimismo, la cueca se constituyó como un símbolo nacional”, precisó.
Respecto a su vigencia, Daponte afirmó que la fuerza de la cueca radica en su capacidad de funcionar como ritual simbólico de identidad nacional. “Es en el mes de septiembre cuando la mayoría se viste con trajes que nunca fueron tradicionales, pero que cumplen un rol ritualista de pertenencia al Estado nacional. En ese sentido, la cueca ha sobrevivido porque siempre ha representado un sentir común, más allá de sus múltiples formas regionales”.
De este modo, la cueca en el norte no sólo es una danza heredada, sino también una expresión reinventada y resignificada que refleja las tensiones entre tradición, política y cultura. Su permanencia en el desierto, concluyó el investigador, es testimonio de cómo las comunidades nortinas del norte se han apropiado de un símbolo nacional, adaptándolo a su propia historia y paisaje sonoro.

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