Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo —¿Vamos a la yola? Humberto me lo preguntó a la salida del Liceo. Martino estaba junto a... ¿Vamos a la Yola?

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo

—¿Vamos a la yola?

Humberto me lo preguntó a la salida del Liceo. Martino estaba junto a él. Yo llevaba mis cuadernos bajo el brazo.

—Panchito, vamos al puerto. A practicar.

Miré hacia el mar. Estaba tranquilo, apenas se movía. Los botes se balanceaban junto al muelle y los remos subían y bajaban despacio.

Quise ir. Pero pensé en mi mamá.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Tengo prueba de Matemáticas mañana.

Martino se rio.

—Panchito y sus matemáticas.

Humberto también sonrió.

Tenía dieciséis años, era bueno para los deportes y quería ser marino. Cuando hablaba del mar, parecía que ya estuviera allá.

—Entonces mañana.

—Mañana.

Se fueron hacia el puerto y yo regresé.

Tenía doce años y para mí mañana estaba ahí nomás.

En esa época, el mar estaba en todas partes. Entraba por las ventanas con olor a sal y pescado, y el ruido de las olas llegaba hasta las casas.

Después de clases jugábamos en la calle hasta que alguna mamá nos llamaba.

Humberto andaba casi siempre con Martino. También estaban Iván, el mejor nadador; José, que se metía en todos los deportes; y Luis, el menor del grupo.

Los cinco estudiaban en el Liceo de Hombres.

Y estaba la yola. Pequeña, de madera, con unos remos largos que parecían demasiado grandes para ella. Para nosotros era un bote. Para Humberto, un barco.

Al llegar encontré a mi mamá junto al piano. Estaba tocando La cumparsita.

Cuando me vio, dejó las manos sobre las teclas.

—¿Dónde estabas?

—Con Humberto y Martino..

—¿Y dónde iban?

—Al muelle de pasajeros.

Se fijó en mí.

—¿A hacer qué?

—A andar en yola.

Negó con la cabeza.

—No.

Eso era todo.

Con Toyita bastaba una palabra.

Dejé los cuadernos sobre la mesa y abrí el de Matemáticas. Escribí una operación. No me salía. La borré y volví a hacerla. Tampoco.

Desde la ventana podía imaginar el muelle: los botes, los remos, la yola.

Pensé en levantarme e ir a buscarlos.

Pero mi mamá seguía junto al piano.

Me quedé estudiando.

El 7 de octubre de 1959 amaneció como cualquier otro día. Yo no sabía que iba a ser distinto.

No había camanchaca. No recuerdo un viento fuerte. El mar parecía el mismo de siempre.

Ellos habían ido al Muelle Prat.

Cinco muchachos.

Una yola.

Mientras tanto, Iquique seguía con su rutina. Por las calles pasaban las victorias, con sus caballos al trote. Se escuchaban los pregones de los vendedores y, desde el puerto, los silbatos de los barcos.

Yo seguía frente a mi cuaderno.

Pensaba en el día siguiente. En el Liceo, en Humberto llegando con su sonrisa, en Martino a su lado, en Iván, José y Luis.

La operación de Matemáticas todavía no me salía.

En ese momento escuché voces afuera.

Primero una.

Después varias.

Las puertas comenzaron a abrirse.

La gente corría hacia el mar.

Me levanté.

—¿Qué pasó?

Alguien gritó:

—¡Una yola se dio vuelta!

No entendí de inmediato.

Después pregunté:

—¿Quiénes iban?

Los nombres comenzaron a llegar.

—José.

—Iván.

—Martino.

—Luis.

Faltaba uno.

Yo ya sabía quién era.

No quería escucharlo.

Hasta que alguien dijo:

—Humberto.

Miré el cuaderno.

La operación seguía allí.

Sin terminar.

Durante mucho tiempo intenté reconstruir lo ocurrido. Los grandes contaban historias distintas y yo trataba de imaginar cómo había sido todo.

Cada vez que alguien contaba algo nuevo, yo volvía a ver la yola en mi cabeza.

La embarcación comenzó a hacer agua.

Al principio nadie entendió lo que ocurría. Uno de ellos se puso de pie.

Se escuchó un crujido.

Luego otro.

Intentaron afirmarse.

No pudieron.

Los cinco cayeron del golpe al agua.

Luis consiguió sujetarse de la yola y sobrevivió.

Iván, que era el mejor nadador, logró llegar hasta la costa para pedir ayuda. Cuando lo encontraron, llevaba en un brazo el reloj de Humberto.

El reloj había llegado a tierra antes que su dueño.

José alcanzó la boya de La Esmeralda. Intentó subir. Resbaló. Volvió a hacerlo. Después dejó de responder.

Humberto y Martino quedaron juntos.

La tarde fue oscureciendo sobre el agua.

—¡Martino!

Nadie contestó.

—¡Martino!

Solo estaba el mar.

Recién con los años llegué a saber algo más.

En medio de aquella tarde, Humberto había preguntado:

—¿Qué va a decir mi mamita cuando no regrese a casa?

Esa noche, parecía que todo Iquique tenía los ojos puestos en el océano. Los hombres fueron hasta la costa. Las familias permanecían allí, esperando. Algunos llevaban linternas. Otros rezaban.

Yo también miraba hacia afuera. Esperaba que alguien apareciera. Que viniera corriendo. Que dijera:

—Los encontraron.

Pero nadie llegó.

La noche pasó. Y cuatro de ellos no volvieron.

El papá de Humberto trabajaba en Ferrocarriles. Al terminar su jornada, caminaba hasta Punta Negra y se detenía frente al mar.

—¡Humberto!

Silbaba.

Se quedaba escuchando.

Nada.

Una vez lo vi a lo lejos. Estaba allí, frente al agua, en silencio. A veces silbaba. Después emprendía el regreso.

Durante mucho tiempo repitió aquel camino. Quizás pensaba que algún día su hijo aparecería. Quizás solo necesitaba seguir llamándolo.

Nunca lo supe.

El mar siempre estaba allí. Humberto no.

Pasaron los años. Crecimos. Cambiaron la ciudad, el colegio y nosotros. Pero algunos recuerdos no envejecen.

Más de seis décadas después, cuando paso frente al antiguo Liceo de Hombres y veo la placa con los nombres, las letras dejan de ser letras.

Primero aparece Humberto.

Después Martino.

Iván.

José.

Luis.

Los veo otra vez con la edad de aquella tarde. Y con ellos regresa una pregunta que nunca se fue del todo.

—¿Vamos a la yola?

La memoria abre una puerta que la vida dejó cerrada.

Al otro lado, Humberto está junto a la yola. Martino ya está a bordo. Los otros también.

Humberto se vuelve hacia mí.

—¿Vamos?

Esta vez dejo el cuaderno y corro hacia el muelle. Estoy a punto de subir cuando escucho una voz detrás de mí:

—¡Panchito!

Es Toyita.

Me detengo.

Solo un instante.

Me vuelvo.

Ella está allí. No dice nada más.

Cuando vuelvo la cabeza, la yola ya se ha separado del muelle.

—¡Esperen!

Corro.

Los remos golpean el agua.

Uno.

Dos.

Tres.

Humberto levanta una mano. Martino también.

El muelle parece alargarse bajo mis pies.

La yola se aleja.

Humberto me hace una seña.

Yo sigo corriendo.

Hasta que se hace pequeña.

Más pequeña.

Un punto oscuro sobre el agua.

Después desaparece.

Cuando despierto, los cuadernos siguen sobre la mesa.

Por la ventana entra la luz de Iquique.

Miro la operación.

Sigue allí. La misma. La que no pude resolver aquel día. Cierro el cuaderno.

A veces, cuando escucho las olas, vuelvo a oír la voz de Humberto:

—¿Vamos a la yola?

Y por un segundo tengo otra vez doce años.

Ahora sé que aquella carrera no era para llegar hasta ellos.

Era para encontrarlos.

Humberto se fue hacia el mar.

Yo me quedé en la orilla.

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