Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-  I.- EL CLAVO  Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen ocultos, como los cangrejos bajo las rocas de... El clavo que cambió mi mirada

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.- 

I.- EL CLAVO 

Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen ocultos, como los cangrejos bajo las rocas de Cavancha, hasta que una calle los despierta. Al pasar frente al antiguo Hospital de Iquique, mi ojo derecho parpadea antes que yo. Entonces desaparece el hombre y vuelve Panchito, el niño de ocho años que aún cree que el mar termina donde comienzan los sueños.

Aquella tarde de otoño encontré un martillo junto a unas tablas. Pesaba demasiado para mis manos. Precisamente por eso me hizo sentir grande. Busqué un clavo oxidado, lo apoyé contra un muro de cemento y empecé a golpearlo.

Fallé dos veces.

Levanté el martillo por tercera vez. El clavo salió disparado. Parecía haber esperado todos esos años para encontrarme. No alcancé a verlo. Un estallido me atravesó el ojo derecho. Un fogonazo blanco me cruzó la cabeza. Caí doblado por el dolor. Cuando aparté las manos, las tenía cubiertas de sangre.

Grité. Mi madre apareció velozmente. Se arrodilló a mi lado, me apartó el pelo de la frente y me acarició la mejilla. Sus manos temblaban. Su voz, no.

—No pasa nada, mi niño.

Yo necesitaba creerle.

En esa época, las ambulancias eran un lujo. Una vecina consiguió un automóvil de alquiler. Durante el viaje apoyé la cabeza en su pecho; escuchaba un corazón desbocado y creí que era el mío.

Las palmeras se inclinaban sobre el coche, curiosas, como si también quisieran conocer mi herida. Quizás fue el dolor. Quizás ocurrió de verdad. Cuando uno es chico, la fiebre y el susto pueden convertir cualquier cosa en una certeza.

Desde ese día, el martillo dejó de ser juguete y pasó a ser enemigo.

II.- EL HOMBRE QUE SALVABA LOS OJOS 

El Chevrolet se detuvo frente al hospital. El recinto parecía respirar. Los pasillos olían a éter y yodo, y las puertas se abrían y cerraban como grandes párpados.

Toyita mantuvo mi mano entre las suyas. Una enfermera retiró con cuidado el pañuelo ensangrentado. Apenas vio la herida, frunció el ceño.

—Llamen al doctor Francia. Si él no salva ese ojo, nadie podrá hacerlo.

Bastó pronunciar su nombre para que todo el servicio se pusiera en movimiento. Al instante apareció el médico con su linterna. Detrás venía Bautista, altísimo, de brazos larguísimos. Se movía despacio, como si aquel cuerpo enorme hubiera aprendido a no asustar a nadie.

El doctor era bajo, de mediana edad, ceñudo y de ojos saltones. Acercó la lámpara y examinó mi ojo como si pudiera leer en él la historia del accidente.

—A ver, mírame.

La luz me hizo arder. Guardó silencio unos segundos.

—Al pabellón, de inmediato. Prepárenlo.

Bautista salió rápidamente. Luego el médico se volvió hacia mi madre.

—Señora, la situación es grave. Hay que operar. Ahora.

Toyita palideció.

—¿Va a perder la vista?

—Todavía podemos salvar su ojo.

Mientras las enfermeras preparaban la cirugía, mi mamá seguía acariciándome el pelo, como si pudiera sacarme el miedo de la cabeza con la palma de su mano.

Yo hacía esfuerzos por parecer valiente. El pucherito se me escapó igual.

Cuando la camilla comenzó a avanzar, el cirujano volvió a inclinarse hacia mí.

—Escúchame: necesito que seas valiente. Tu ojo depende de eso.

—Sí, señor.

—Cuando despiertes, quiero que me cuentes quién ganó la pelea.

Lo miré sin entender.

—¿Qué pelea?

Por primera vez le vi una sonrisa.

—La del clavo contigo.

Fue la única broma que alcancé a oír. Apreté la mano de mi mamá. El olor a desinfectante llenó el pasillo. Las puertas se cerraron, ella quedó atrás y todo se volvió oscuro.

III.- LA LARGA ESPERA 

La anestesia apagaba poco a poco mi mundo.

En una banca del pasillo, mi madre esperaba sola. Cada puerta que se abría le encendía la esperanza, pero nunca aparecía el médico. De pronto creyó escuchar mi voz al otro lado del pabellón. Se levantó de un salto. No era yo.

Entonces rezó a la Virgen del Carmen hasta recuperar la calma. Años después, ella juraba que una brisa tibia le había rozado las manos, aunque las ventanas estaban cerradas.

En medio de aquel silencio oyó a dos mujeres conversar:

—Lo tomó el doctor Juan Francia.

—¡Pues tiene suerte!

Por un momento, mi mamá dejó de llorar. Todos repetían lo mismo: si alguien podía salvarme el ojo, era él.

Más tarde llegó Bautista.

—Señora, la operación continúa.

No dijo nada más. Ella siguió esperando con las manos apretadas.

Al fin, el doctor salió del pabellón, se quitó los guantes y se acercó.

—La cirugía fue difícil…

Ella sintió que el mundo se detenía.

—A pesar de eso, logramos salvar el ojo.

Las lágrimas corrieron por su rostro.

—Ahora comienza otra batalla. Hay que evitar cualquier infección y cumplir el tratamiento al pie de la letra. Permanecerá hospitalizado, por lo menos, un mes.

—Gracias, doctor…

Él negó suavemente con la cabeza.

—Agradézcame cuando ese niño vuelva a correr por las calles.

Terminó de escribir la ficha, guardó la pluma en el bolsillo y continuó su camino, con la cabeza gacha.

IV.- EL DESPERTAR 

Primero escuché voces. Después abrí el ojo izquierdo. El derecho seguía oculto bajo un grueso vendaje.

Lo primero que vi fue a Toyita. Tenía los ojos rojos e hinchados y unas ojeras profundas. Al verme despertar, sonrió, como si por fin pudiera respirar tranquila.

—Despertaste, hijito…

Me acomodó el pelo. Al verla, la escena del accidente regresó de golpe. Toqué el vendaje con cuidado.

—¿Todavía tengo ojo?

Ella se mordió los labios, conteniendo las lágrimas.

—Claro que sí. El oculista te salvó.

Respiré. Sentí que volvía a nacer.

Una enfermera acudió de inmediato.

—¿Cómo está nuestro paciente?

Yo tenía otra preocupación.

—¿Puedo comer?

Las dos soltaron una carcajada.

Cuando pude incorporarme, llegó una sopa tibia en una bandeja metálica. No sabía igual que la de la casa, pero cuando terminé el plato me sentí mucho mejor.

Desde la cama vecina, un viejo pampino, con la piel curtida por el desierto, sonrió.

—Si el cabro tiene hambre, ya está fuera de peligro.

Al otro lado de la sala, un pescador dobló el diario.

—Así nomás es. Las risas recorrieron la habitación.

Con los días descubrí que un hospital también podía parecerse a un pequeño pueblo. Cada cama guardaba una historia: el pampino hablaba de las oficinas, antes llenas de gente y después de polvo y viento; el pescador, de los botes albacoreros; las visitas llegaban con galletas de soda y de chuño, y las enfermeras se sabían el nombre de todos.

Aquel lugar al que había entrado aterrado comenzó a parecerme menos extraño. Hasta que, al día siguiente, escuché un sonido imposible de olvidar.

Tin…

Tin…

Tin…

Una enfermera avanzaba con un carro metálico. Sobre la bandeja brillaban las jeringas de vidrio. Un escalofrío me recorrió entero. Sin saberlo, acababa de aparecer el nuevo enemigo de mi infancia.

V.- LA GUERRA CONTRA LAS JERINGAS 

El doctor me había salvado el ojo, pero el carro metálico anunciaba nuevos enemigos.

Tin…

Tin…

Tin…

Era la señal. El primer enemigo había sido el clavo. Ahora tenía otros.

La primera vez fingí dormir. Una practicante sonrió.

—Panchito… los dormidos no aprietan tanto los dientes.

Abrí un ojo, vi la jeringa y salí disparado como un conejo. Desde ese día, el tintineo del carro transformaba el hospital en un laberinto: los pasillos se alargaban, las puertas desaparecían y siempre surgía una escalera. Estaba convencido de que el edificio conspiraba con las mujeres de blanco.

—¡Ahí viene el cabro del ojo! —gritaba el viejo pampino.

—¡Hoy sí que se les escapa! —respondía el pescador.

Hasta las visitas terminaban riéndose mientras el personal me perseguía con más paciencia que enojo. Yo estaba seguro de que nunca lograrían atraparme.

Pero un día, sin aviso, todo quedó demasiado quieto. El carro no llegó. No sonó el retintín.

Asomé la cabeza y avancé unos pasos.

—¡Ahora!

Las puertas se abrieron y aparecieron por todos lados. Corrí escaleras arriba hasta quedar frente a una ventana abierta. Sin salida, lancé mi amenaza:

—¡No se acerquen! ¡Si me ponen otra inyección, me tiro!

Todos quedaron paralizados. Una enfermera levantó las manos.

—Está bien, Panchito. No nos moveremos.

Retrocedieron y creí haber ganado.

Bajé de la ventana. Dos pasos después, las puertas volvieron a abrirse. Entre varios consiguieron sujetarme mientras la mujer de blanco se acercaba con la jeringa.

—Perdóname, Panchito. Es para cuidar el ojo que tanto costó salvar.

Cerré los ojos, esperando el golpe de una tormenta. La aguja apenas me tocó y todo había terminado.

El verdadero enemigo nunca fue el pinchazo, sino todo lo que mi imaginación había construido antes.

Al terminar, una enfermera me revolvió el pelo.

—Listo. Ya pasó.

Yo seguía indignado.

—¡Hicieron trampa!

Ella soltó una risita.

—Claro… éramos cinco contra uno.

Terminé sollozando, más por el susto que por la aguja. Al final, dejé de mirar la jeringa y busqué la mano de la única persona en quien confiaba.

El clavo casi me dejó sin ojo. Las jeringas se empeñaban en dejarme sin valentía.

VI.- EL HOMBRE DETRÁS DEL DELANTAL 

Mi pelea con las jeringas me hizo famoso entre los enfermos. El pampino y el pescador celebraban cada una de mis escapadas, y hasta las mujeres de blanco acababan riéndose. Poco a poco, las jeringas dejaron de parecerme monstruos y volvieron a ser parte del paisaje.

Cuando entraba el doctor Francia, yo me quedaba quieto. Con él no me atrevía a hacer las mismas gracias que con las enfermeras.

Vi entrar al médico junto a Bautista. Revisaba mi ficha, levantaba el vendaje y acercaba la linterna. Yo permanecía inmóvil. Su mirada se detenía en mi ojo, como si buscara algo que solo él podía ver.

—Mira hacia arriba.

Luego hacia un lado. Finalmente asintió.

—Va sanando.

Con esas palabras, el susto se hacía más pequeño. Yo lo veía recorrer el hospital, tranquilo, mientras a su alrededor tantas manos se afanaban por salvar lo que podían.

Una mañana de cielo gris y aire fresco, mientras tenía permiso para caminar por los pasillos, escuché una carcajada. Me asomé y vi al doctor tomando café con los funcionarios. Reía tanto que tuvo que quitarse los anteojos para secarse las lágrimas. Me costó reconocerlo. Yo nunca lo había visto reír así.

En eso sus ojos dieron conmigo. Pensé: ahora sí que me van a retar. Pero no. Tomó la taza y me saludó, sin decir nada más.

—¿Ya empezaste a caminar?

Asentí con la cabeza. Me miró un instante, con esos ojos que parecían descubrir cosas que yo todavía no entendía. Después escuché muchas historias sobre él, pero ninguna me hacía falta: yo ya tenía la mía.

VII.- EL OJO QUE APRENDIÓ A MIRAR

Llegó el alta. Toyita me peinó igual que antes de ir a la escuela y fuimos a verlo. El oculista revisó mi ojo, cerró la ficha y sonrió apenas.

—Va a quedar bien, señora. Solo hágame un favor: mantenga a este niño lejos de los martillos.

Los tres reímos. Antes de irse, me apretó la mano.

—Cuando seas grande, Panchito, me vas a tener que hacer un monumento.

Posteriormente me guiñó un ojo.

No le levanté ninguna estatua. Además, nunca fui bueno para conseguir piedras. Le dejé estas páginas, que pesan menos y, con un poco de suerte, duran más.

Al salir de aquel mundo de pasillos blancos, el puerto parecía el mismo: las gaviotas seguían revoloteando sobre los muelles, el viento traía olor a sal y el mar continuaba rugiendo abajo. Sin embargo, yo ya no era el mismo.

Durante unas semanas, mi madre me mantuvo lejos de los juegos. Al cabo de un tiempo regresaron las carreras, los libros y los amigos. Desde entonces, los martillos dejaron de ser juguetes.

Hoy, cuando paso por esa calle, se descorre un telón: vuelven el olor a desinfectante, el tintineo de las inyecciones, Toyita, el viejo pampino, el pescador, las enfermeras, Bautista y el doctor Juan Francia.

Hace un mes me detuve frente al antiguo hospital. Observé el lugar donde mi vida cambió y pensé en la casa donde todo había comenzado. Sin saber por qué, volví a buscar entre las viejas tablas. Allí estaba: una pequeña punta oxidada, todavía marcada por el tiempo.

No sé si era el mismo clavo. Prefiero pensar que sí.

Lo toqué.

Mi ojo derecho parpadeó antes que yo.

Entonces volvió Panchito.

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