Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-  En Iquique aprendimos temprano que el mar nunca se callaba. De día respiraba contra las rocas; de... El rumor del mar

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y dramaturgo.- 

En Iquique aprendimos temprano que el mar nunca se callaba. De día respiraba contra las rocas; de noche golpeaba los pilotes del puerto con una paciencia obstinada, como si conversara bajo el agua. Aquel rumor parecía existir desde antes que las casas, el puerto y nosotros.

Hasta que una tarde faltó. Yo era un niño cuando descubrí que algunas ausencias llegan antes que las despedidas. Mi madre, Toyita, conocía los humores del océano mejor que nadie. Mientras barría el patio o sacudía el mantel, miraba la bahía y sentenciaba:

-El mar no se enoja sin motivo.

Nunca lo explicaba. Yo seguía jugando, convencido de que el mar siempre estaría allí.

Los sábados la calle dejaba de ser calle. Dos piedras marcaban el arco y una pelota gastada convertía la vía en el estadio más importante del mundo.

-¡Pong!… ¡Pong!… ¡Pong!…

Ese sonido era el corazón del vecindario. Chamaco corría con los cordones sueltos porque juraba que así era más rápido. El Pichón relataba cada jugada como una final de radio y Pelluco celebraba hasta los saques laterales. Éramos cabros flacos, curtidos por el sol del norte, seguros de que aquellas tardes durarían eternamente.

Había, sin embargo, una presencia que ninguno lograba comprender. Frente a la casa de doña Chela, junto a un viejo poste de madera, apareció un enorme perro negro. Los adultos decían que era un perro abandonado, aunque parecía haber vivido siempre en ese lugar. Alguien dijo que se llamaba Pelé y así quedó.

En una ocasión, durante la pichanga, la pelota rodó hasta la vereda de doña Chela. El animal estaba allí. El juego se detuvo.

-¿De quién será? —preguntó Pelluco.

Nadie respondió. Fui por la pelota. A cada paso sentía su respiración cerca. Imaginé sus colmillos sobre mi pierna.

Me agaché despacio. No ocurrió nada. Eché un vistazo a Pelé. Permanecía inmóvil. En sus ojos no había amenaza ni afecto. Solo una quietud antigua, como si me conociera desde mucho antes de que yo naciera.

-¡Dale poh, Panchito! —gritó Chamaco.

Volví al juego sin mirar atrás. Mientras discutían un córner, el mar golpeó las rocas, pero un silencio extraño lo cubrió todo. Por un instante, todo se detuvo. Después, la pelota siguió su camino.

-¡Pong!… ¡Pong!… ¡Pong!…

Aquella noche encontré a Toyita barriendo la vereda. El crepúsculo se apagaba sobre la costa.

-¿Qué tanto miras? —preguntó.

Estuve a punto de contarle que las olas habían callado, pero no lo hice. Toyita siguió barriendo, como si entendiera que hay preguntas que solo responde el tiempo. Antes de entrar a casa busqué a Pelé. Seguía allí, quieto, como si supiera que yo volvería.

El sábado siguiente llegaron los cabros de Bulnes. Cada partido contra ellos era una cuestión de orgullo: no se jugaba un trofeo, sino el derecho a caminar la semana con la cabeza en alto.

Los vecinos ocupaban las veredas y los más chicos aguardaban su turno.

-¡Pong!… ¡Pong!… ¡Pong!…

Con el partido a punto de comenzar, busqué la casa de doña Chela. Pelé estaba donde siempre. El juego comenzó parejo. Cada pelota dividida era una batalla; una palabra mal dicha podía terminar en golpes. La tierra se levantaba bajo nuestros pies y el sudor nos cubría la frente. Nadie quería perder.

Entonces ocurrió. Vi un brazo alzarse entre los cuerpos. Después, una piedra girando en el aire. No tuve tiempo de apartarme. El golpe me estalló detrás de la cabeza. El suelo desapareció. Caí de rodillas. Me llevé la mano a la nuca. Estaba roja. No parecía mía.

La luz se volvió borrosa. Solo escuchaba mi respiración. Chamaco movía los labios, pero no oía nada. Mientras me llevaban a casa, la sangre se deslizaba por mi cuello y vi que Pelé nos acompañaba con la mirada mientras nos alejábamos.

Toyita abrió la puerta antes de que pudiéramos llamar. Le bastó verme. Volvió con una palangana y vendas. Me limpió la herida. Cuando el alcohol tocó el corte, apreté los dientes.

-Te salvaste de milagro.

Lavó lentamente sus manos.

-Durante una semana no vas a jugar fútbol.

Estuve a punto de protestar, pero algo en su voz me hizo callar. Esa noche me senté junto a la ventana. Al otro lado de la vía la pelota volvía a rodar.

¡Pong!… ¡Pong!… ¡Pong!…

Llegaban las risas y el golpe del balón. El mar seguía agitado, pero para mí había enmudecido. La piedra regresaba cada noche y cada mañana tocaba la cicatriz para comprobar que aquello había sido real. Un día la esquina amaneció vacía. Nunca supe cuándo se fue.

Una semana después, Chamaco apareció en la puerta con la pelota bajo el brazo.

-El domingo hay revancha con los cabros de Bulnes. Hay que hacerlo llorar.

Un nudo me cerró el estómago. El rumor del mar había regresado.

-¿Vai o no vai? —insistió.

-Voy.

Él sonrió y salió corriendo calle abajo.

-¡Pong!… ¡Pong!… ¡Pong!…

Toyita escuchó la conversación desde la cocina. Salió al patio con la escoba en la mano.

-Panchito, antes de correr… aprende a mirar.

No pregunté. Ella tampoco añadió nada más.

El sábado la cuadra volvió a ser cancha. Busqué primero a Pelé. Seguía allí. Los primeros minutos fueron difíciles. Cada vez que la pelota venía hacia mí levantaba los brazos por instinto. Corrí. Caí. Me levanté. Llegó un pase. La pelota volvió a ser mía y el miedo empezó a quedarse atrás.

El partido se volvió intenso. Piernas raspadas. Empujones. Codazos. Insultos. La tierra envolvía la cancha en una bruma dorada. El empate parecía no romperse nunca. Cuando faltaban pocos minutos, Chamaco cayó dentro del área.

-¡Penal!

Todos hablaban al mismo tiempo. Chamaco tomó la pelota, la limpió con la camiseta y caminó hacia mí.

Sin decir nada, la puso entre mis manos.

-¿Yo?

-Tú, poh.

Sonrió.

-Hazte famoso, poh.

Miré el arco. El Búfalo abrió los brazos. Dejé la pelota sobre la tierra y retrocedí. El recuerdo del piedrazo volvió. Busqué a Pelé. Ya no estaba.

-¡Métela! —gritó alguien.

Tomé impulso y rematé. El Búfalo apenas alcanzó a rozarla. Corrí al rebote y la empujé con la punta de mi pie entre las dos piedras. Entonces el mar volvió. Una nube de tierra se levantó sobre la cancha y estalló un solo grito:

-¡¡¡Goool!!

Chamaco se colgó de mi cuello. Pelluco saltaba con los brazos en alto. El Pichón relataba la jugada como si la escuchara todo Chile. Reíamos.

La columna de madera; solo la tierra conservaba la huella de quien tantas veces había esperado allí. Frente a la vereda estaba Toyita. No aplaudía ni gritaba; solo me miraba llegar. Cruzamos la pista. Sus dedos encontraron la cicatriz y la acariciaron apenas.

-¿Estás bien?

Asentí. A nuestras espaldas seguían los abrazos y los gritos. Mi madre dejó unos segundos la mano sobre mi cabeza y caminamos de regreso. Al pasar por allí miré por última vez: solo quedaba la señal de Pelé en la tierra. Desde aquel día, el rumor del mar me acompañó el resto de mi vida.

Pasaron muchos años. La niñez nunca se queda donde uno la deja. Se esconde en aromas y sonidos que, sin aviso, regresan.

Muchos años después regresé a Iquique. La ciudad había cambiado; solo los nombres de las calles seguían iguales. Caminé sin rumbo. Buscaba una tarde. El olor a salitre hizo retroceder el tiempo. Llegué donde estuvo la casa de doña Chela. Ya no existía. Solo quedaban el viejo poste torcido y una huella en la tierra. Sonreí. No hacía falta buscar a Pelé.

Entonces escuché un golpe.

-¡Pong!

Después otro.

-¡Pong!

Mis ojos fueron detrás de la jugada. Un grupo de niños disputaba un partido unas cuadras más allá: uno iba con los cordones desatados, otro relataba cada acción como una final y un tercero celebraba cada gol con los brazos en alto. Por un instante, la infancia volvió a encontrarse conmigo.

En Bellavista me tendí sobre la arena. Volvieron las manos de Toyita y su voz:

-El mar no se enoja sin motivo.

Al salir de aquel recuerdo, el sol se hundía en las aguas. A lo lejos seguían los gritos del partido.

-¡Pong!… ¡Pong!… ¡Pong!…

Supe que, en alguna calle de Iquique, nuestra infancia seguía jugando. Observé la costa. Las olas golpeaban los peñascos. Comprendí entonces que el mar nunca había callado: era yo quien aún no sabía escucharlo.

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