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Cristián Gómez Correa, Sociólogo  .-  Existe una tradición en la izquierda que consiste en tomar en serio lo que la derecha dice cuando habla... La Revolución de los Ricos: El manifiesto de Palantir y los tecnoligarcas

Cristián Gómez Correa, Sociólogo [1] .- 

Existe una tradición en la izquierda que consiste en tomar en serio lo que la derecha dice cuando habla en serio. No para buscarle matices donde no los hay, ni para concederle el beneficio de la duda que ella misma niega a los demás, sino por una razón estrictamente política: para no llegar tarde.

La semana recién pasada, Palantir Technologies -empresa valorada en más de 380.000 millones de dólares, especializada en vigilancia masiva, análisis de datos e inteligencia artificial para gobiernos y ejércitos- publicó en la red social X un manifiesto de 22 puntos. El texto resume el libro “La República Tecnológica”, escrito por su director ejecutivo Alex Karp y el ejecutivo Nicholas Zamiska. En él se defiende el rearme de Occidente, la militarización de la inteligencia artificial, el servicio militar obligatorio, y se sostiene abiertamente que algunas culturas son «disfuncionales y regresivas» mientras otras han producido «avances vitales». El documento ha generado un rechazo masivo: más de 220.000 personas en el Reino Unido solicitaron a su gobierno romper contratos con Palantir Technologies, y parlamentarios de distintos países lo han calificado de «delirio de supervillano».

Sin embargo, leer el manifiesto de Palantir exclusivamente como una excentricidad o una campaña de marketing agresiva -como hacen algunos analistas- sería un error político de primer orden.

La ultraderecha no es el principal problema, si no los tecnoligarcas.

El debate público sobre las amenazas a la democracia suele centrarse en sus figuras más estridentes: el populismo de derechas, los agitadores con megáfono, los líderes que insultan y simplifican. Figuras como Trump o Milei concentran la indignación mediática y ciudadana. Pero hay un error de perspectiva en este enfoque. Estos personajes, por irritantes o peligrosos que sean, tienen un poder temporal. Dependen de elecciones, de ciclos políticos, de la volatilidad del humor electoral. Son, en el peor de los casos, inquilinos del poder.

Los tecnoligarcas no son inquilinos. Son propietarios. Peter Thiel, cofundador de Palantir -quien estrecha la mano de Trump en un pacto que varios analistas ya definen como la alianza que quiere dominar el mundo- nunca ha sido elegido por nadie. Karp tampoco. Sin embargo, Palantir tiene contratos con el Pentágono, con ICE (la agencia de inmigración y control aduanero de EE.UU.), con la OTAN, con fuerzas policiales de múltiples países, con gobiernos en distintos continentes. La empresa opera en el corazón de los sistemas de decisión más sensibles del planeta sin rendir cuentas a ningún electorado.

Y ahora tienen un proyecto ideológico explícito. No implícito, no deducible entre líneas: explícito. El manifiesto sostiene que ciertas culturas -léase, las no occidentales- son regresivas y prescindibles para la civilización. Desde la comunicación política, esto se conoce como la deshumanización del otro. Y desde la sociología política, ya existe un precedente histórico bien documentado: es el paso previo a la exclusión sistemática, la persecución política y el genocidio. La gente de Gaza y los migrantes del sur global ya están experimentando en sus cuerpos lo que ocurre cuando una ideología de este tipo se fusiona con tecnología de vigilancia y poder militar.

El peligro real de los tecnoligarcas es que no necesitan ganar elecciones para estar en el centro del poder. Sus fortunas les permiten penetrar profundamente las instituciones: financian partidos, compran medios, contratan lobistas, asesoran gobiernos, construyen la infraestructura digital sobre la que funciona el Estado moderno. Y entienden, además, que los procesos deliberativos propios de la democracia -el voto, el debate público, el empoderamiento ciudadano- son un lastre para su agenda. De ahí que el manifiesto no sea sólo una declaración de principios geopolíticos: es la normalización pública de que hay vidas que valen menos y de que la democracia estorba.

¿Qué ofrece la ultraderecha a la oligarquía tecnológica?

Dicho lo anterior, la ultraderecha política cumple un rol funcional preciso en este proyecto. No es la cabeza: es la correa de transmisión. Lo que los movimientos de extrema derecha le ofrecen a estos tecnoligarcas es algo que ellos solos no pueden conseguir: apoyo popular. El proyecto de deshumanización del otro -el migrante, el árabe, el pobre del sur global- y de vaciamiento del sentido democrático común requiere de millones de personas que aplaudan, o al menos toleren, ese proceso.

Aquí la anti política juega un papel central que merece un análisis cuidadoso. La anti política no es simplemente el rechazo a los políticos: es la transformación del debate sobre lo público en un repositorio con megáfono de quejas. Cada vez más ásperas, más cargadas de resentimiento, más alejadas de la deliberación racional sobre el interés colectivo. Cuando la discusión pública se convierte en un intercambio de agravios contra «la casta» o «el sistema», pierde su capacidad de articular proyectos alternativos. Y ese vacío es exactamente donde se instala el tecnoligarca con su solución algorítmica, su eficiencia sin política, su “gobierno de los mejores” entendidos como los más ricos y los mejor conectados.

El neoliberalismo completa la ecuación. Al reducir la política a una mera cadena de transmisión de la economía -es decir, al hacer de los gobiernos gestores de lo inevitable antes que actores de lo posible- normaliza que quienes tienen el poder económico definan también el horizonte político sin contrapeso alguno. Así se construye el consenso para que el líder ultraderechista que «dice las cosas como son» se perciba como un hombre de bien y no como lo que habitualmente es: el facilitador político de un proyecto de concentración de riqueza y poder sin precedentes históricos.

La alianza entre Thiel y Trump es el emblema de esta relación. No es una coincidencia ni una anécdota. Es la forma contemporánea en que el capital extremo -sin anclaje territorial, sin obligaciones fiscales reales, sin rendición de cuentas democrática- accede al aparato estatal con aprobación popular. La ultraderecha entroniza un mundo bajo control de billonarios de las «razas correctas», en palabras que el propio manifiesto de Palantir deja entrever con su defensa del supremacismo cultural occidental.

El dato como instrumento de dominación inédito.

Un último elemento, es el que transforma a este momento histórico en algo cualitativamente distinto a cualquier oligarquía anterior. La posesión más importante de estos tecnoligarcas no son sus activos financieros, ni sus ejércitos privados de lobistas: son su acceso ilimitado a los datos y los algoritmos. Y a través de ellos, el control de la discusión y la agenda pública.

La socióloga estadounidense y profesora emérita en la Harvard Business School Shoshana Zuboff, en su obra “La Era del Capitalismo de la Vigilancia”, describe con precisión lo que ella denomina la «economía de acción»: el imperativo extractivo de las grandes tecnológicas no se limita a recoger datos sobre nuestras preferencias y comportamientos para vendernos publicidad. Va más lejos: busca modificar esos comportamientos. Moldear “lo que pensamos que queremos”. Determinar qué hablamos, qué nos preocupa, qué nos parece normal y qué nos resulta impensable. El algoritmo no sólo describe la realidad: la construye.

Palantir es el caso extremo de este modelo. La empresa no sólo analiza datos: los analiza para gobiernos que deciden quién cruza una frontera, quién es detenido, quién es bombardeado. Su tecnología ya opera en Gaza, según fuentes citadas por distintos medios de investigación. Y el propio manifiesto publica en el mismo momento en que ocupa una página entera del New York Times declarando que la empresa «apoya a Israel». No es inocente: es parte de una estrategia de comunicación política que busca normalizar (o naturalizar) el uso de la inteligencia artificial en contextos de violencia extrema.

Ninguna élite en ningún momento de la historia de la humanidad había tenido un poder semejante sobre la discusión pública. Los grandes imperios controlaron territorios, ejércitos, flujos comerciales, pero nunca determinaron o influyeron, lo que miles de millones de personas consideraban real, urgente o deseable. Por eso la pretensión de Karp y Zamiska de situar a Occidente como «el centro civilizacional de la historia» cumple una función ideológica: legitimar que quienes se auto perciben herederos de esa civilización tengan el derecho de decidir, mediante la tecnología y la fuerza, quién merece existir y quién no. Y eso ya le hemos visto antes.

Epílogo: nombrar lo que ocurre

El manifiesto de Palantir no es una excentricidad ni un delirio hegemónico. Es un programa. Tiene autores, financiadores, tecnología y acceso al Estado. Lo que antes era una distopía landiana (referida a la obra de Nick Land), hoy organiza y estructura decisiones que afectan vidas reales: quién migra y quién no, quién es vigilado y quién no, quién es bombardeado y quién no. Distintos analistas ya lo definen como la expresión pública del fascismo cibernético: la fusión del supremacismo racial y cultural con el poder algorítmico del siglo XXI.

La respuesta democrática a este desafío no puede ser únicamente electoral. Debe ser también regulatoria, cultural y epistemológica. Regulatoria porque los contratos entre empresas como Palantir y el Estado deben estar sometidos a escrutinio y control democrático: los 220.000 ciudadanos británicos que exigieron revisar esos contratos van en la dirección correcta. Cultural porque necesitamos reconstruir el sentido común democrático que la antipolítica y el neoliberalismo han erosionado. Y epistemológica porque el primer paso para resistir es, siempre, nombrar con precisión lo que ocurre.

Lo que ocurre tiene nombre. Y el manifiesto de Palantir lo ha puesto, por fin, en palabras propias.

[1] Sociólogo, Magíster en Comunicaciones UDP y profesor asociado Universidad Arturo Prat.

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