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Haroldo Quinteros Bugueño, profesor.-  El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. Para muchas personas, el origen de este día es... Día Internacional de la Mujer.

Haroldo Quinteros Bugueño, profesor.- 

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. Para muchas personas, el origen de este día es parcial o totalmente desconocido. Conozcamos bien este crucial día en la historia de la Humanidad.

Hace 118 años, en Estados Unidos, 146 trabajadoras estadounidenses, entre ellas niñas y, además, algunas mujeres inmigrantes, protagonizaron una jornada de protesta que tuvo un horrendo fin. Laboraban en la fábrica de vestuario “Cotton,” de Nueva York, y eran costureras, lavanderas y planchadoras. Habían planteado reiteradas veces varias demandas a sus patrones, sin ningún éxito. Sus sueldos eran mucho más bajos que los de los hombres de la misma fábrica, trabajaban más de 8 horas diarias sin compensación adicional alguna, aunque la jornada de las 8 horas, por lo menos en su aspecto formal y legal, ya era una conquista conseguida por los trabajadores estadounidenses y europeos unas décadas antes.

Tampoco se practicaba en la fábrica el debido mantenimiento de las máquinas, lo que era causa de continuos accidentes. Había también otra demanda, quizás la más importante de todas. La mayoría de esas obreras eran madres, y ellas pedían la habilitación de una sala cuna y un jardín infantil para sus hijos. Ante las negativas patronales, las obreras salieron a las calles denunciando su situación, y días después declararon la huelga. De pronto, los patrones dijeron que estaban dispuestos a negociar y se las invitó a una reunión con ellos en el interior del taller mayor de la fábrica. Sospechosamente, los patrones venían acompañados de un numeroso piquete policial armado.

Las mujeres fueron las primeras en entrar. Lo hicieron en fila y se ubicaron en asientos dispuestos en el interior. Al ingresar al recinto la última trabajadora, las puertas se cerraron abruptamente por fuera, y a los minutos sobrevino un feroz incendio. 146 trabajadoras murieron quemadas vivas o asfixiadas al no poder escapar. Obviamente, ningún patrón ni delegado patronal, así como ningún policía, quedó encerrado en la fábrica. Luego de la tragedia, sobrevino el juicio de rigor, y las declaraciones de los sospechosos de haber causado el encierro de las mujeres y el incendio fueron contradictorias desde un comienzo.

Como el cine y la televisión no existían, los hechos no se registraron visualmente mientras sucedían, y era difícil probar la verdad; sin embargo, en el transcurso del juicio se filtró una declaración de un policía que lo decía todo. Mientras los patrones de la fábrica, funcionarios del Estado y algunos conspicuos políticos habían declarado que todo había sido un “lamentable accidente,” se supo finalmente que varios policías habían sido obligados a encerrar a las mujeres cumpliendo órdenes superiores, y que otros tantos iniciaron el fuego. Aunque la responsabilidad patronal y policial de esta masacre terminó por conocerse íntegramente, el crimen quedó impune.

El conflicto protagonizado por las obreras de la fábrica y sus patrones era social y político, puesto que, al igual que la masacre de Chicago del 1 de mayo de 1856, que dio origen al Día Internacional de los Trabajadores, se trató de un episodio de confrontación entre capital y trabajo; y en estos casos, como ocurrió en Chicago, los que poseen la fuerza bruta, la usan. Así ha sucedido invariablemente en la historia. Apenas los humildes levantan la voz, se los acalla a lumazos o metralla. Cómo no lo vamos a saber los chilenos, con las matanzas obreras de nuestra Escuela Santa María, las de las oficinas salitreras La Coruña, San Gregorio, Alto San Antonio, y más al sur, en Lonquimay y en Ranquil, masacres que tuvieron su origen, precisamente, en el clamor de los trabajadores de las ciudades y el campo por obtener lo que por justicia y humanidad les corresponde.

El horror que causó en el mundo la masacre de las obreras neoyorquinas en 1908 fue tal que los patrones de otras empresas, a lo largo y ancho de Estados Unidos, debieron ceder a muchas de las demandas de sus trabajadoras. Sin embargo, lo más importante ocurrió algunos años después. El holocausto del 8 de marzo dio un decisivo impulso al movimiento feminista, no solo en Estados Unidos sino en el mundo, por la conquista del sufragio universal, la mayor y más sentida reivindicación planteada por las mujeres en todos los países.

En el pasado, las fuerzas e instituciones más retrógradas de las sociedades como las jerarquías eclesiásticas y, por supuesto, los sectores más radicales de la derecha política, se opusieron al voto de la mujer y el derecho que hoy tienen a ser elegidas y participar, al igual que los hombres, en la administración del Estado, hasta cuando el peso de la historia las obligó a retroceder.

En nuestro país, desde el siglo 19, muchos próceres de los derechos civiles, como en primera línea Francisco Bilbao, Santiago Arcos, José Victorino Lastariia y muchos más, iniciaron la lucha por los derechos sociales y políticos de nuestras mujeres. A comienzos del siglo 20 se sumaron a esta tarea importantes mujeres, en su mayoría luchadoras sociales, científicas y artistas, mientras también nacían y crecían los primeros partidos políticos progresistas. En nuestro país, mucho tiempo después, solo en 1949, las mujeres chilenas conquistaron el derecho a voto. En esa lucha participó nuestra coterránea Elena Caffarena, además de Amanda Labarca, María de la Cruz y otras adalides de los derechos de la mujer.

Empero, la brega por la conquista real y total de esos derechos, los de nuestras madres, esposas, hijas, hermanas, colegas y amigas, no ha terminado. Por cierto, la discriminación de género en materia laboral, el acoso sexual y el fenómeno que conocemos como “machismo,” el remanente más inicuo del viejo patriarcalismo, han perdido terreno, al igual que las posturas conservadoras que se negaban a aceptar el divorcio, el control responsable de la maternidad, el aborto por tres causales y, en algunos casos, la actual ley de filiación.

A pesar de estos avances, todavía hay mucho que hacer. Existen demasiados lugares de trabajo sin salas-cunas, desde el campo y las fábricas hasta escuelas y universidades; la lenidad judicial con que se trata el acoso sexual laboral es evidente; como promedio nacional, el salario de las mujeres trabajadoras sigue siendo menor que el de los hombres, y es menor aún en las actividades agrícolas de carácter transitorio, como es el caso de las temporeras. A todo esto, se suma la persistencia de la agresión física y mental que sufren miles de mujeres, sobre todo en los estratos más vulnerables de nuestra sociedad, en sucesos diarios de violencia intra-familiar. Para rematar, los medios de comunicación ya nos tienen acostumbrados a las noticias sobre violaciones y femicidios.

En fin, falta por hacer en cuanto la dignificación cabal de la mujer, la que es y debe seguir siendo el objetivo de una lucha en la que, también, todo hombre justo debe participar, sin excepción. La brecha ya fue abierta. La abrieron, para todo el mundo, aquellas mártires del 8 de marzo de 1908.

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