Desde la Salitrera Alianza, el destacado abogado iquiqueño acunó su compromiso social, que derivó a los derechos humanos.
Crónicas 20 enero, 2026 Edición Cero 1

Imagen extraída de la publicación en la Revista Abismo.
Que el pueblo chileno se informara y se educara más y que se incorporara en los programas escolares la enseñanza de los derechos humanos en la educación formal, especialmente para impactar en los jóvenes, opinó el destacado abogado de derechos humanos, iquiqueño, Nelson Caucoto Pereira -oriundo de la que fuera la Salitrera Alianza-, al referirse a la avanzada del negacionismo en nuestro país.
Las declaraciones las realizó en una extensa entrevista realizada por la periodista y Licenciada en Comunicación Social, Jimena Colombo, para la revista abismo en la que repasa toda la vida del abogado derechos humanos, desde que ingresa a estudiar derecho en la Universidad de Concepción.
También sus días de ocultamiento, detención, la continuidad de sus estudios de derecho y profundizando en la gran labor que ha realizado en materia de derechos humanos.
Nelson Caucoto hoy reside en Iquique, pero se mueve entre su tierra natal y Santiago, donde mantiene su estudio Caucoto Abogados, dedicado principalmente a la temática que ha orientado su vida personal y profesional . Hoy, el abogado, es un referente nacional e internacional en materia de derechos humanos y por todo el archivo documental que tiene o conoce, desde su época en la Vicaría de la Solidaridad.
Por eso, como dice en la entrevista, desea «que los jóvenes sepan lo que es la memoria, que los jóvenes sepan que es este país no se construye de hoy día en adelante, sino que se construye con la gente que dio su vida para que hoy día tengamos democracia y tengamos marcos de libertad, porque conseguir ello nos costó demasiado».
Jimena Colombo, No Ficción.-
El abogado oriundo de la pampa salitrera, que estudió en la Universidad de Concepción, quien recorrió todos los tribunales de justicia de Santiago y por años solo escuchó negativas, es hombre duro de amedrentar. Aunque no le intimida un gobierno de ultraderecha en Chile, se preocupa por el negacionismo y la indolencia. Él, que ha convivido con el dolor de tantas familias, sabe que la dictadura fue una época de terror que no puede repetirse. Confía en el amparo del derecho internacional y en la justicia local que, incluso a más de cincuenta años del golpe, sigue dictando sentencias.
Contenidos
1 La arbitrariedad de la barbarie
2 ¿El negacionismo como derrota?
Mucho antes de convertirse en uno de los abogados de Derechos Humanos más reconocidos en Chile, Nelson Caucoto vivió el tránsito de un mundo de utopías a una dictadura sin precedentes. Llegaba desde Alianza, una oficina salitrera del norte grande, cercano a Iquique, a la Universidad de Concepción (UdeC) a estudiar Derecho. Eran tiempos donde el campus abierto de la UdeC acunaba estudiantes y líderes de la talla de Miguel Enríquez, Bautista Von Schowen, Nelson Gutiérrez. Una generación que dominaba la política, ese quehacer indivisible de la universidad, con un rol hegemónico al interior de la institución que permeaba a todos los jóvenes.
—La universidad estaba dominada por el MIR, que ejerció una influencia enorme en todo el estudiantado a través de su expresión universitaria que era el MUI. Era imposible abstraerse de lo político.
A pesar de venir de una familia identificada como demócrata cristiana, para entonces, Nelson Caucoto militaba en la Izquierda Cristiana, mucho más a la siniestra de la tradición familiar. Cuando llegó el golpe de Estado, se ubicó del lado opositor, sin imaginar nunca, el rol que tendría en esa historia que recién comenzaba a escribirse.
1. La arbitrariedad de la barbarie
Antes del golpe, Caucoto había viajado a su pueblo para pasar las vacaciones. En su terruño, sus padres tenían un negocio tipo bazar donde el joven atendía. De allí tomó un billete de 500 escudos, una pieza que había sido emitida para conmemorar la nacionalización de la minería del cobre, salitre y hierro durante el gobierno de Salvador Allende. En él aparecía un minero y la mina de Chuquicamata, todo de tonos rojizos. Lo guardaría como un recuerdo.
—Yo supe lo que pasó en la universidad porque vivía en un hogar universitario, que debí abandonar el mismo 11 de septiembre de 1973 y me fui a una casa de unos compañeros de la Izquierda Cristiana en San Pedro de la Paz. Ahí viví como 10 días encerrado con tres, cuatro compañeros más, informándonos solo con Radio Moscú. Así supimos que habían ingresado los militares a la universidad, sabíamos que habían allanado todos los hogares universitarios, que había muchos detenidos. O sea, sabíamos de la existencia de la represión. En detalle no sabíamos más, pero ahora sabemos que la Universidad de Concepción fue la que aportó más víctimas de todo el sistema universitario. Fue brutal”.
Encerrado en la casa, solo con hombres y hastiado de comer fideos y arroz, un día fue a comer una cazuela al mercado de Concepción. Allí reconoció a compañeros de su hogar universitario llamado “el 7 de junio”, quienes andaban vestidos de impecables ternos y corbatas, jóvenes sólo habituados al uso diario de jeans, parkas y bototos. Ellos también lo identificaron y lo invitaron a volver a la residencia universitaria para tomar once y jugar ajedrez. Estos compañeros eran los últimos habitantes de ese hogar, los demás habían huido despavoridos a sus ciudades a lo largo de Chile. Los que quedaron sobrevivieron vendiendo libros y otras especies de quienes se habían ido como consecuencia del golpe militar.
Más de cincuenta años después, recuerda la anécdota de este regreso al hogar universitario con tintes jocosos, considerándolo una torpeza de su parte. Estaban en total oscuridad del segundo piso del inmueble cuando los Carabineros irrumpieron violentamente en el lugar. Eran funcionarios del Grupo Móvil, rompieron puertas y mamparas. El miedo invadió a los jóvenes estudiantes, y en un acto de desesperación, algunos, se acostaron con zapatos y se hicieron los dormidos, otros se vistieron con batas blancas, ingenuamente simulando ser estudiantes de medicina para alcanzar inmunidad. Así detuvieron a los seis universitarios que estaban en ese hogar. A él tomaron la billetera, el carnet de identidad y vieron el billete rojo como si fuera prueba irrefutable de una militancia extremista y peligrosa.
Los golpearon, los hicieron pararse contra el muro. Los llevaron a la Cuarta Comisaría en el centro de Concepción y a su respectivo calabozo. “Me decían el huevón del billete”, recuerda. La suerte estaba echada, la arbitrariedad era característica de las detenciones de ese primer año. El calabozo se iluminaba con las llamas de una fogata alimentada por libros. Casi lo hicieron caminar sobre el fuego, porque ese billete lo convertía en un miembro del Comité Central del MIR. Pero se salvó. Les dijo que era de la Izquierda Cristiana, que los profesores podían probarlo, etcétera. Pensaba que no saldría con vida. Iría a la isla Quiriquina o al estadio regional. No había opción. Así se lo aseguraban algunos detenidos en ese lugar.
—En ese momento uno no sabe en qué terminará esta historia. Sabe cómo comienza, que en este caso fue un mal malentendido, por un billete, pero no sabía cómo terminaría.
Tuvo suerte de ser reconocido por un oficial de Carabineros, estudiante de Derecho con quien se habían visto en la Facultad, sin que hubiesen hablado alguna vez. Este oficial estaba uno o dos cursos más abajo, mientras que él ya cursaba el quinto año. Se encontraron en el patio de la unidad policial, y en un breve diálogo inesperado, el uniformado le consultó qué hacía en ese lugar. “Me detuvieron y me acusan de ser integrante del Comité Central del MIR, así que temo lo peor”, dijo Caucoto. Fue en ese instante que el uniformado demostró ser un profesional íntegro y objetivo. “Yo sé que no eres del MIR y voy a hablar con el Comisario para sacarte de aquí”, contestó.
El comisario lo recibió en su oficina en presencia del Teniente y le advirtió: “El oficial se estaba jugando la carrera al bregar por usted, así que no le puede fallar, de manera que cuando vea a algún dirigente de la Universidad, concurra a la unidad a entregar esa información”. El joven Caucoto nunca más volvió y se marchó al norte del país donde sus padres. Sabe qué día ocurrió su detención, porque encontrándose en ese cuartel, escuchó el diálogo entre dos carabineros jóvenes. Uno de ellos decía: “Anoche murió el viejo culiado del Neruda”.
***
Regresaría a la universidad en marzo del 74 para terminar su carrera. En ese momento el Comité Pro Paz se había levantado en distintas ciudades del país, con el fin de intentar prestar ayuda a quienes estaban siendo detenidos. Caucoto, quien aún no se titulaba, se fue a presentar a la oficina de Concepción, lo movilizaba hacer algo, aportar desde el ejercicio profesional. Aunque le comunicaron que las plazas estaban llenas, no desistió, sabía que encontraría el espacio.
Terminó la carrera con holgura. Sacó adelante su Memoria de Prueba y a pesar de que su tesis hablaba en forma muy crítica en contra de la OEA y el rol de los Estados Unidos y la comenzaba con un epígrafe de José Martí, el gran poeta y héroe de la revolución cubana, defendió su memoria y aprobó además su Examen de Grado en presencia de un salón lleno de estudiantes. Se fue a trabajar a Santiago como secretario de una oficina de abogados de la Izquierda Cristiana, hizo su práctica profesional en San Miguel, y luego se abriría paso en la temática de los derechos humanos.
–Pasé unos dos años así, hasta que en 1976 me soplaron que el Comité Pro Paz se terminaría, pero se estaba gestando algo más grande al alero de la iglesia, encabezada por el cardenal Raúl Silva Henríquez. Me dijeron que fuera el 1 de enero a la Plaza de Armas, que me presentarían a alguien, que resultó ser ni más ni menos que Fabiola Letelier, la hermana del canciller Orlando Letelier, asesinado posteriormente ese año por la DINA en Estados Unidos. Ella era una incansable abogada de derechos humanos. Lo que nacía era la Vicaría de la Solidaridad.
El primer día, Fabiola me dio una pega que yo podía hacer en mi casa, que se trataba de hacer indultos del decreto ley 504. Tenía que leer el expediente de alguien que estuviera condenado en la cárcel y poder hablar con él, en lo posible, ir a visitarlo, ver cómo hacerle una nueva defensa para ver si lo podían indultar y lo dejaban salir. Imagínate, nuestro gran triunfo era que expulsaran a la gente del país. Yo les pedía a los familiares que fueran a la embajada de Alemania, a la embajada de Suiza, de Suecia, etcétera. Consígame una visa y su marido se va para allá, les decía.
Era un trabajo muy importante poder conseguir indultos para presos políticos. Sin embargo, siempre tuvo las ganas de meterse en el trabajo más jurídico de la Vicaría de la Solidaridad. Hasta que llegó el momento y Fabiola Letelier le dijo: ‘Nelson, mire, vamos a hacer denuncias a los tribunales, así que ahí tiene un escritorio’. Fue entonces que empezó el trabajo concreto como procurador.
–Yo hacía los escritos y el jefe firmaba. Todo lo que hacíamos eran denuncias por presunta desgracia. No nos atrevíamos a denunciar delitos ese primer año, empezamos con bastante debilidad. Por ahí una denuncia por secuestro, una denuncia por arresto ilegal, jamás una querella. Bueno, ahí me fui metiendo en el tema de pedir diligencias, a meterme en el engranaje, a conocer los tribunales, porque esas denuncias significaban que tenía que ir a los tribunales y yo los recorrí todos en Santiago con mis denuncias, preguntando cómo nos iba, qué había pasado, pidiendo diligencias.
Las únicas respuestas que recibía a todo eso era ‘no ha pasado nada’, ‘todo negativo’, ‘no ha salido del país’, ‘no está detenido’, ‘no está en los hospitales ni en las cárceles, no está en ningún lado’. Ese tiempo de negativas fue muy largo.
—¿Qué piensa cuando le dicen que trabajó inútilmente?
—Cualquiera podrá pensar que nosotros trabajábamos en vano. Pero yo nunca consideré que el trabajo fuera inútil porque si yo soy capaz de pedirle a un magistrado que se constituya en tal lugar y no se constituye. Bueno, entonces habrá un juicio histórico respecto a ese magistrado. Si yo le preguntaba al ministro de Interior si estaba detenida una persona y me dice que no está detenida y sí estuvo detenida, también hay un juicio histórico.
En ese momento era el trabajo que había que hacer y lo que se podía hacer. Era tedioso, porque siempre nos encontrábamos con las mismas respuestas negativas, pero era más grande el entusiasmo que teníamos por la actividad. Fueron absolutamente nulas las diligencias solicitadas. Hubo escaso interés en los Tribunales por hacer avanzar en ellas, salvo contadísimas excepciones. La gran mayoría de los actuarios no mostraban ningún entusiasmo por nuestras denuncias, no les interesaban, y así lo demostraban abiertamente.
A veces desde lejos me hacían la seña, no hay nada nuevo, no, no, no pasa nada. Con ese tipo de actitudes, cualquier persona habría desistido de seguir trabajando en este tema, pero esa es la gracia del trabajo en derechos humanos. No decaer, no dejarse vencer por el tedio, la desidia, la impotencia y los nulos resultados, al final te otorga recompensas.
Frente a un escenario desolador en cuanto a nulos logros, la Vicaría dio un golpe de timón en su estrategia judicial en 1978. Se interpone en el Décimo Juzgado del Crimen de Santiago, la sala más grande, una importante y documentada querella contra la cúpula de la DINA, encabezada por Manuel Contreras Sepúlveda, acción judicial que reunía en esa querella los 70 casos más documentados de detenidos-desaparecidos. Esta querella que apuntaba al corazón de la DINA, fue desestimada por el juzgado del crimen de Santiago donde se interpuso y rápidamente se declaró incompetente, reemitiéndola a la Fiscalía Militar. Decisión apelada, pero los tribunales superiores la ratificaron, y ese proceso durmió durante años en la justicia militar, sin que avanzara un ápice.
–Años después, junto al abogado Alfonso Insunza asumimos su tramitación, terminando con la aplicación de la amnistía, siendo sobreseída. El fallo fue confirmado por la Corte Marcial y finalmente por la Corte Suprema. Entre 1973 y 2000 no pasó nada en materia jurídica. Porque como sabemos la democracia se transó por olvido. Se negoció el poder con los militares a cambio de olvido. Y yo me pregunto, ¿Quién autorizó a estos líderes que encabezaron la democracia a negociar la impunidad? Desde el 2000, hemos ido derrotando esa generalizada impunidad de los primeros 30 años de transición democrática.
Nelson Caucoto ha representado causas emblemáticas de violación a los derechos humanos, como son los casos Víctor Jara y Littré Quiroga, Eduardo Frei Montalva, Caso Paine, Caso Degollados, Operación Albania, Periodista José Pepe Carrasco, Homicidio de Bautista Van Schowen, Operación Cóndor, Operación Colombo, Conferencia 2 (desaparición de la segunda dirección clandestina del PC, desaparición de la primera dirección clandestina del PS) entre las más de 300 causas que ha llevado durante su carrera.
2 ¿El negacionismo como derrota?
Este es un tema que preocupa al abogado, pero que logra explicar de forma crítica. Dice que es fruto de un mal trabajo como sociedad, tanto de la clase política, los intelectuales, los profesionales, la gente vinculada al mundo de derechos humanos y la sociedad en su totalidad. A pesar de la ola ultraderechista, Nelson Caucoto sostiene que el problema radica en la derrota en materia cultural.
—Fíjate que en el informe Rettig una de las más importantes resoluciones o sugerencias era incorporar el estudio de los derechos humanos en toda la educación formal. Han pasado más de 30 años del informe Rettig y nunca se ha hecho. Incorporar el estudio de los derechos humanos en las escuelas matrices de las instituciones armadas, en la educación básica, media, técnico profesional y universitaria. Entonces tú tienes hoy día, para desgracia, una juventud que en un 80% no vivió el golpe. ¿Qué esperas entonces? si no enseñas tú qué pasó en Chile, qué es lo que es una dictadura…
A mí me da vergüenza leer una encuesta donde dicen que Pinochet es considerado por los jóvenes hoy, como un gran estadista, como el mejor presidente, que está por sobre Allende, o sea, ¿qué significa eso? ¡por favor! ¿En qué mundo estamos viviendo para que consideren a un dictador, un criminal, un ladrón como un gran estadista? La gente no tiene idea del horror que se vivió en los tiempos de la dictadura. No saben que hay más de mil chilenos que todavía no llegan a sus casas y que desaparecieron. No saben cómo imperó la tortura, no saben cómo el pudor de las mujeres ha invisibilizado el hecho de que, yo diría en su gran mayoría, todas fueron violadas en los centros de tortura. Estos tipos eran unas bestias. Anda a caer tú en un cuartel de la Dina, porque ahí no se salvaba nadie de la violación y de otras perversidades.
—¿Qué fue lo más fuerte en lo emocional de haber llevado todos estos casos?
—Mira, hay dos cosas que uno aprende, a conocer al desaparecido tan profundamente sin haberlo visto nunca en la vida y, a conocer a su grupo familiar y el drama familiar que significa la desaparición. Me imagino que los psicólogos deben tener más clara la distinción que existe entre el tiempo cronológico y el tiempo emocional. Yo te aseguro que hay mamás que viven en la fantasía de ver llegar a sus hijos. Sí. Todavía. Porque tú podrás decir ‘pasaron 50 años’, pero en el corazón de una mamá no ha pasado ni un minuto del último momento en que vio a su hijo.
—¿Cómo ve el panorama de los derechos humanos hoy en Chile?
—Hemos llegado a un nivel tan bajo de consideración por los derechos humanos, que hoy día no sirven de nada. Son motivo de risa, ‘no hagan nada con el delincuente, pueden venir los derechos humanos’. ¡Eso es no entender nada de nada! Los derechos humanos tienen que ver con el imperio del raciocinio, el imperio de la dignidad, el imperio del respeto entre las personas. Los derechos humanos son lo más importante, la más importante disciplina interior de un país. ¿Por qué?
Porque son consensos básicos entre los seres humanos sobre la dignidad de cada uno. Si no somos capaces de reconocer que cada uno de nosotros tiene dignidad por el solo hecho de haber nacido, es no tener ninguna conciencia del valor que tienen los derechos humanos. Siempre sostengo que los derechos humanos son la tabla de salvación de la humanidad, es decir, los derechos humanos se conectan con temas ambientales, con temas económicos, con temas de salud, con temas de construcción de país, con temas de marginalidad, con temas de falta de vivienda, con un tema de falta de empleo, etcétera.
—¿Cómo cree que terminará esta idea de “desuscribirse” de tratados internacionales, de indultar a Krassnoff y otros criminales de lesa humanidad?
—No es fácil para Chile salirse de las organizaciones internacionales. No, detrás del respeto del derecho internacional está el respeto hacia la propia institucionalidad de un país. Es el honor nacional el que se ve afectado. Si hay un país que no considera el derecho internacional, no va a tener inversiones el día de mañana, no va a tener una economía que se desarrolle plenamente. El que gobierna hoy día es el derecho internacional y gobierna de tal manera que es el que nos abrió las puertas para que existiera una explosión de sentencias condenatorias en materia de derecho humano.
Y ese derecho internacional es el que manda la relación entre los Estados. Ahora, que surja un sujeto como Trump que desprecia ese derecho internacional, hay que verlo como un acto finito, es un acto que va a tener término. ¿Qué duda cabe, que ya el próximo gobierno norteamericano no va a ser como el de él? ¿Qué duda cabe que este señor capaz que termine siendo enjuiciado en el tribunal Penal Internacional?
—¿Qué piensa cuando se dice que no se ha logrado nada y campea la impunidad?
—Yo no sé qué país tiene la cantidad de presos por violación de derechos humanos como la que tiene Chile. Creo que la gran mayoría de los casos han sido resueltos. Hemos vencido la amnistía, hemos vencido la prescripción, hemos vencido la incompetencia, la obediencia debida, la media prescripción. Cualquier obstáculo que tú me pongas, te digo que ha sido derruido a través de una lucha constante. La Corte Suprema, en 2023, al cumplir 50 años, alcanzó a dictar 100 fallos condenatorios en materia de derecho. 100 fallos.
Yo ya he dicho algo que me parece una frase cliché, pero yo espero que algún día alguien me la controvierta: Chile es el único país que a 50 años de distancia sigue haciendo justicia en derechos a humanos. Todos los días hay fallos de la Corte Suprema o una vez a la semana y de los tribunales inferiores igual, entonces, ¿de qué impunidad me hablas? Si esto cambió para bien. Debo ser el abogado más optimista en los derechos humanos, celebro cada triunfo en los tribunales.
Porque durante siete años de gobiernos democráticos se traicionó a las banderas que hicieron posible el regreso de la democracia, una de las principales era la de los derechos humanos que abogaron por verdad, justicia y reparación. Y los criminales estuvieron 30 años sin que nadie los tocara, en que la justicia no hizo su trabajo. Lo que es dramático porque ya no están las familias, muchos ya están muertos. Muchos de quienes yo empecé a defender ya no están. Eso es dramático.
«Los familiares han sido el motor que ha movido esta causa. Ellos hicieron que los tribunales chilenos aceptaran el derecho internacional. Sobre todo, a partir de la detención de Pinochet en Londres. Gracias a eso, hoy se ha asumido como cultura que existan delitos imprescriptibles, pero eso antes no existía», añade.
—¿Ese optimismo no se opaca con el próximo gobierno de ultraderecha?
—Cuando uno ve que viene un ventarrón como este que podría ser la ultraderecha en el gobierno, bueno, hay que soportarlo porque ya sobrevivimos lo peor. No sabemos qué nos espera, pero estas cuestiones son transitorias. Sabemos que la derecha está por no darle recursos a la memoria, a las fundaciones y organizaciones que trabajan por ello, ya les recortaron los recursos. No va a ser fácil, pero imagino que va a haber una resistencia a estas políticas que tienden a favorecer la impunidad. Yo no creo que se vaya a atrever a indultar a Krassnoff. Lo dijo hasta la propia Evelyn Matthei: “no hay paz social con Kast”.
—Finalmente, ¿cómo le gustaría que superáramos estos discursos negacionistas?
—A mí me gustaría que el pueblo chileno se informara más, que se educara más, que incorporáramos a los derechos humanos en la educación formal, que los jóvenes sepan lo que es la memoria, que los jóvenes sepan que es este país no se construye de hoy día en adelante, sino que se construye con la gente que dio su vida para que hoy día tengamos democracia y tengamos marcos de libertad, porque conseguir ello nos costó demasiado.

Nelson un hombre de excelencia.