Sobre el perdón y la persistencia de la esperanza.
Opinión y Comentarios 18 octubre, 2025 Edición Cero 0
Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo y analista político.-
Otro octubre pasa sobre nosotros, cargado de ecos y sombras. Las calles que un día vibraron con el descontento de un despertar social ahora observan el silencio incómodo de las promesas marchitas. Han transcurrido años, y el paisaje se nos presenta agridulce: por un lado, la tozuda persistencia de las demandas que estallaron entonces, convertidas en cicatrices en el cuerpo social; por otro, la maquinaria política que, con su lenguaje gastado, se prepara para un nuevo ciclo electoral, mientras las heridas siguen supurando dignidad olvidada.
A este desencanto se suma la resaca amarga de una derrota constitucional que no fue solo un revés electoral, sino la abdicación forzada de un programa que encarnaba, aunque fuera de forma imperfecta, la promesa de saldar aquellas deudas históricas. Es el sabor metálico de una hoja de ruta truncada, de un futuro que se cerró antes de abrirse del todo, dejando a la intemperie la esperanza de un país más justo.
No es un fenómeno aislado. Para observarnos la mirada debe ampliarse, forzarse a contemplar el más terrible gran teatro del dolor, allende los mares: Gaza. En esa franja de tierra sitiada, se anunció un “acuerdo” tejido con el hilo rojo de la sangre de niños. Es un escenario donde la muerte se negocia con la muerte, donde la liberación y paz de unos se paga con el silencio y la impunidad ante el horror de los más inocentes. La ecuación es obscena. Nos habla de un mundo que ha normalizado la asimetría del sufrimiento, donde la potencia de las armas pretende ser la última ratio, la única gramática posible. En ese juego de fundamentalismos, Hamas y Netanyahu representan lo mismo.
Ante este panorama, uno se ve obligado a preguntarse no por las estrategias políticas, sino por los fundamentos éticos de nuestra convivencia. Recientemente, se conmemoró Yom Kipur [Día de la Expiación] un día que trasciende su específico origen judío para erigirse en un potente símbolo universal. Su verdadera enseñanza, despojada de dogma, no reside en un perdón divino automático, sino en una exigencia profundamente humana: los pecados contra D’’s pueden encontrar su absolución en los cielos, pero las ofensas contra el prójimo solo pueden ser reparadas en la tierra, a través del reconocimiento, la reparación y el difícil camino del encuentro con la víctima.
Es una lógica que interpela directamente a los Estados y a los poderosos. No hay ritual que lave la sangre vertida sobre un niño, un ojo mutilado, un padre asesinado; no hay perdón posible que no pase primero por la justicia y el reconocimiento del daño infligido al otro, al humano con rostro concreto.
Aquí es donde la reflexión debe volverse intransigente. Una izquierda con memoria y responsabilidad no puede claudicar de su deber de ser voz donde solo hay silencio, de ser memoria donde se impone el olvido. No se trata de un moralismo ingenuo, sino de la convicción férrea de que ningún orden político o seguridad nacional puede construirse sobre el sacrificio de los más vulnerables. La verdadera paz, la única digna de ese nombre, no nace del intercambio calculado de vidas, sino del reconocimiento inquebrantable del otro como un fin en sí mismo, nunca como un medio.
La “Re-Vuelta” de 2019, la resaca de la derrota constitucional, y el conflicto en Gaza, en su brutal disparidad, son síntomas de una misma enfermedad: la incapacidad de ver en el dolor ajeno un reclamo absoluto que interrumpe nuestra comodidad. La política, en su peor versión, se convierte en la administración de esta ceguera, en la negociación de las deudas morales como si fueran partidas presupuestarias.
Frente a esto, no hay espacio para la abdicación. La tarea es, hoy más que nunca, sostener la mirada incómoda y buscar, entre las ruinas de los proyectos truncados, nuevos cimientos. En este contexto, la emergencia de voces como la de Jeannette Jara en la contienda política no puede leerse como un simple cambio de nombres. Es, quizás, la encarnación de la expiación y de esa esperanza tenaz que se niegan a dar por perdida la batalla ética. Quienes, como ella, han hecho de la defensa de los derechos humanos y de la búsqueda incansable de justicia social el eje de su vida pública, representan un faro en esta niebla de incumplimientos. Esa, es la única esperanza que puede sacarnos de esta eventual resaca perpetua.

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