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La exposición “BROTE: Todo se fragua en silencio”, de creación de Jeannette Baeza Rivero, Diseñadora de Vestuarios y artista integral, será inaugurada este martes... “BROTE: Todo se fragua en silencio”, exposición que presenta diseñadora Jeannette Baeza, en el Museo Regional

La exposición “BROTE: Todo se fragua en silencio”, de creación de Jeannette Baeza Rivero, Diseñadora de Vestuarios y artista integral, será inaugurada este martes 11, a las 12.00 hrs., en las dependencias del Museo Regional de Iquique, dependiente de la CORMUDESI. La  muestra estará abierta hasta el mes de marzo para que sea visitada por el público de lunes a viernes, en el horario institucional.

Jeannette Baeza Rivero, además de diseñadora de vestuario es diseñadora teatral  y creadora de Terral Diseño Joyas Nativas de Tarapacá, materia prima regional, por el cuidado y valoración a la tierra tarapaqueña

Sobre el montaje de este trabajo artístico, la autora escribió:

“Cuando niña imaginaba un bosque de violetas en un suelo fértil de buen sustrato amoroso, donde el agua corría entre raíces finas y blanquecinas, mientras las hojas sostenían el rocío expandiendo el aroma tan dulce por toda la gigantesca ciudad del pequeño manchón de enigmáticas flores y capullos.

Esos sueños recurrentes se sostienen en mi memoria con la fragilidad de la niñez, así como las ventanas guardan los recuerdos en pequeños cristales lloviznados gratificando el camino hacia la adultez. Todo ese embalaje de mil formas inimaginables, encarna la dulzura y belleza recolectada durante mi existencia, como inspiradores manantiales naturales, extraídos de los callejones, patios, paseos, jardines otoñales primaverales. Esta mixtura de utopías y paisajes nativos, han existido a través del tiempo regalando estímulos a miles de creadores y sensibles almas que van personificando sus obras en cánticos, pinturas, danzas, escritos. Sin embargo, hoy, el manto de sequedad y el abusado suelo proveedor de poesía, se ha visto golpeado por el más violento de los torturadores.

Esta catástrofe afecta directamente a las nuevas generaciones en su nacimiento de imágenes inéditas inspiradoras de técnicas y vuelos fantásticos. Pero cómo pintar este nuevo paisaje deteriorado, en constante construcción, suciedad y putrefacción, símil a un después de una guerra en la cual el olor a muerte es el espacio vacío, de fierros oxidados, de polvo y cemento como el eco de lo que fue, pero en una radiografía enferma. ¿Qué ocurre entonces cuando desaparece el escenario vivo trascendente?  Cada retina se impregna de tristeza, tornándose noche y día menos lustroso, los contaminados pulmones detienen su exhalar transfigurando los falsos colores imaginados en historias contadas. Así, los sueños terminan siendo una pesadilla sin fin.

Pues bien, en el fondo de mi espíritu soñador, se suscitan ciertas interrogantes que procuro aclarar: ¿De qué manera las diversas formas del arte podrían abrir un debate en relación a la crítica que sustentan muchos investigadores, activistas y otros intelectuales, acerca de la marchita imagen visual que proyecta la naturaleza en la actualidad?  ¿De qué modo, como artista, podría abordar la insensibilidad que se ha ido enquistado en el alma de los individuos frente a situaciones asociadas a mi memoria personal, tales como: la truncada vida de aquellas violetas y de las raíces purificadoras de las aguas subterráneas? ¿Cómo puedo hacer algo, tal vez dar un grito, con el fin de detener el caminar indiferente e impasible de las personas que no se conmocionan en lo más mínimo ante la podredumbre cercana?  La verdad es que me gustaría, remecerlas, despertarlas de su pasividad, apatía y desdén. Cómo me gustaría observarlas con una renovada disposición; quizás, que se atrevieran a enterrar sus pies en la tierra, con el objeto que, a partir de esa posición, brotaran en ellas otras sensaciones: generosas, amistosas, coloreadas, amorosas, soñadoras, musicales.

Con un ánimo optimista, deseo articular propuestas artísticas que amparen imágenes de una existencia fresca y verde, por supuesto, sin pretender convertir el arte en una suerte de “estampita del pasado” o un tesoro de lo que fue y que perdimos, pues eso sería romanticismo puro y retrogrado.

Mi propuesta va otra senda. Quiero hablar sobre una amenaza real que no podemos escamotear ni encubrir. Por el contrario, es una problemática que debe hacernos reflexionar y actuar. A mi juicio, el arte debe coadyuvar a la formación de personas activas y cuestionadoras, más aún cuando nos vemos enfrentados a un incremento desmesurado de los problemas medioambientales y la crisis social, todo lo cual supera los límites, supuestamente, permitidos.

Por otra parte, debo confesar que el amor por la creación y la conexión con la naturaleza, afortunadamente, nació en mí hace mucho tiempo atrás. Para ser exacta, fue en aquel período cuando recién comenzaba a manifestarse discursos concernientes al medio ambiente, la ecología y la socialización de estas temáticas a nivel global. Con claridad, esto ocurrió a fines de los años sesenta e inicios de los setenta. En ese entonces, surgieron los primeros escritos redactados por los miembros de la comunidad científica; todos ellos relacionados con la crisis ambiental, el impacto mediático provocado por los primeros accidentes, los cuales produjeron los iniciales y grandes desastres ecológicos. Por esa misma fecha, se funda el movimiento social ecologista y /o ambientalista; y, además, la Organización de las Naciones Unidas, adopta un papel activo, tras realizar la “Primera Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano” (Estocolmo, 1972). Simultáneamente, ocurre el boicot (por parte de la industria química) contra la literatura relacionada con el envenenamiento del medio ambiente por parte de los pesticidas como el DDT (Rachel Carson 1962).

Joan Martínez y Klaus Schlupmann, en “La Bomba Demográfica” (1968), sostienen la urgencia de detener el crecimiento de la población dado que, en caso contrario, por la falta de alimentos, se producirían hambrunas, las que traerían a corto plazo guerras nucleares mundiales, con el consecuente fin de la vida en el planeta. En el mismo tenor, interpelaron a los gobernantes con la intención de que tomaran acciones inmediatas sobre el control de la natalidad en el mundo entero. Al respecto, opinaban: “el cáncer de la sobrepoblación debería ser cortado de manera urgente”.

No obstante, Daniel Worsten, en su texto “Estudio de la vida, del planeta tierra” (1945), constata que, tras la detonación de la primera bomba nuclear, el ser humano tiene la capacidad apocalíptica para destruirse. Suma y sigue, la crisis que aconteció en Londres en 1952, a raíz de la alta concentración de smog y que cobró cuatro mil víctimas, también fue un hecho que remeció a los científicos y la opinión pública.

En fin, estos son solo algunos de los casos que a nivel mundial han ido gatillando no solo una crisis ambiental, sino también social, dejando a la humanidad en una encrucijada que, consecuentemente, pone en peligro su propia supervivencia como especie.

De acuerdo a los antecedentes anteriores, podemos verificar cómo nuestro planeta se ha ido destruyendo, a consecuencia del poder destructivo y la facultad que se le ha otorgado el ser humano antes que el bien común de la sociedad. Está a la vista que existe una grieta profunda y abismante entre los poderes económicos y la visión de los estudiosos sobre la especie humana y la vida en el planeta Tierra. En suma, se ha hecho caso omiso, tabla rasa, a las investigaciones y recomendaciones de protección y cuidados de nuestro medio ambiente, dadas a conocer y exigidas por la disciplina científica.

El panorama caótico de nuestro entorno, tal vez sea un reflejo de nuestras propias necedades y despotismo en contra la naturaleza. Sin duda, el deterioro se ha ido dando silenciosamente, enmascarado; poco a poco, se ha fraguado en silencio desde el interior de un sistema capitalista. Es, a mi criterio, en el interior del mismo donde debemos encontrar el correlato de la problemática sustentada.

En la actualidad existe un consenso, en cuanto a que la causa de los problemas ambientales y el menoscabo de los recursos naturales se debe, sobre todo, por la explotación desmedida del ambiente natural. Así, el desarrollo económico, sin precedentes, ha producido, a lo largo de los siglos XX y XXI, una destrucción de la naturaleza y de las economías locales, profundizando, igualmente, las desigualdades económicas y sociales, en particular, de los llamados países del Tercer Mundo. Es lamentable que dicha situación comienza a presentarse como algo normal, instalándose en nuestras mentes y cultura diaria, como un mal necesario para consentir el desarrollo y crecimiento de nuestros países.

Los efectos negativos no tienen límites, pues, podemos identificar a una comunidad enferma, acosada por una energía desesperanzadora, eco de la ansiedad consumista y la impresión de tristeza profunda. Es evidente que hay preocupación y desolación ante a los cambios perjudiciales que experimenta el planeta. Este panorama oscuro y siniestro es también percibido por los jóvenes; ellos sospechan que esta crisis medioambiental es, a todas luces, un callejón sin salida.  En términos metafóricos, esta cruda realidad impone, en el inconsciente colectivo, el cuadro de la víctima y el amo; es decir, una especie de espacio esencialmente destinado a la crueldad y el sacrificio.

  ¿Pero qué tan culpables somos si nos han quitado la identidad, el sentido de la pertenencia, somos cada día más individualistas, autoritarios, indiferentes y consumistas?

Como seres humanos tenemos que reconocer nuestras culpas, hemos herido a lo más preciado que tenemos: la naturaleza. A aquella madre que siempre retornamos a sus brazos, indistintamente, vivos o muertos. Lo cierto que, la hemos olvidado; no hemos logrado detener la herida que sangra desde el fondo de sus entrañas y que, seguramente, no alcanzaremos a ver los nuevos brotes sanos que emerjan en esas raíces agrietadas. Es probable que tampoco alcancemos advertir un atisbo de justicia por el agua, absorbida a destajo por las empresas mineras; tal cual, se pierden parajes preciosos, la flora y fauna. En última instancia, se han secado los pulmones de la tierra a cambio de favorecer a los intereses transnacionales, desequilibrantes y ambiciosos.

Con todo, estimo que todavía existe la alternativa de jugar un rol protagónico en el orbe: reconstruir las redes asociativas y comunitarias, retomar los valores morales, permitir una mayor participación ciudadana, dar cabida a las organizaciones de bases, exigir y visibilizar nuestros derechos como habitantes de esta tierra. Es perentorio establecer un nuevo paradigma que posea políticas públicas destinadas a resguardar y proteger a la industria nacional, como entes abastecedores, controlando, desde luego, sus procesos de producción, todo ello para que estos sean idóneos y amistosos con el medio ambiente.

Hoy, más que nunca, debemos cerrar la entrada a nuestra ciudad a todos los artículos plásticos provenientes del extranjero; incluso, ropa, zapatos, utensilios inservibles, cuyos restos son depositados en las arenas del desierto de nuestra región, fomentando vertederos clandestinos y contaminantes.

Al margen de lo dicho, requerimos que las autoridades políticas asuman su rol controlador, para que se lleve a efecto un estudio concienzudo de las operaciones de reciclaje, con el ánimo de proporcionar seguridad acerca del paradero de estos elementos.  Igualmente, es imprescindible conocer si las inversiones de los fondos públicos en recientes proyectos, realmente exhiben resultados e impactos óptimos y visibles para la comunidad.

Por lo demás, junto a este sistema reciclador, se debe inculcar la educación a la ciudadanía sobre la conveniencia de la reutilización de los desechos arbóreos. Es posible que por esta vía se logre poner freno a la deforestación, reduciendo en un porcentaje sustantivo el espacio que ocupan los desperdicios. Claro está, el reciclaje no es la solución definitiva del problema en estudio, pues únicamente constituye un cambio de forma del objeto, permaneciendo en la tierra con procesos infinitos. Por citar, una botella de vidrio tarda 400 años en degradarse.

Tal como esbozamos en líneas preliminares, la causa de esta cuestión contingente está en la configuración del modelo capitalista; por ende, es perentorio, en la actual coyuntura política nacional, tener un control sobre el mercado. La experiencia nos dice que este no se regula por sí mismo, así como algunos ilusorios preconizan.

Históricamente, los intereses económicos han sido privilegiados por encima de la vida y la salud de las personas. Empero, en estos momentos, tenemos la oportunidad y la esperanza que, en la nueva Constitución Política de Chile, se legisle sobre este asunto de fondo. Es vital contar con una normativa que ponga punto final al predominio empresarial en las diferentes esferas sociales, ambientales, políticas y económicas del país; práctica que ha contado en muchas ocasiones con la anuencia de políticos corruptos y de ciertas autoridades, quienes no han actuado apegados a la ética, ya sea por ignorancia o desatención en sus cargos públicos.

Así como señalan Novo y Lara: “La crisis ambiental es una verdadera crisis del sistema Tierra en su conjunto al ser manipulado por la humanidad…. la humanidad se encuentra en una encrucijada que pone en peligro su propia supervivencia como especie”

El deber es de todas y todos. Nuestro deber es dejar un mundo mejor a las nuevas generaciones para que pinten esperanzas latentes y activas”.

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