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Damián Lo Chavez, historiador.-  Si tuviésemos que proponer una definición de la sociedad iquiqueña que abarcase el conjunto de nuestra historia regional bien podríamos... Pasado y presente del fenómeno migratorio en el territorio multinacional tarapaqueño

Damián Lo Chavez, historiador.- 

Si tuviésemos que proponer una definición de la sociedad iquiqueña que abarcase el conjunto de nuestra historia regional bien podríamos señalar que es una sociedad de migrantes en periodos de larga duración. Un periodo de larga duración es un ciclo de tiempo definido por actividades económicas, comportamiento demográfico y factores políticos. Así nuestra ciudad ha vivido el periodo salitrero, la crisis, el periodo pesquero industrial y el periodo de la zona franca y la minería cuprífera. Épocas de crecimiento y estancamiento. Épocas de administración peruana, administración chilena, guerras y transformaciones en el sistema político.

Los primeros iquiqueños fueron una pequeña comunidad colonial. Tarapacá fue uno de los territorios menos poblados del ex Virreinato del Perú. La escasez de agua, el clima hostil y la intermitente actividad minera configuraron una pequeña población concentrada en el interior. Iquique era una ínfima aldea de indígenas, afrodescendientes, mestizos y blancos. En el siglo XIX se desarrolló la industria salitrera y también creció la ciudad. Proliferaron muelles, bodegas e industrias urbanas. El crecimiento demográfico fue explosivo y esencialmente migrante.

La llegada de peones chilenos a estas tierras fue violenta y traumática. Las autoridades chilenas discutieron implementar una “aduana de hombres” para frenar la partida de jóvenes al sur del Perú. Hacia 1870 comenzó la construcción del primer ferrocarril y cerca de 300 trabajadores chilenos desembarcaron diariamente en el puerto. Aproximadamente 30.000 llegaron a todo el Perú para las obras ferroviarias. 20.000 venezolanos ingresados a lo largo del 2020 a todo Chile parece una cifra alarmante. Sin embargo, la verdad es que las oleadas migratorias no son un fenómeno extraño en nuestra región.

 Volviendo con los primeros chilenos en Tarapacá, debe decirse que estos no sólo fueron trabajadores de pampa y puerto. Conformaron temidas partidas de bandidos que aterrorizaron la pampa hasta el mismo siglo XX. Las mujeres chilenas, por otra parte, en su mayoría de oficios humildes, fueron catalogadas como prostitutas y portadoras de enfermedades venéreas por la desaparecida iglesia y policía peruana. Esta masa humana pobló el desierto y los tradicionales barrios obreros de nuestra ciudad antes de la guerra. No es tan cierto que las ciudades las construyen empresarios y gobernantes. Las construyen también los trabajadores en la ocupación cotidiana del espacio. Así se construyó Iquique. En abril de 1879, Lima ordenó la expulsión de los chilenos de Tarapacá. Momento amargo, dado que muchos habían casado y hecho familia con mujeres peruanas. Así es la historia de la clase obrera.

Hacia el 1900, las epidemias castigaron duramente al puerto. Elites y autoridades señalaron a los chinos y a los pobres de ser responsables de las epidemias por sus vicios y otras acusaciones. Afortunadamente, la voz lucida de la clase obrera organizada denunció el origen real de los males que castigaban el cuerpo del pueblo: el negocio habitacional y la explotación laboral. Esta sociedad multinacional que dio origen a nuestra ciudad fue desarticulada violentamente a inicios del siglo XX por las pandillas conocidas como “Ligas Patrióticas”. Políticos oligárquicos, interesados en despojar a la elite peruana de sus propiedades, aprovecharon el problema del valor del jornal en el mercado laboral para ganar masas y desencadenar el terror contra la población peruana. Sólo Recabarren y su pequeño partido obrero sostuvieron en alto las banderas éticas de la decencia y sufrieron represalias.

La propaganda racista y la información falsa nos alejan de una correcta comprensión del fenómeno migrante venezolano. Un factor importante es el boicot económico y político de la derecha internacional que ha causado en grave daño en dicho país, en el cual Piñera ha jugado un rol protagónico. El primer “efecto llamada” es, en efecto, la visa de “responsabilidad democrática” orientada a importar sectores afines a la oposición venezolana y la derecha chilena.  El otro factor es el agotamiento político y económico del otrora popular proyecto chavista del denominado “socialismo del siglo XXI”. La corrupción y la debacle del precio del petróleo han constituido una triste coyuntura que el pueblo venezolano debe resolver sin injerencia externa.

 Al igual que con la población haitiana, para miles de venezolanos, este país que nos urge transformar parece ser un destino más que deseable. Llegan en un momento políticamente complejo, en que nos aprestamos a tomar importantes decisiones respecto del futuro de nuestro país.  ¿Qué rol irá a jugar el contingente humano recién llegado en los procesos de cambio que se avecinan? No lo sabemos, porque la historia concreta de los pueblos en movimiento es una historia de matices y contradicciones,  no de idealizaciones abstractas ¿Qué política migratoria tendría un Chile futuro, más democrático y equitativo? Una que conjugue los derechos humanos, los derechos laborales y la solidaridad internacional con el resguardo necesario de flagelos que no son sino expresión de la explotación del ser humano sobre el ser humano como el narcotráfico y la trata de personas.

El racismo, la xenofobia y la política del miedo hacen mal. Nos empobrecen como sociedad y nos impiden comprender los fenómenos de nuestro tiempo, privándonos de la posibilidad debatir con altura de miras y encontrar soluciones racionales a los problemas de nuestro tiempo y nuestra región.