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Hugo Norris Gahona, Sociólogo Hoy pareciera ser que todos los dedos acusadores sobre las causas del alza de las tasas de contagio por covid-19... La frágil ética/moral cívica en tiempos de pandemia   

Hugo Norris Gahona, Sociólogo

Hoy pareciera ser que todos los dedos acusadores sobre las causas del alza de las tasas de contagio por covid-19 apuntarían a la desobediencia civil de las personas, debido al no cumplimiento de las disposiciones de la autoridad, infringiendo así, los protocolos de las cuarentenas y el estado de emergencia. Indignación provocan las personas que realizan fiestas, las que organizan actividades masivas (los cultos religiosos masivos), las que salen sin permiso, o las que hacen mal uso de éstos para sus fines particulares.

Se señala que todo responde a la falta de ética ciudadana, a una débil moral, o lisa y llanamente como una falta de solidaridad para con los otros/as.

La palabra ética, nacida del griego “ethos”, se refiere pues al carácter que forjamos en nuestro madurar, para cumplir con el fin mismo de la vida humana. Mientras que la moral, del latín “mos-moris”, se refiere al carácter, costumbres y usos, pero también a la morada en que habita el individuo (Cortina, 2013). De este modo, la ética trata de “la formación del carácter de las personas, de las instituciones y de los pueblos.

La Filosofa y catedrática española Adela Cortina, voz autorizada en el estudio de la moral y a ética, publicó el 2013 un libro que lleva por nombre ¿Para qué sirve realmente la ética? Según la autora la piedra fundamental de la ética es la confianza, “… en el marco social, el establecimiento de compromisos y la confianza se convierten en el eje central de las relaciones, cuando ambos valores son vapuleados, se generan sociedades con grandes sufrimientos. Cultivar la confianza es uno de los recursos morales más importantes de nuestras comunidades” (Cortina 2013, pág. 14).

En su propuesta de construir la definición de ética cívica, Cortina propone lo siguiente: Los contenidos de esa ética cívica serían los valores de libertad, igualdad, solidaridad, respeto activo y recurso al diálogo como camino para resolver los conflictos frente a la violencia; se referirían al respeto a los derechos humanos de las tres primeras generaciones, y a la idea de que los ciudadanos deben considerarse como ciudadanos sociales”.

El requisito de confianza y de respeto de DDHH parecieran ser los puntos críticos del por qué no ha sido posible en Chile, frente a la actual Pandemia, consolidar una cultura cívica que promueva la buena vida, la solidaridad y la cooperación.

CONFIANZA

La confianza es el capital esencial para el desarrollo de la ética común o civil. Para nadie es un secreto los niveles de desaprobación, desprestigio y deslegitimidad de las que han sido foco los Poderes del Estado y la institucionalidad en el último tiempo; el estallido social mostró el divorcio definitivo entre la ciudadanía y el gobierno, lo que redunda en una desconfianza generalizada desde la sociedad civil.

En la sociedad de la información, y ante una pandemia que mantiene a la ciudadanía en estado de angustia, incertidumbre y miedo, el manejo de la información resulta clave para la construcción de confianza, pero no cualquier información, sino una que cumpla con estándares de validez /rigurosidad, transparencia, y adecuadamente informada. Sin embargo, durante los tres meses que nos antecedieron quedaron de manifiesto las profundas brechas y contradicciones respecto a las informaciones y datos respecto al funcionamiento del virus en el país.

Cortina señala que “la moral tiene algo que ver con no dañar, pero no siempre y no sólo con eso; también con no defraudar la confianza”.  Tomándonos de esta frase, es importante que el gobierno haga la autocritica y enmiende el camino respecto al manejo de la Pandemia.  En reiteradas ocasiones ha dado señales equivocas y contradictorias hacia la ciudadanía, que no permiten construir la tan ansiada ética común de los chileno/as respecto a la pandemia, tanto en su narrativa como en la práctica.

La Nueva normalidad es la máxima expresión de estas señales, el retorno a la vida normal, el aplanamiento de la curva, la inmunidad, los anuncios en cadena dando tranquilidad respecto a la capacidad del sistema de salud publico chileno, el pronto regreso a clases; proyectaron hacia la gente una sensación de tranquilidad y de excesiva (y mal entendida) confianza.

LA INMUNIDAD DEL PODER

También se horada la confianza de la ciudadanía cuando las normas, procedimientos y estándares son exigidos de manera rigurosa para todos/as, pero con la excepción de quienes detentan el poder político y económico. Hay muchos ejemplos de este tipo de prácticas, uno de los primeros fue el caso de Senador Rabindranath Quinteros en mayo recién pasado, no esperó resultados de exámenes por Covid-19 (el cual salió positivo), y habría viajado colocando en riesgo a muchas personas que tuvieron contacto con él. Anteriormente se habían dado varios casos de similares características, y se abrieron procesos de investigación penal, incluso la autoridad sanitaria del momento se pronunció en duros términos respecto a los actos de estas personas, sin embargo, no sucedió lo mismo en el caso del senador.

También fue bullado el caso del subsecretario de redes asistenciales (Arturo Zúñiga), quien no habría realizado cuarentena preventiva tras haber tenido contacto con una persona con Covid-19, (su conductor), contraviniendo los propios protocolos de la autoridad sanitaria.

La ultima muestra de esta inmunidad es el funeral de familiar del presidente Piñera, ante el cual evidentemente no se cumplieron ninguno de los procedimientos y protocolos que se aplican en estos casos. Las personas no mantuvieron distanciamiento social, se abrió el féretro, la ceremonia se extendió un tiempo considerable e incluso contó con acompañamiento musical. Esto no tendría nada cuestionable, sino fuera que la mayoría de las familias que han podido enterrar a sus familiares no han tenido mas de 10 minutos.

EL CIUDADANO SOCIAL: GARANTÍA Y SATISFACCIÓN DE LOS DERECHOS

Sin duda parte fundamental para que se logre la tan ansiada ética cívica, tiene que ver con la posibilidad real de que los individuos gocen de unos derechos mínimos que le permitan una vida adecuada. En el contexto de la crisis sanitaria hemos visto como la pandemia ha impactado de manera dramática no solo en la salud de las personas, sino también en la vida social y económica.

La pandemia ha develado no solo la fragilidad moral y ética, sino la frágil estructura económica y social que coloca en serio riesgo el goce y ejercicio de derechos humanos de gran parte de la población; las cifras de desempleo, las dificultades de familias para acceder a la alimentación, las dificultades de acceso e los niños/as a la educación, y las precarias condiciones de habitabilidad en que viven muchas familias en Chile (campamentos y cites) son muestras de esta realidad.

Siguiendo a Cortina, todas estas dimensiones de la vida son lo que posibilitan ser ciudadano social y ser parte de una ética civil. Bajo esta perspectiva, la ética no es solo un ideal utópico a alcanzar, responde a lo mínimos exigibles para que la vida, la solidaridad y la cohesión social sean posibles; es por ello que antes de exigir los mínimos de moralidad y civilidad, debemos preguntarnos cuales son las condiciones materiales e inmateriales existentes para que una vida moral y ética sean realizables.