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Anyelina Rojas Valdés / Periodista Pasaron muchos años para que lograra superar el sentimiento de culpa que invadió mis años de niñez y adolescencia.... A propósito del 11, mi testimonio: ¡Abre la puerta hue’ón!

arv6Anyelina Rojas Valdés / Periodista

Pasaron muchos años para que lograra superar el sentimiento de culpa que invadió mis años de niñez y adolescencia. Incluso, aquellos pensamientos me perturbaron cuando debutaba en la adultez, que por cierto, en mí se produjo precozmente. Siento, incluso, que ser adulto que sería algún día, siempre habitó en la niña que fui, tal como ahora sigue conviviendo en mis recovecos esa niña que ya no es.

Creo que era el 20 o 21 de Octubre del fatídico 1973. Era de noche y en casa, todos dormíamos. Estaba la sala, siempre limpia y pulcra, con sus tres sillones tapizados en rojo y verde y la mesita de centro con base negra y puntos blanquecinos. Le seguía, separada por una puerta tipo mampara, el comedor, en cuyo centro había una claraboya. Luego, sin mediar puerta ni estructura sólida, estaba la pieza de mis padres, con dos camas que ellos llamaban “gemelas”. Por cierto, siempre ocupaban una; la otra era decorativa o la alternativa, para los días de peleas conyugales.

Ya bien definida, con sus cuatro murallas y una ventana interior, por la que no entrada ni una pizca de luz, venía mi pieza de niña-adolescente. También había dos camas: la mía y otra, presta a recibir a mis primas.

En frente de mi pieza, se ubicaba la de mis hermanos, con dos camas; la de soltero de mi padre, que ocupaba mi hermano mayor y la de soltera de mi madre, esa de colchones a tres piezas, que ocupaba mi hermano menor. Si bien yo tenía el privilegio de contar con una cama comprada especialmente para mí, ellos tenían el privilegio de acceder directamente a la luz del día y los calurosos rayos de sol iquiqueño de los años 70, puesto que la ventana daba directo a un gran garaje descubierto.

¿Eran las 11 o 12 de la noche? No recuerdo, pero jamás olvidaré – pese a que sabíamos todos que aquello, tarde o temprano iba a suceder-, la forma cómo golpearon a la puerta de Sargento Aldea 1551, mi hogar. Eran patadas, culatazos, manotazos y voces vociferantes que respondieron con un “abre la puerta hue’ón”, cuando mi padre, aún en ropa, interior preguntaba qué estaba pasando.

Hidalgamente él abrió la puerta y mi madre, apenas con un poco más de 30 años y con la preocupación por sus tres retoños de 12, 11 y 8, estuvo a la altura de las circunstancias, junto a mi padre, como un verdadero parapeto que protegiera el resto de la casa a través de un largo pasillo.

Entraron los militares con sus metralletas. No paraban de gritar, de vociferar; pusieron a mi padre contra la muralla y luego se lo llevaron detenido. No sé cuando tiempo cronológico duró este episodio, pero en mí se quedó para siempre.

Mientras los milicos aguerridos, prepotentes y atemorizadores por su vestimenta de guerra entraban a mi casa, di un salto de la cama y de sopetón, mirando por el largo pasillo, me encontré con el espectáculo, en medio de la noche oscura. Miré al frente y me encontré con los ojos asustadizos de mis hermanitos. Esos cuatro ojitos claros miraban sin mirar e imploraban protección.

Yo, más asustada y sintiendo cómo cobraba sentido en mí, el dicho de “trágame tierra”, di una última mirada a mis hermanos y paralizada por el miedo, imposibilitada de envalentonarme y cruzar el pasillo para estar con ellos en su pieza, di media vuelta, me metí en la cama, me tapé y me arropé como lo hacía mi mamá:

Subo la sábana hasta que cubre mi rostro, subo las frazadas hasta la altura de mis hombros; subo el cubrecama, también tapando mi cara y luego, con prolijo cuidado doblo todo respetando la altura de las frazadas. Luego, una ligera vuelta para lado y lado, de modo de quedar totalmente cobijada.

Cerré los ojos y me dormí. Me dormí de verdad, porque sentí cómo de a poco, los gritos, el ruido de las metralletas y las pisadas de los bototos, se desvanecían. Y la mirada asustadiza de mis hermanos ya no estaba… ni la mía.

El ruido de los motores, tan característicos de esos días y los gemidos de mi madre, me sacó de la vigilia. Nuevamente de un salto me incorporé y por fin crucé el pasillo y abracé a mis hermanos, mientras mi madre llegaba a nuestro lado. Los cuatro llorábamos y nos dirigimos a la ventana del living, esas protegidas con fierro forjado y pintadas de negro, cual metáfora de la dictadura que se nos venía.

Alcanzamos a divisar los jeep militares y los camiones atestados de detenidos. Uno de ellos era mi padre, que, por suerte, llevaba ya un par de meses como civil, puesto que al alcanzar el grado de sub oficial mayor, se retiró del Ejército para dedicarse de lleno a su Fábrica de Bloquetas.

Claro que con él arrastró su gran pecado: leer el diario El Siglo y comprar un camión Fiat, los mismos que no adhirieron al paro de la oposición. La adquisición de la maquinaria, fue fruto del esfuerzo y en rigor, una mera coincidencia al ser del mismo tipo y marca que los camiones que enfrentaron el paro. Evidentemente las ideas de mi padre y de mi familia, eran de izquierda y, en el living de nuestra casa, orgullosos todos, lucíamos una foto de Allende, con su mano en alto y la banda presidencial.

Quizás, producto de su aún inocente vida. O quizás para romper el hielo del momento, mientras se alejaba el camión que nos separaba de nuestro padre, uno de mis hermanos dijo: “Apuesto a que ahora no van a celebrar mi cumpleaños”. Eso ocurriría en pocos días. Y así fue. No hubo festejo. Sólo dolor, incertidumbre, temor…

Mi mamá nos miró y casi sin que articular palabras, partimos a la pieza de mis hermanos, a sacar propaganda de la última elección. Y mi hermano, se había dedicado a guardar en un viejo bolsón escolar, cuanto póster y publicidad encontraba de nuestro candidato.

A más de un mes del Golpe, ya sabíamos que ese material era “altamente subversivo”, así que sobreponiéndonos al dolor, junto a nuestra joven madre, juntamos todo el material peligroso, hicimos un hoyo en el patio de la casa y lo quemamos. En medio de la oscura noche, alumbrada por la forzosa fogata subversiva, vimos cómo se nos iba un poco de nuestra vida.
Tres meses después y tras muchas penurias, mi padre volvió a la casa. También volvieron mis primos, aún adolescentes, que pagaron caro el precio de tener ideales y un fuerte compromiso social. Con sólo 17 años, ellos fueron detenidos y torturados.

Pasó el tiempo. Se reanudó la vida. Tuvimos que vivir en dictadura. Aprendimos a convivir con el miedo, con el toque de queda, con detenidos y desaparecidos. Dentro de todo, aparentemente todo se normalizó, pero hubo que pasar muchos años, más de dos décadas y noches de pesadilla, para que yo aceptara mi falta de coraje al no haberme atrevido a cruzar el pasillo.

 Después de 30 años, esa imagen y esos sentimientos de miedo, culpa, terror, se me aparecen en repetitivas pesadillas. Sólo que cuando recupero la racionalidad al volver del sueño, ya no tengo culpa consiente. Sólo acepto que no crucé el pasillo y que no puedo retroceder, para cambiar la historia. Y en mis sueños ya no escucho con terror el grito de “abre la puerta hue’ón”.