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Iván Vera-Pinto Soto/ Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior Desde miradas muy diferentes y en muy variadas latitudes, estudiosos y observadores críticos vienen comprobando...

Iván-Vera-Pinto-Soto-dramaturgo-ok-comenIván Vera-Pinto Soto/ Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior

Desde miradas muy diferentes y en muy variadas latitudes, estudiosos y observadores críticos vienen comprobando la asombrosa ocurrencia del concepto del mundo al revés. Bajo este prisma se congrega un conjunto de imágenes y motivos, registrados preferentemente en el arte y en las letras que dan cuenta copiosamente de ello. Al respecto, Eduardo Galeano, connotado periodista y escritor uruguayo, ha acuñado varias frases que están direccionadas a esta visión de ver el mundo patas para arriba. Por citar algunas de sus reflexiones: “Ahora las torturas se llaman “apremios ilegales”. La traición se llama “realismo”. El oportunismo se llama “pragmatismo”. El imperialismo se llama  “globalización”  Y a las víctimas del imperialismo se las llama “países en vía de desarrollo”.

Que conste que estas expresiones no son meros eufemismos o manifestaciones propias del mundo de la ficción, sino que representan una concepción política e ideológica que se ha impuesto subrepticiamente en nuestra manera de pensar y de sentir, de manera cotidiana.

Es por ello que no nos sorprende que, por ejemplo, para los ilusos, ignorantes y testaferros del sistema mercantilista, el Dakar, supuestamente, represente una oportunidad para descubrir las culturas, geografías y las bondades turísticas de las regiones involucradas, ocultando los entretelones que están detrás de esta actividad deportiva que forma parte de la estrategia agresiva de dominación cultural y del proceso de “aculturación” que sufrimos constantemente los latinoamericanos. Es decir, detrás de ese resplandor feliz de la mercancía que nos venden, hay  solamente basura encubierta que envenena y destruye.

No es para nadie un misterio que el deporte de elite es un negocio redondo para las grandes corporaciones que dominan el mercado. Por ese motivo invierten en anuncios, logotipos e isotipos corporativos que atiborran todos los espacios posibles. No cabe duda que el objetivo de esos autos, motos, camiones y camionetas es seducir a los admiradores del supuesto mundo “mágico” de las empresas multinacionales, glorificadas y sacralizadas a través de este torneo. Pero a la zaga de la maquinaria publicitaria que posee está agazapada empresa hay una oscura realidad histórica, probablemente poco conocida. A saber, Dakar nos remite a los genocidios y etnocidios que en ese territorio se ejecutaron en nombre de la civilización occidental. Dakar es el lugar donde las grandes corporaciones realizaron los saqueos  y escamoteos  de los recursos naturales más apreciado de esa nación. Por este motivo, me parece absurdo e irritante observar a esas mismas entidades depredadoras pasear en los vehículos la publicidad de Dakar, con la mañosa admiración soñadora a un territorio y a una cultura que ellos mismos destruyeron o fueron cómplices de su ruina y masacre. A todas luces,  Dakar es sinónimo de tortura, martirio, esclavitud de millones de seres humanos que sucumbieron bajo el sistema esclavista.

 Pese a todo, el Gobierno de Chile sigue auspiciando esta competencia y destinando recursos de todos los chilenos para que transiten por nuestro territorio estas máquinas demoledoras del patrimonio histórico, arqueológico y natural de nuestro país y de todo orbe.

Consecuente con lo anterior, el Gobierno Regional de Tarapacá comprometió cerca de cuatrocientos millones de pesos para que se realice este evento en nuestra zona, en desmedro de las urgentes y múltiples demandas de muchos pobladores que viven en la miseria, que aún no le reconstruyen sus casas después de los terremotos, con problemas urgentes económicos, de salud, educación y cultura. Es un absurdo que se destine tales monto, mientras que en un sector del mundo cultural, como son los gestores culturales, tienen que mendigar al 2% del Fondo de la Cultura Regional y, además, recibir insultos como el proferido por el presidente de los Cores que señaló que “hay algunos artistas que se creen dueños de los fondos públicos y que viven de ellos” (¿?). Los mismos que le niegan pan y agua a los artistas, no trepidan en apoyar a las transnacionales automotrices. Acaso esta no es una mejor muestra que el mundo está al revés. Esto es más grosero que el puente Cau-Cau que construyeron al revés en Valdivia.

Suman y sigue episodios que nos demuestran el desbarajuste que vivimos en nuestra comunidad. Por ejemplo, nuestro patrimonio histórico cada día se ve reducido, deteriorado y destruido por determinaciones políticas y económicas públicas y privadas, en la que la ciudadanía no tiene ninguna injerencia ni menos poder de decisión. Hoy por hoy, es más importante la construcción de un Mall y  de obras arquitectónicas que se ajustan al perfil cultural de las grandes metrópolis y no así de la tradición histórica de nuestro puerto. Por supuesto, todo esto se decide a puertas cerradas, donde los plazos políticos y los intereses empresariales cortoplacistas parecen ser lo sustancial del debate.

 Mientras tanto, por intervención del hombre, la naturaleza o las catástrofes, observamos como las antiguas casonas van desapareciendo del mapa urbano que nos representa. Es más, las pocas edificaciones de la época del salitre se van transformando en espacios para la bohemia y la distracción liviana, sin que ello implique una puesta en valor y protección del casco histórico de la urbe. Para el colmo, no existe ninguna instancia donde el ciudadano pueda opinar de qué es lo que quiere para esta ciudad, cómo quiere que sean sus espacios públicos, cómo desea que se cuide su patrimonio, cuál es la imagen que quiere que proyecte la ciudad y, evidentemente, cómo quiere que crezca y se desarrolle.

 Entonces, al no existir la participación ciudadana estamos sujetos a los criterios de las autoridades y “expertos” que muchas veces ignoran la historia y la identidad cultural y que están sometidos a los influjos e imitaciones extranjerizantes. Y en el caso más extremo, se actúa irresponsablemente, dejando los espacios y edificios para que se haga lo que quiera en ellos, respondiendo a intereses eleccionarios. Prueba de esta afirmación es el actual panorama que exhibe la Plaza de Armas Arturo Prat, donde pululan las carpas, cocinerías, mercachifles, eventos populacheros, ferias de baja monta y los “depredadores de la cultura”.

 Al margen del despotismo e ignorancia de algunas autoridades, debemos reconocer que nos encontramos con una ciudadanía desinformada que tiene que elegir entre la construcción de un Mall y la restauración de un patrimonio histórico. Así, otra vez, estamos frente a la particular “planificación” de una ciudad donde la desinformación de los ciudadanos es alarmante y donde el destino de la ciudad está determinado por actores desvinculados, sin el liderazgo de una autoridad clara que siga un plan consensuado y estratégico para Iquique.

En el fondo, vivimos en un mundo bizarro, donde lo increíble es posible. Si bien el término bizarro en español significa valiente, generoso y espléndido; por el contrario,  en inglés es sinónimo de incongruente, mal hecho, contrario a lo correcto. Dicho esto, podemos entender la relación entre el mundo bizarro y nuestra realidad social donde ocurren muchas incongruencias dignas de un análisis sociológico y hasta psiquiátrico.

 Por consiguiente, bajo esa acepción, la fealdad es considerada como belleza, lo bello es feo, lo malo es bueno, lo bueno es malo. En ese escenario, los iquiqueños, de manera extraña,  nos resulta casi familiar ver como la basura copa las arterias y avenidas, hombres y mujeres en condición de calle pernoctan en los corredores de las viejas casonas, las paredes patrimoniales y viviendas habitacionales lucen gigantescos rayados, los pocos centros culturales están cerrados o a un punto que sus muros se desplomen, existe un desorden vial que nadie lo soporta, los avisos publicitarios de todo orden infectan la vista de los transeúntes, proliferan las ferias de mercancías que maquillan la pobreza y los problemas sociales estructurales, los incompetentes ocupan cargos de poder, la “amistocracia” política favorece a sus siervos, el arte y los artistas están en el patio trasero de la ciudad, el consumismo vive en sus grandes palacios de concreto y hormigón, los pobladores de los sectores pobres viven divorciados socialmente de la cultura, etc., etc. En fin, podría seguir enumerando una lista interminable de hechos concretos que demuestran que vivimos un mundo al revés, un mundo injusto y cruel para las grandes mayorías.

 No quiero ser pesimista, pero mientras nuestro país y esta región continúen siendo gobernados por las cúpulas de poder, por los dueños de todo, por los viejos de mentes, por las dinastías partidistas, los oportunistas, los inconsecuentes, los inmorales, los bizarros y los poderosos, toda acción que propenda al desarrollo social de nuestro territorio se verá infructuosa e irresoluta.

 Ante tan álgido panorama, creo que es un deber ciudadano levantar nuevas banderas, adicionar voces y brazos de todos los sectores sociales y colores para cambiar este estado de cosas. En suma: debemos articular un movimiento ciudadano capaz de conquistar los espacios y las instancias que sempiternamente han heredado la casta política tradicional, para coadyuvar los cambios estructurales que demanda la ciudadanía. Por supuesto, tenemos que hacerlo todos y todas con honestidad, generosidad, solidaridad e integridad, porque lo que hoy vemos y oímos (no solamente en nuestro entorno) es una tremenda crispación propia de una novela kafkiana donde la vida pierde sentido o es gobernada por poderes omnipotentes y omnipresentes, al más puro estilo de George Orwell (Novela 1984).

 Aunque esto tenga para algunos “doctrinarios” y “desencantados” un sabor utópico e idealista, creo que es uno de los tantos caminos que no debemos descartar y que podría hacer posible – enfatizo aunando voluntades y sueños compartidos – construir una sociedad con los pies en la tierra, creativa, humanista, inclusiva, tolerante, democrática y popular.