El libro que me regaló el maestro
Opinión y Comentarios 27 agosto, 2026 Edición Cero 0
Hay regalos que uno recibe en la infancia y tarda toda una vida en comprender.
Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo, dramaturgo.-
Aquella mañana, el sol entraba por las ventanas de la Escuela N.º 3 y dibujaba rectángulos amarillos en el piso. Del patio llegaban los gritos, la polvareda y el ruido del mar. Todo se metía en la sala.
Estábamos en pleno Barrio El Morro. Conocía de memoria sus esquinas y a muchos de los que vivían allí. Al salir, me encontraba con los pescadores de la caleta, los vecinos conversando en las puertas y los carretones avanzando a paso de tortuga. Todo parecía ser parte de la misma vida.
En los recreos me gustaba detenerme antes de salir a jugar. Miraba los corredores, la reja, las huellas en la tierra y la campana que nos devolvía a clases. Frente al colegio estaba el Salón Veteranos del 79. En la entrada se sentaba un anciano que decía haber sido corneta en la guerra. Nos contaba historias y nosotros escuchábamos, aunque casi nada entendiéramos.
El profesor René Maldonado nos hacía preguntas que entonces nos parecían raras: qué habíamos visto camino a la escuela, quién vivía en tal casa o por qué nos acordábamos de uno y no de otro. Contestábamos como podíamos y enseguida salíamos a jugar. Sin saberlo, empezábamos a descubrir que las calles, las casas y las personas también tenían historias.
Rodolfo, el Pelusa Morrino, no podía quedarse quieto. Trepaba muros, escondía tizas y salía disparado antes de que alguien pudiera pillarlo.
En ese tiempo yo no sabía que todas esas cosas se me iban a quedar para siempre.
Era el último día de nuestro sexto año de preparatoria. Nos habían dicho que después de las vacaciones todo cambiaría: otros profesores, otras salas, otras clases. Para mí, las vacaciones eran solo días sin escuela.
Esa vez Rodolfo fue el primero en salir.
—¡Panchito, apúrate!
Yo todavía guardaba los lápices.
—Ya voy.
Caminé hacia la puerta de la sala. Cuando estaba por cruzarla, escuché:
—Panchito.
Me volví.
El profesor René Maldonado estaba junto a su escritorio.
Me fijé en él. Era moreno, bajo y robusto. Tenía unos grandes bigotes mexicanos que apenas se movían al hablar. Si alguno daba una respuesta disparatada, se los acomodaba con dos dedos para esconder la sonrisa.
—Ven.
Regresé.
El salón estaba vacío.
Me paré frente a él. Creí que había hecho algo malo. Bajé la vista. Traté de recordar qué había hecho. Nada.
Abrió un cajón. Apartó unos papeles. Sacó un libro. Limpió la tapa con la manga. Me miró. Miró el libro. Volvió a mirarme.
Dejó la mano sobre la tapa.
Finalmente, me lo entregó.
—¿Es para mí?
—Sí.
Esperé que me dijera por qué. Pero no dijo nada.
Solo:
—Léelo.
Lo primero que vi fue el título.
On Panta.
Debajo estaba el nombre: Mariano Latorre.
No conocía al autor. Tampoco sabía qué significaba On Panta.
Lo apreté contra el pecho.
—Muchas gracias.
El profesor sonrió y siguió con sus cosas.
Yo salí.
La campana colgaba inmóvil. Me detuve a mirarla y después crucé la reja hacia Vicente Zegers.
Rodolfo me esperaba más adelante.
—¿Qué quería el profe?
—Nada.
Se fijó en lo que llevaba entre las manos.
—¿Y eso?
—Me lo regaló.
Abrió los ojos.
—¿A ti?
Me encogí de hombros.
Silbó y salió corriendo.
Atravesé la calle y esquivé una carreta tirada por un burro con pantalones de Chiricaco. Me dio risa y seguí corriendo.
Por San Martín, cerca de Aníbal Pinto, estaba mi casa. Conocía el camino. Al doblar, el olor del mar se mezclaba con el de la comida de Toyita. Antes de ver la puerta, ya sabía que había llegado.
Entré, le di un beso a mi mamá y dejé On Panta sobre la mesa. Ella lo tomó, lo abrió un momento y pasó algunas páginas.
—¿Qué es?
—Un libro.
—Ya veo.
Observó la portada.
—Mariano Latorre —leyó.
Paseó los dedos por la cubierta.
—¿Lo conoces?
Negué con la cabeza.
—Entonces tendrás que conocerlo.
Siguió preparando la once.
Para mí, Mariano Latorre era un señor que vivía ahí adentro.
Después de comer, lo abrí otra vez.
Busqué dónde comenzaba el relato.
El papel olía distinto. A viejo. A algo que había estado guardado mucho tiempo. Pasé los ojos por unas líneas. No entendí mucho. Volví atrás y las leí otra vez.
Durante días lo llevé conmigo. Lo leía en mi cama o en cualquier rincón donde nadie me molestara. A veces avanzaba varias páginas. Otras, me quedaba pegado en una sola.
Había lugares y personas que yo no conocía. El paisaje era distinto al mío. No estaba el mar de Iquique, ni las casas de El Morro, ni la caleta donde, al atardecer, volvían las lanchas cargadas de mar. Pero algo empezó a pasarme mientras seguía con aquellas páginas.
Después de cerrar el libro, algo cambió. Empecé a mirar de otro modo: los hombres en las esquinas, los pescadores con las redes mojadas, las casas antiguas, los patios, las voces de la calle. Hasta el abuelo de la corneta parecía esconder una historia. Detrás de cada cosa había algo que yo todavía no sabía ver.
Rodolfo llegaba a mi casa, tiraba del cordelillo y entraba como si fuera suya. Venía mordiendo un trozo de turrón de coco.
Apenas me veía con el libro, empezaba:
—¡Avísale!
—¡Avisándole!
—Ahí está el profesor Panchito.
Yo no contestaba.
Una mañana me encontró sentado en unas rocas de la Poza de los Calatos, donde los cabros chicos aprendíamos a nadar.
—¿Todavía con eso?
Levanté los hombros.
—¿Y qué dice?
—No sé.
Me miró.
—¡Bah! Sigues igual.
Salió como un rayo antes de que pudiera responderle.
Seguí leyendo.
El viento traía olor a mar.
Por un momento pensé que todos los lugares tenían historias que uno podía descubrir si se quedaba mirando un rato.
Los días fueron pasando. Una esquina del libro se dobló y algunas páginas se mancharon. Llegaron otras lecturas; unas se perdieron y otras quedaron atrás. Pero On Panta permaneció.
Iquique también fue cambiando.
En El Morro aparecieron nuevos negocios, otros ruidos y rostros. Algunas casas desaparecieron con sus patios, zaguanes y rincones de juego.
Entonces creía que las calles y las casas durarían para siempre.
No fue así.
Pero hay cosas que la ciudad borra y uno guarda para siempre.
Puede ser un mirador.
El nombre de un vecino.
Una campana.
Una voz.
También puede ser un libro.
Nunca comprendí qué tenía que ver On Panta con todo aquello. Solo sabía que seguía conmigo. Y bastaba.
Por mucho tiempo creí que el señor Maldonado me había hecho ese regalo porque era buen alumno. Nunca supe por qué me había llamado. Tampoco se lo pregunté.
Cuando ya era grande, volví a Vicente Zegers.
La calle seguía allí.
La Escuela N.º 3, no.
En su lugar había una reja metálica y un edificio que no reconocí.
Intenté reconocer la entrada, los corredores de madera, las ventanas y el patio donde jugábamos. Casi sin darme cuenta, busqué el lugar del escritorio del profesor Maldonado.
No encontré nada.
No reconocí el lugar, pero mi memoria sí.
Toqué el hierro.
Estaba caliente.
Cerré los ojos.
Y el patio regresó.
Una pelota.
Unos pasos.
El barrio.
La voz del veterano de la corneta.
La Escuela N.º 3.
La risa del Pelusa.
—¡Panchito!
Ahí estaba otra vez, corriendo como entonces, pequeño y rápido, buscando alguna travesura.
Abrí los ojos.
No había nadie.
Tal vez el Pelusa también guardaba algún rincón de aquel barrio, aunque ya no supiera dónde encontrarlo.
Esa noche busqué On Panta. Lo encontré guardado en un rincón. La tapa estaba gastada. La esquina seguía doblada. Parecía haber estado esperando.Lo tomé con cuidado.
Lo abrí.
En la primera página estaba mi nombre.
Debajo, una fecha.
El último día de clases.
Seguí bajando la vista.
Reconocí la letra antes de alcanzar a leer las palabras.
Era la del profesor.
Había unas líneas que yo nunca había visto:
Para Panchito, como testimonio de afecto de su maestro, que te desea toda suerte y felicidades en unión de tu querida madre.
La leí una vez.
Luego otra.
Pasé lentamente el dedo por esas líneas, como si al rozarlas pudiera sentir también la mano que las había escrito.
Durante años había creído guardar aquel regalo. Tal vez había sido al revés: era él quien me había guardado a mí.
Y Toyita también estaba allí.
El maestro había escrito para ella.
Nunca llegó a descubrirlo.
Volvieron sus grandes bigotes, la manera de acomodarlos cuando quería esconder una sonrisa, su voz llamándome:
—Panchito.
Otra vez estaba en aquel salón.
Esperaba que me dijera por qué me lo había dado.
Nunca lo hizo.
El Pelusa volvió a mi mente. Quise encontrarlo, pero ya no sabía dónde. Hay personas que permanecen, aunque desaparezcan los lugares donde alguna vez las encontramos.
Cerré el libro.
La tarde regresó de golpe: el escritorio, el salón vacío, la mano del maestro sobre la tapa. Y, después de tantos años, todavía seguía allí.
A lo lejos sonó una campana.
Una sola vez.
No sabía si venía de la parroquia de Santa Teresita o de algún lugar del pasado.
Por un instante fui otra vez aquel niño, junto a la Escuela N.º 3, con el regalo apretado contra el pecho.
—Panchito.
Cerré los ojos.
Esta vez no volví.
Dejé la mano sobre el libro.

Deja una respuesta