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Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, antropólogo social. Universidad de Tübingen, Alemania.- Confieso que cuando leí por primera vez que las llamadas “batallas de aura” estaban... Farmear aura: ritualización juvenil del prestigio social en la cultura digital

Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, antropólogo social. Universidad de Tübingen, Alemania.-

Confieso que cuando leí por primera vez que las llamadas “batallas de aura” estaban saltando de las redes sociales a las calles de distintas ciudades latinoamericanas, mi primera reacción fue preguntarme de qué nueva extravagancia juvenil se trataba.

El nombre, para quienes pertenecemos a generaciones anteriores, puede conducir incluso a interpretaciones equivocadas. No estamos frente a jóvenes enfrentándose mediante energías espirituales ni midiendo campos electromagnéticos invisibles en una plaza pública. Estamos ante algo aparentemente mucho más sencillo y, precisamente por ello, antropológicamente interesante.

En el lenguaje de las nuevas culturas digitales, “tener aura” significa poseer presencia, estilo, seguridad, carisma, capacidad de llamar la atención y obtener reconocimiento de los demás. Y “farmear aura”, expresión heredada en parte de la cultura de los videojuegos, consiste en realizar acciones que permitan acumular simbólicamente ese prestigio.

Las llamadas batallas de aura llevan ese lenguaje desde las pantallas hacia el espacio público. Jóvenes se encuentran, se enfrentan mediante gestos, movimientos, poses, bailes, humor y referencias compartidas provenientes del universo de los memes y las redes sociales. Otros jóvenes observan, reaccionan, graban, evalúan y finalmente legitiman quién tuvo más “aura”.

Hasta aquí podríamos considerar el fenómeno simplemente como una nueva moda adolescente. Pero un antropólogo probablemente comenzaría a hacerse otras preguntas.

Porque las sociedades humanas siempre han desarrollado mecanismos mediante los cuales las personas buscan reconocimiento, prestigio y pertenencia. Cambian los escenarios, cambian los símbolos y cambian las tecnologías, pero permanece una vieja necesidad humana: ser reconocido por los demás. Lo que los jóvenes llaman hoy “aura” podría interpretarse, entonces, como una particular forma contemporánea de capital simbólico.

No se acumula necesariamente mediante dinero, títulos académicos o posiciones institucionales. Se obtiene mediante presencia, creatividad, dominio de determinados códigos culturales y capacidad de producir reconocimiento dentro del grupo. Pero hay otro aspecto todavía más interesante.

Durante años hemos escuchado que las redes sociales estaban encerrando a los jóvenes frente a las pantallas y sustituyendo progresivamente las relaciones presenciales por vínculos digitales. Las batallas de aura parecen invertir parcialmente ese recorrido.

El fenómeno nace en internet, pero después sale a la calle. El meme se transforma en gesto.

La imagen se convierte en cuerpo. El seguidor se convierte en espectador presencial. Y la red social desemboca nuevamente en la plaza. Después, naturalmente, alguien toma el teléfono, graba aquello que ocurrió y lo devuelve a TikTok, Instagram u otras plataformas. El ciclo vuelve a comenzar.

Estamos, por tanto, ante una interesante circulación cultural entre lo digital y lo presencial. La plaza deja de ser solamente un espacio físico y se transforma temporalmente en escenario de una cultura nacida en internet. Al mismo tiempo, internet se alimenta de aquello que los jóvenes hicieron corporalmente en la plaza.

Desde esta perspectiva, las batallas de aura pueden ser observadas como una pequeña ritualización juvenil del prestigio social en la cultura digital. Como todo ritual, tienen códigos que los participantes comprenden, comportamientos esperados, espectadores, reconocimiento colectivo y mecanismos simbólicos para distinguir a quienes destacan.

Naturalmente, tampoco necesitamos exagerar. No toda expresión juvenil debe transformarse inmediatamente en una gran teoría sociológica. Los jóvenes también juegan, se divierten, inventan palabras y crean modas que pueden desaparecer con la misma rapidez con que aparecieron. Pero precisamente allí existe una buena lección.

Cada generación construye sus propios lenguajes para expresar preocupaciones humanas que son mucho más antiguas que TikTok: identidad, pertenencia, reconocimiento, competencia y prestigio. Quizás dentro de algunos años nadie recuerde qué significaba “farmear aura”.

Pero seguramente los jóvenes habrán inventado otra palabra, otro meme o algún nuevo ritual para resolver exactamente la misma pregunta que los seres humanos venimos planteándonos desde hace muchísimo tiempo: ¿Cómo quiero que los demás me vean? Y probablemente algún antropólogo estará allí intentando comprenderlo. Aunque, para entonces, tendrá que aprender primero el nuevo vocabulario.

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