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Ricardo Balladares, sociólogo.- A veces la política se desnuda en un instante. No en los discursos preparados, no en las declaraciones de prensa, no... Presidente Kast: La pulsión autoritaria y el poder que se fisura ante un niño

Ricardo Balladares, sociólogo.-

A veces la política se desnuda en un instante. No en los discursos preparados, no en las declaraciones de prensa, no en los estudios de opinión que miden el humor social con la precisión de un termómetro roto. No. La política se desnuda cuando el poder se encuentra con la negativa. Cuando una mano extendida no encuentra otra mano que la corresponda. Cuando un niño, un simple niño, decide no saludar. Y entonces, el poder, ese poder que se cree absoluto, ese poder que se cree dueño de la verdad, del gesto y del protocolo, se fisura. Y muestra lo que es.

El episodio de Villarrica no es una anécdota menor. No es un traspié, no es un exabrupto, no es «una situación incómoda» que pueda archivarse en el cajón de los malos momentos. El Presidente, durante un acto, extendió la mano a un niño. El niño no la aceptó. Y ahí, en ese espacio mínimo que separa el saludo del desaire, se abrió una grieta por donde se filtró toda la estructura de su personalidad.

El Presidente, en lugar de seguir de largo, en lugar de entender que un niño no está obligado a participar del ceremonial del poder, se detuvo. Y sermoneó. Y volvió a sermonear. Le dijo al menor, con una hipocresía que asombra, «que su mamá no lo use». Como si él no estuviera usando a ese niño, en ese mismo instante, para escenificar su autoridad. Como si no fuera él quien, con su reacción desmedida, convertía a un menor de edad en el centro de una confrontación mediática. «Lo cortés no quita lo valiente», le dijo. Pero lo cortés, señor Presidente, no es un mandato militar. Lo cortés es un pacto entre iguales. Y usted no se paró frente a ese niño como un igual. Se paró como un amo. Y el amo no tolera la desobediencia.

Erich Fromm sostuvo que la personalidad autoritaria posee un elemento sádico y uno masoquista. Una persona autoritaria desea ganar control sobre los demás para imponer algún tipo de orden en el mundo. El líder autoritario no pide respeto, sino que lo exige. Y cuando un niño, un simple niño, le niega el reconocimiento, Kast no puede procesar esa frustración porque su autoridad no está internalizada, sino que depende del reconocimiento del otro. Fromm también nos habló de la necrofilia; el amor por lo muerto, por lo mecánico, por lo que no crece. ¿Y qué es un saludo protocolizado sino un acto vacío, desprovisto de contenido humano? La máxima autoridad del país valora más la forma que el fondo, el gesto que la persona. Y cuando la persona, ese niño, se niega a ser un engranaje más de la maquinaria, el Presidente se desmorona. Su relato de la libertad es, bajo esta luz, una ironía. Una libertad vacía, desprovista de contenido humano, una mera consigna.

Pero vayamos más a fondo, porque Fromm no alcanza. Jacques Lacan, ese psicoanalista que enseñó que el sujeto es un ser de deseo constituido en el lenguaje, nos da otra llave. Para Lacan, el «Nombre-del-Padre» es la ley simbólica que estructura la sociedad. Kast, sin embargo, no se posiciona como un mediador de esa ley, se posiciona como su encarnación absoluta. Su demanda de saludo no es un llamado al respeto, es una demanda de reconocimiento de su investidura. Entonces, como todo amo que se siente desafiado, recurre a la fuerza. Primero a la fuerza simbólica del sermón. Después, y esto no es casualidad, a la fuerza real. La madre del niño, la mujer que osó confrontarlo, terminó detenida. Las autoridades aclararon que la detención no estuvo vinculada al intercambio con el Presidente, sino a órdenes judiciales previas. Por estafa, dijeron. Pero el poder real, como hemos dicho tantas veces en otras columnas, no necesita de vínculos explícitos. El poder real opera por asociación, por contexto, por el simple hecho de que el que manda y el que detiene comparten el mismo escenario. Y el mensaje, aunque no se diga, queda claro: aquí el que no saluda, las paga.

La extrema derecha, lo hemos dicho hasta el cansancio, siempre ha gobernado con un profundo autoritarismo económico, de la mano de una fabulosa manipulación mediática y con un aparato represivo indispensable para sostenerse en el poder. Pero hay algo más. Hay una pulsión, una estructura de deseo, que excede lo económico y lo político. Hay un goce, diría Lacan, en el acto de dominar. Un goce que Kast no puede disimular. Porque cuando un presidente, en pleno ejercicio de su cargo, se detiene a discutir con un niño que no quiso saludarlo, no está defendiendo el protocolo. Está defendiendo su propia imagen, su propio deseo de ser reconocido. Y cuando ese deseo se frustra, el acto se vuelve síntoma. Y el síntoma, en este caso, es un video viral que recorre el mundo mostrando a un mandatario discutiendo con un chiquillo.

Los chilenos y chilenas deberíamos mirar este episodio con atención. Porque no es un hecho aislado. Es un destello que ilumina una estructura de personalidad y un carácter social. Es la puntita del iceberg de una personalidad que, desde el poder, podría tener consecuencias mucho más graves que un mal momento en Villarrica. Fromm nos demostró que el autoritarismo es una respuesta a la incapacidad de soportar la libertad. Lacan, que el deseo del amo es un deseo de reconocimiento que nunca se satisface. Kast, en ese breve instante frente a un niño, nos mostró las dos cosas.

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