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Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.- El anuncio de las 176 medidas por parte del gobierno revolucionario cubano no puede ser leído como un simple paquete... Transformación del Socialismo en Cuba: Ni restauración ni dogmatismo

Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.-

El anuncio de las 176 medidas por parte del gobierno revolucionario cubano no puede ser leído como un simple paquete de reformas económicas, sino como el síntoma más evidente de una contradicción que atraviesa todo el proceso socialista en el siglo XXI, la cuestión de cómo construir el socialismo cuando el imperialismo ha elevado la guerra económica a su máxima expresión y cuando las fuerzas productivas internas han sido estranguladas sistemáticamente.

No se trata aquí de juzgar desde el dogma, porque el dogma es la muerte del pensamiento dialéctico, sino de comprender que el socialismo es un proceso vivo, contradictorio, que se construye en la práctica y en la lucha de clases, y que en Cuba se enfrenta a un cerco que busca su asfixia total, no su derrota militar, porque el imperialismo aprendió que no puede ganar en el terreno de las armas, pero sí en el del hambre y la desesperación.

Las medidas aprobadas implican una apertura significativa al capital privado y extranjero, la autorización de la banca privada, la flexibilización de las condiciones para la inversión foránea, la descentralización de las empresas estatales y una mayor presencia de los mecanismos de mercado como instrumento de asignación de recursos. Desde una lectura superficial, esto podría parecer una capitulación, un abandono de los principios socialistas, pero el materialismo histórico nos enseña que las relaciones de producción no pueden mantenerse inmutables cuando las fuerzas productivas están siendo destruidas por el bloqueo más largo y cruel que haya conocido nación alguna.

El socialismo no puede construirse sobre la escasez absoluta, y la Revolución Cubana no está renunciando a su proyecto histórico, sino que está buscando las herramientas que le permitan sobrevivir para seguir luchando, y en eso radica la inteligencia política de su dirección, que comprende que la rigidez dogmática es el camino más seguro hacia la derrota.

El Partido Comunista de Cuba ha enmarcado estas transformaciones como una evolución necesaria, inspirada en las experiencias de China y Vietnam, que han logrado combinar el control estatal con dinámicas de mercado sin abandonar la construcción socialista. El modelo de planificación central omnipresente y vertical, heredado del estalinismo, mostró sus límites en el contexto de una economía pequeña, bloqueada y dependiente de un solo mercado.

Y aquí hay una distinción fundamental que debemos hacer, porque incorporar mecanismos de mercado no es en absoluto lo mismo que incorporar la lógica del mercado, y no se trata de un matiz menor sino de una diferencia de clase. Los mecanismos de mercado son herramientas técnicas, instrumentos de asignación de recursos que pueden ser utilizados por cualquier modo de producción, mientras que la lógica del mercado implica la reproducción de las relaciones capitalistas, la ley del valor como reguladora de toda la vida social, la mercantilización de la fuerza de trabajo y la acumulación como fin en sí mismo. Cuba no está adoptando la lógica del mercado, porque mantiene la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales, conserva la planificación central como eje rector de la economía, preserva el sistema de salud y educación universal y gratuito, y sostiene el control político del Partido sobre las decisiones estratégicas.

Sin embargo, desde una perspectiva de clase, debemos señalar los peligros que esta apertura conlleva, porque la autorización de grandes empresas privadas y la inversión extranjera en sectores clave pueden generar el surgimiento de una nueva burguesía nacional vinculada al capital transnacional, que con el tiempo puede reclamar poder político y erosionar el control del Partido y del Estado revolucionario.

Y es aquí donde debemos recuperar la perspectiva de la larga duración histórica, porque la transformación de la sociedad no se hace de un zarpazo, no se resuelve en una década ni siquiera en un siglo, y quien pretenda juzgar el socialismo por sus primeros sesenta años comete el mismo error que quien hubiera juzgado al capitalismo por sus primeros sesenta años, cuando aún era un modo de producción incipiente, acosado por el feudalismo, lleno de contradicciones y de formas híbridas. La burguesía no se instaló en el poder en cien años, porque el proceso de acumulación originaria, de destrucción de las relaciones feudales, de construcción del estado burgués y de consolidación de la ideología capitalista tomó varios siglos, y si hacemos el cálculo desde las primeras manifestaciones del capitalismo comercial en el siglo XIV hasta la consolidación de la revolución industrial y la hegemonía burguesa en el siglo XIX, estamos hablando de aproximadamente quinientos años de gestación.

El socialismo, en cambio, apenas lleva poco más de un siglo desde la Revolución Rusa de 1917, y en ese tiempo ha tenido que enfrentar la hostilidad del capitalismo mundial, dos guerras mundiales, guerras civiles, bloqueos económicos, invasiones y todo tipo de agresiones, y aun así ha logrado mantener su horizonte como alternativa real. La idea socialista en el horizonte sigue más viva que nunca porque aún queda época, porque aún no se han agotado las condiciones objetivas que hacen necesaria la superación del capitalismo, y porque la lucha de clases continúa desarrollándose en nuevas formas que ninguna teoría dogmática podía prever.

El camino que emprende Cuba no es el fin del socialismo, sino su reinvención, su adaptación a las condiciones de una guerra económica que no cesa. Si el socialismo logra demostrar que puede reformarse para sobrevivir y avanzar, que puede incorporar herramientas del mercado sin perder el rumbo hacia la sociedad sin clases, entonces estará dando una lección al mundo entero sobre su capacidad de renovación. Si fracasa, si las reformas derivan en una restauración capitalista, el imperialismo habrá ganado una batalla, pero no la guerra, porque la conciencia de los pueblos no se apaga con un decreto, porque la historia es dialéctica y las contradicciones siguen abiertas. La Revolución Cubana, incluso en sus reflujos, sigue siendo un faro, y estas medidas, lejos de apagar su luz, buscan avivar la llama para que siga iluminando el camino de los pueblos que luchan por su emancipación.

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