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Dr. Alberto Díaz Araya. Depto. Cs. Históricas y Geográficas, Universidad de Tarapacá.- Este 21 de junio, las comunidades andinas conmemoraron el Machaq Mara o Mara T’aqa,... Willka Kuti

Dr. Alberto Díaz Araya. Depto. Cs. Históricas y Geográficas, Universidad de Tarapacá.-

Este 21 de junio, las comunidades andinas conmemoraron el Machaq Mara o Mara T’aqa, expresiones aymaras que aluden al inicio de un nuevo ciclo. Esta celebración forma parte de un sistema agroastronómico elaborado por las sociedades andinas para interpretar los movimientos celestes y sincronizar las actividades agrícolas con la dinámica del cosmos. El solsticio de invierno, cuando ocurre la noche más extensa del año y el sol alcanza su máxima declinación, constituye un umbral cosmológico que anuncia el agotamiento de un periodo y el surgimiento de otro. En esa trama, el amanecer del 21 de junio simboliza la restitución del equilibrio cósmico, inaugurando un horizonte propicio para la fertilidad de la tierra, la reproducción social y la continuidad de la existencia de los antiguos ayllus.

Las fuentes coloniales permiten reconstruir esta tradición. Diversos cronistas registraron que el Tahuantinsuyu estructuraba su calendario ceremonial en trece meses, articulando los tiempos agrícolas con las grandes solemnidades estatales dedicadas al Willka Kuti, entendido como el retorno del Sol, y al Inti Raymi, festividad destinada a honrar al astro tutelar del viejo imperio. A su vez, Ludovico Bertonio señaló en 1612 que la voz aymara Villca designaba originalmente al Sol y a los espacios destinados a su veneración, mientras que Inti correspondía a la denominación difundida por la lengua quechua.

En el pensamiento andino, el Kuti es una etnocategoría que expresa el retorno al origen, la restauración del equilibrio y la regeneración del universo después de un periodo de incertidumbre. La reaparición del Sol tras la prolongada noche invernal no era comprendida únicamente como un fenómeno astronómico, sino como la manifestación visible de una reorganización cosmológica que reestablecía la trama relacional entre las personas, los cerros sagrados, las wak’as y los ancestros.

Los primeros rayos solares recorrían simbólicamente los cuatro suyos del Tahuantinsuyu, revitalizando los lugares de culto y marcando el inicio de un nuevo tiempo agrícola asociado a la siembra, la floración y la maduración del maíz, cultivo que sintetizaba la abundancia, la reciprocidad y la continuidad del orden social andino.

La irrupción del dominio colonial transformó profundamente aquel paisaje ceremonial. Los sínodos eclesiásticos promovieron la festividad de San Juan Bautista, celebrada el 24 de junio, con el propósito de superponer el calendario cristiano sobre las antiguas temporalidades indígenas y debilitar la continuidad de las ceremonias vinculadas al solsticio de invierno.

Pese a la intensidad de la pastoral colonial, la memoria ritual pervivió gracias a procesos de adaptación, resignificación y transmisión intergeneracional. Así, al amanecer de cada 21 de junio no solo se anuncia un nuevo ciclo astronómico; también se reactiva una historia profundamente arraigada, la cual fortalece la identidad de los pueblos andinos y sus territorios, frente a siglos de conquista y proyectos de homogeneización impulsados por la modernidad.

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