El teatro es trabajo, es oficio y es dignidad (*)
Opinión y Comentarios 14 mayo, 2026 Edición Cero 0
Eduardo González Carvajal, Presidente SIDARTE de Tarapacá.-
Recientemente, el 11 de mayo, celebramos el Día Nacional del Teatro. Lo hacemos recordando el natalicio de Andrés Pérez Araya, ese hombre que entendió que el teatro no es ornamento de la cultura, sino su columna vertebral. Que el escenario no es un lujo: es el lugar donde una sociedad se mira a sí misma, se reconoce, se cuestiona y, a veces, se transforma.
SIDARTE existe porque esa convicción necesita defensa. Aquí en la región llevamos 6 años representando a los actores, actrices, directores, técnicos y trabajadores de las artes teatrales de este país, sin embargo el sindicato a nivel nacional lleva 6 décadas. Lo hacemos desde la convicción de que el teatro es trabajo, es oficio y es dignidad. Pero también lo hacemos desde algo más profundo: desde la certeza de que lo que hacemos en un escenario le importa a las personas como ustedes, aunque a veces ustedes no lo sepan todavía.
Y digo «todavía» porque vivimos un momento en que esa convicción se pone a prueba todos los días.
Hoy se pone a prueba qué merece financiamiento y qué no. Se cuestiona el valor de la investigación, del pensamiento, de la producción simbólica. Que un libro en una biblioteca es dinero mal invertido. Se sostiene que si el conocimiento no genera empleo no justifica el gasto del Estado.
Hay una pregunta, entonces, que vale la pena hacerse: ¿Quién construye los espacios donde una sociedad piensa?, ¿Quién sostiene los lugares donde la gente va a consumir cultura —como el día de hoy—, a tener experiencias que el mercado no puede proveer ni cuantificar? La respuesta honesta es que eso lo hace el Estado. Porque los privados NO construyen donde no hay ganancia. Y la cultura, en su dimensión más amplia, más democrática, más transformadora, no tiene esa garantía. Por eso existen los teatros municipales. Por eso existen los fondos concursables. Por eso existe SIDARTE.
Cuando el Estado se retira de ese espacio, no ocurre que la cultura desaparece. Ocurre algo más silencioso y más grave: la cultura se convierte en un asunto de privilegios. Los recortes no son abstractos. Tienen cara. Tienen edad. Hay niños en Alto Hospicio, en Pozo Almonte, en Huara, que tal vez nunca van a pisar un teatro si el Estado no hace el esfuerzo de acercarles uno. Hay jóvenes para quienes un taller de teatro o de danza fue el primer espacio donde sintieron que su historia valía la pena ser contada. Eso no se reemplaza con ninguna app ni plataforma. El acceso al arte queda limitado por las capacidades del mercado, y quienes no pueden pagar quedan fuera. Fuera de las ideas. Fuera de los imaginarios. Fuera de la conversación que debemos tener con nosotros mismos.
Como sindicato, hemos visto eso en carne propia. Hemos visto cómo la precariedad de los trabajadores del teatro no es un problema individual: es el síntoma de una sociedad que aún no termina de entender que invertir en arte, en cultura, en investigación es invertir en su propia inteligencia. En su capacidad de proyectarse.
El hambre por la cultura no surge de la nada. Si no le damos algo de comer al alma, el alma no va a tener hambre de aquello. Una niña que aprende teatro en el norte no está aprendiendo a actuar. Está aprendiendo que tiene voz. Que su mundo puede ser contado. Que ella puede contarlo. Y eso vale para el teatro, como vale para cualquier forma de aprendizaje, de belleza o de experiencia compartida.
Por eso defendemos lo público. No por nostalgia ni por ideología vacía: porque sabemos que cuando el teatro llega a quienes no tienen dinero para pagarlo, algo ocurre que no tiene equivalente. Una historia bien contada en un escenario puede cambiar la forma en que alguien ve el mundo. Esa es la inversión más inteligente que puede hacer un Estado.
Hoy, en este Día Nacional del Teatro, SIDARTE renueva su compromiso. Con sus socias y socios, con el gremio, con quienes trabajan en condiciones difíciles para que el teatro exista. Pero también con un principio más amplio: que el arte escénico no es un privilegio para pocos, sino un derecho que una sociedad madura debe garantizar para todos.
«Defendamos ese derecho. Con la misma pasión con que Andrés Pérez defendió el teatro en las calles, en las plazas, en los márgenes del sistema. Y con la que Guillermo Jorquera dedicó toda su vida a sembrar teatro en esta región, desde las oficinas salitreras hasta el Gobierno Regional, para que la cultura del norte nunca dejara de tener voz.
(*) Discurso presentado por el autor, durante la puesta en escena de la obra «La Niña y el Toro»

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