Edición Cero

Ricardo Balladares Castilla. Sociólogo.-  «Vamos a tener que tomar medidas que a veces son impopulares.» La frase del presidente Kast, pronunciada desde una región... La copia feliz de Milei

Ricardo Balladares Castilla. Sociólogo.- 

«Vamos a tener que tomar medidas que a veces son impopulares.» La frase del presidente Kast, pronunciada desde una región devastada por incendios, no es una advertencia. Es la declaración de guerra de un proyecto que necesita fabricar una catástrofe para imponer lo que siempre ha soñado. El problema es que Chile no es Argentina, no hay hiperinflación, no hay default, no hay tal desastre económico. Pero la ultraderecha local necesita que creamos lo contrario para desmantelar derechos conquistados y cumplir con los compromisos que asumió con Trump y con los sectores que mayormente concentran nuestra economía.

Lo que tenemos delante es un operativo de copia y pega del libreto de Javier Milei, pero en un país cien veces mejor que Argentina. El mismo tono mesiánico, la misma motosierra, el mismo «vamos a sufrir, pero después vamos a estar mejor». Kast dijo que «la economía, literalmente, se rompió» y que «el crecimiento se estancó». Pero las cifras del Banco Central cantan otra cosa: el PIB chileno creció un 2,6% en 2025, la inflación cerró en 3,5% y el país sigue siendo uno de los más estables y seguros de América Latina. Entonces, ¿de qué ruina nos están hablando?

Allá en Argentina, Milei heredó una inflación del 200% anual, una pobreza que supera el 50% y un acuerdo con el FMI que hipoteca el futuro. Acá, Kast inventa una emergencia para justificar lo injustificable. Ajustes a la gratuidad universitaria, rebajas de impuestos a las grandes empresas, flexibilización ambiental y un discurso que busca instalar la idea de que el Estado es el enemigo. Es la misma estrategia comunicacional de Milei, crear una realidad paralela donde el desastre es tal que cualquier medida, por cruel que sea, aparece como necesaria y buena.

Pero ¿por qué necesita Kast fabricar esta catástrofe? Porque tiene compromisos que cumplir con Trump, con la internacional ultraderechista que impulsa el desmantelamiento de lo público, con los grupos económicos que financiaron su campaña y que esperan su recompensa. Menos impuestos, menos regulaciones, menos derechos laborales. Y para eso necesitan un relato que les permita decir «seremos pobres pero felices», «tendremos que tomar medidas antipopulares», como si no hubiera otra opción. El viejo truco del shock. Cuando la gente tiene miedo, acepta cualquier cosa.

Ahora bien, esto no funciona en el vacío. La ultraderecha puede instalar este relato porque el gobierno anterior preparó el terreno con sus medias tintas, con su miedo a profundizar las transformaciones que el estallido social exigía. Porque, seamos honestos, el estallido de 2019 fue un terremoto que sacudió los cimientos del neoliberalismo chileno. Millones de personas salieron a las calles a decir «no son 30 pesos, son 30 años». Pero la conducción política de ese proceso fue tibia, administró el conflicto en lugar de profundizar las transformaciones y movilizar la base social activa.

En seguridad ministros, gobernadores y alcaldes emularon las performances y acciones de la derecha más dura. Estado de excepción constitucional permanente para algunas zonas del país. Pusimos a los militares a pacificar la Araucanía y la frontera. Podríamos haber tenido una empresa estatal que administrara nuestra principal riqueza, pero terminamos en una alianza con SQM, con el mismo Ponce Lerou de siempre, los mismos grupos que han saqueado el país durante décadas.

No fuimos capaces de avanzar en la nulidad de la ley de pesca y así desechar esa vergüenza llamada «Ley Longueira», y ahora las pesqueras exigen indemnizaciones millonarias por las cuotas que les queremos tocar, como si el mar chileno fuera su propiedad privada. Sala cuna universal, la condonación del CAE. Desechamos acuerdos económicos con los BRICS. Frenamos la integración vial con el Cono Sur y la alianza con China. Nos pusimos del lado de Ucrania, EE. UU. y la Union Europea. Otros proyectos quedaron en el tintero, discursos que no se transformaron en leyes, promesas que se diluyeron en la burocracia.

La pérdida del gobierno no fue solo un problema comunicacional. Fue un problema de síntesis política. De no poder movilizar ni convertir la fuerza de las calles en programa de gobierno. De no atreverse a transformar la indignación en instituciones nuevas. La izquierda y el “progresismo” gobernaron con miedo, administrando el conflicto en lugar de profundizar las transformaciones. Y cuando se dejan espacios vacíos, ya sabemos quién los ocupa. La ultraderecha, con su discurso de orden, con su motosierra, con su promesa de reconstrucción sobre las ruinas de lo que no supimos defender.

Comparemos con Colombia. Allá también hubo estallido, también hubo violencia, también hubo resistencia de las élites. Pero el progresismo supo canalizar el malestar, construir y ejecutar un programa claro y ganar las legislativas con una base social movilizada. Acá, en cambio, le entregamos en bandeja el relato a la derecha. Hoy Kast habla de «reconstrucción nacional» como si el incendio de las demandas sociales hubiera sido culpa de quienes las levantaron. Y lo peor es que una parte de la sociedad se lo cree.

El gran filósofo social Jürgen Habermas, que nos acaba de dejar, dedicó su vida a pensar cómo el poder económico y la burocracia colonizan nuestros espacios de comunicación y cómo destruyen la posibilidad de conversar honestamente sobre lo que nos pasa. Esto que vivimos es exactamente eso, la despolitización cognitiva. Te hacen creer que la realidad es una cosa cuando es exactamente la contraria. Te repiten hasta el cansancio que «la economía se rompió» como te hicieron creer que “es mala y punto” para que después aceptes que te saquen la gratuidad, que te ajusten el sueldo, que te recorten derechos.

Es la política del eslogan, de la consigna que reemplaza al dato, de la mentira que se repite hasta volverse verdad en la cabeza de algunos. Funciona porque cansa, porque la verdad es más compleja, porque requiere explicaciones largas mientras ellos tienen el TikTok y la frase hecha. Funciona porque la gente está agotada, porque la vida es dura, porque el día a día consume. Y entonces, cuando alguien aparece con una explicación simple —»todo es culpa de la izquierda», «hay que romper todo y empezar de nuevo»—, hay quienes prefieren creer.

Ahora bien,  ¿Qué hacemos con esto? Porque no alcanza con denunciar, hay que construir. La izquierda en el Congreso tiene que dejar de jugar a la institucionalidad ingenua y buscar aliados donde no los hay, tiene que entender que está en una guerra de posiciones. Cada discurso de Kast tiene que ser contestado con los números en la mano, con la evidencia irrefutable de que Chile no necesita motosierra sino profundización democrática. Pero eso no basta. Los movimientos sociales tienen que romper el cerco comunicacional, tienen que llenar las plazas, las poblaciones, las universidades, con la verdad.

Hay que organizar cabildos, asambleas populares, escuelas de formación política en cada territorio y por “lives”. Hay que crear medios propios, redes propias, disputar el sentido común calle por calle, bytes por bytes. Hay que ir a las juntas de vecinos, a las ferias libres, a las salas cuna, a los liceos y explicar con paciencia lo que está en juego. Porque si no enfrentamos esta batalla cultural, si no rompemos esa niebla que nos quieren meter en la cabeza, nos van a hacer creer que el infierno es el cielo y vamos a terminar aplaudiendo a nuestros propios verdugos.

Chile no es Argentina. No nos compremos espejitos de colores. Lo que Kast llama «reconstrucción» es demolición de lo público. Y lo que necesitamos no es menos Estado, es más derechos. No es menos política, es más participación. No es aceptar lo inevitable, es organizarse para lo necesario. Porque ellos tienen el poder, sí, pero nosotros tenemos la fuerza de la verdad, la memoria de las luchas pasadas y la certeza de que otro Chile es posible, aunque nos quieran hacer creer lo contrario.

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