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Ghis Reyes Gazzo, Técnica en Rehabilitación de Sustancias – Activista Social.- A partir de las últimas noticias que hemos enfrentado como sociedad —desapariciones de jóvenes,... Juventudes, mercado y vacío social: Una reflexión urgente sobre el modelo que estamos sosteniendo

Ghis Reyes Gazzo, Técnica en Rehabilitación de Sustancias – Activista Social.-

A partir de las últimas noticias que hemos enfrentado como sociedad —desapariciones de jóvenes, muertes violentas vinculadas al narcotráfico, aumento del consumo problemático de sustancias y conductas suicidas cada vez más visibles— resulta necesario detenernos más allá de la reacción inmediata. No basta con la conmoción ni con la búsqueda rápida de culpables individuales. Lo que estamos observando responde también a condiciones sociales y políticas que vale la pena mirar con honestidad.

El modelo capitalista contemporáneo no solo organiza la economía; también moldea aspiraciones, identidades y formas de reconocimiento social. Hoy muchas juventudes crecen bajo un mensaje persistente: el valor personal parece medirse por la capacidad de consumo, por las marcas que se exhiben, por el acceso rápido al dinero y por la apariencia de éxito material. Sin embargo, esa promesa convive con profundas desigualdades estructurales, precariedad laboral y debilitamiento de redes comunitarias.

Karl Marx (1867) denominó a este fenómeno fetichismo de la mercancía. En términos sencillos, se trata de cuando los objetos —el dinero, los bienes de consumo o ciertos estilos de vida— comienzan a percibirse como portadores de identidad, reconocimiento o felicidad, desplazando el lugar que históricamente han tenido los vínculos humanos, la comunidad y la dignidad social. Las cosas parecen ofrecer sentido, cuando en realidad el sentido se construye en relaciones humanas significativas.

Esta ilusión se vuelve especialmente potente en contextos latinoamericanos marcados por desigualdad persistente y oportunidades desiguales. Para algunos jóvenes, el acceso rápido a recursos económicos mediante economías ilícitas o la búsqueda de reconocimiento a través del consumo no responde solo a interés material. Muchas veces expresa necesidad de pertenencia, validación social o alivio frente a un malestar psíquico sostenido.

Byung-Chul Han (2010) describe nuestra época como una sociedad del rendimiento, donde se exige bienestar permanente, éxito visible y autosuficiencia constante. Cuando esas exigencias se enfrentan a la precariedad real, emergen agotamiento emocional, ansiedad, sensación de insuficiencia y vacío existencial. En ese contexto, el consumo problemático de sustancias puede funcionar como intento de regulación afectiva, anestesia frente al displacer o búsqueda de identidad.

Desde América Latina, Paulo Freire (1970) advirtió que la opresión también actúa sobre la conciencia. Cuando una sociedad glorifica la acumulación material como principal forma de éxito y debilita los espacios comunitarios, se erosionan la solidaridad, el proyecto colectivo y la esperanza. Ignacio Martín-Baró (1998), desde la psicología de la liberación, profundizó esta idea al señalar que gran parte del sufrimiento psicológico en nuestros territorios está vinculado a desigualdad estructural, violencia histórica y debilitamiento del tejido social.

Esto también invita a ampliar la comprensión del fenómeno suicida. Existen actos explícitos, pero también formas implícitas de autodestrucción: deterioro progresivo asociado al consumo, exposición constante a contextos violentos, debilitamiento del autocuidado o incorporación a circuitos donde la vida se vuelve frágil. Muchas veces no se trata de un deseo directo de morir, sino de la dificultad creciente para sostener la vida como proyecto valioso.

Frente a este escenario, las respuestas centradas únicamente en el castigo, la estigmatización o la medicalización resultan insuficientes. La prevención del consumo problemático, la violencia y la desesperanza juvenil requiere políticas públicas que fortalezcan familias, comunidades, territorios, organizaciones sociales y oportunidades reales de desarrollo. Sin tejido social, el individuo queda más expuesto al aislamiento y al malestar psíquico.

Freire (1970) hablaba de una esperanza crítica: una esperanza que no ignora las dificultades estructurales, pero que apuesta por transformarlas desde la comunidad, la participación y la dignidad humana. Recuperar vínculos, fortalecer proyectos colectivos y ofrecer horizontes reales a las juventudes no es solo una tarea técnica o institucional; es, ante todo, una decisión política.

Porque cuando la acumulación de riqueza se instala como principal medida de valor humano y el mercado comienza a ocupar el lugar que antes tenían la comunidad y los vínculos, las consecuencias no tardan en aparecer: vacío existencial, desesperanza, violencia y trayectorias juveniles cada vez más frágiles. Comprender esto no significa justificar conductas de riesgo. Significa asumir que, si no cuestionamos las bases estructurales del modelo, seguiremos abordando síntomas sin transformar las causas.

 

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