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Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, Antropólogo social, Universidad de Tübingen, Alemania (*) Hablar hoy de turismo inteligente en contextos de alta fragilidad medioambiental ya no... Turismo inteligente en territorios frágiles: Cuando el destino debe quedar mejor que antes

Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, Antropólogo social, Universidad de Tübingen, Alemania (*)

Hablar hoy de turismo inteligente en contextos de alta fragilidad medioambiental ya no puede limitarse al uso de tecnología, plataformas digitales o estrategias de marketing. En tiempos de cambio climático, crisis ecológica y profundas desigualdades territoriales, un destino verdaderamente inteligente es aquel que cuida la vida, la de los ecosistemas, la de las comunidades anfitrionas y la de los propios visitantes.

Para el caso chileno no solo importa que sea el sector económico que detrás de las actividades mineras como el cobre genera los más altos retornos económicos, sino que demanda otras responsabilidades, además, como es el respeto del turismo inteligente en territorios frágiles.

Hablar hoy de turismo inteligente en contextos de alta fragilidad medioambiental ya no puede limitarse al uso de tecnología, plataformas digitales o estrategias de marketing. En tiempos de cambio climático, crisis ecológica y profundas desigualdades territoriales, un destino verdaderamente inteligente es aquel que cuida la vida y la de los ecosistemas, la de las comunidades anfitrionas y la de los propios visitantes.

En los últimos años, un segmento creciente de turistas de alto gasto, especialmente en destinos de naturaleza y culturas originarias, ya no busca únicamente paisajes espectaculares o servicios de lujo. Demandan experiencias con sentido, basadas en una relación más profunda con los territorios visitados, sean estos pueblos indígenas, comunidades de pescadores o economías locales históricamente invisibilizadas. Es lo que hoy denominamos turismo regenerativo, no basta con no dañar, el desafío es que el destino quede mejor que antes de ser visitado, fortalecido económica, cultural y medioambientalmente, y que las comunidades locales salgan más cohesionadas e identitariamente fortalecidas.

Chile ofrece hoy múltiples ejemplos, algunos virtuosos, otros preocupantes en este dilema. Los casos de San Pedro de Atacama y Rapa Nui, territorios únicos, con límites evidentes. Ambos concentran una altísima fragilidad ecológica y una fuerte presencia de pueblos originarios con cosmovisiones propias: los ayllus atacameños en el desierto más árido del planeta y el pueblo rapanui en uno de los territorios insulares más aislados del mundo.

En estos territorios, el turismo ha sido y seguirá siendo una fuente clave de ingresos. Sin embargo, también ha generado tensiones profundas: presión sobre el agua, acumulación de residuos, saturación de visitantes, conflictos de gobernanza y una relación ambigua entre Estado, mercado y comunidades indígenas. Un turismo inteligente en estos contextos no puede diseñarse sin la participación efectiva de sus habitantes, sin el reconocimiento de sus formas de organización ancestral ni sin establecer límites claros a la capacidad de carga territorial.

La Región de Atacama, con sus comunidades diaguitas, se encuentra en una fase distinta del ciclo turístico. Aquí existe una oportunidad histórica, el no repetir los errores de los destinos ya saturados. El turismo regenerativo puede convertirse en una herramienta de fortalecimiento identitario, diversificación económica y cuidado del patrimonio natural y cultural, siempre que se planifique desde el territorio y no se imponga desde lógicas externas, extractivas o meramente especulativas.

El caso de Torres del Paine es quizás el más dramático y aleccionador. Considerado uno de los destinos naturales más importantes del mundo, el parque ya había sufrido en 2011 la pérdida de más de 11 mil hectáreas producto de un incendio provocado por un turista.

Sin embargo, lo ocurrido el 14 de diciembre de 2025, cuando varios turistas extranjeros perdieron la vida producto de un brusco evento climático, marca un punto de inflexión aún más grave. Las posteriores acusaciones cruzadas entre CONAF, la gobernación regional, el delegado presidencial y la empresa privada concesionaria de los refugios evidenciaron una gobernanza fragmentada, con protocolos insuficientes o derechamente no respetados. El saldo no fue económico ni reputacional: fueron vidas humanas.

Porque en última instancia, ningún destino puede considerarse exitoso si crece a costa de su gente, de su entorno o de la vida misma. En los últimos años, un segmento creciente de turistas de alto gasto, especialmente en destinos de naturaleza y culturas originarias, ya no busca únicamente paisajes espectaculares o servicios de lujo. Demandan experiencias con sentido, basadas en una relación más profunda con los territorios visitados, sean estos pueblos indígenas, comunidades de pescadores o economías locales históricamente invisibilizadas.

El caso de la octava maravilla del mundo, las Torres del Paine, recientemente nos ha mostrado que cuando la falta de gobernanza esto puede costar vidas. El caso de Torres del Paine es quizás el más dramático y aleccionador. Considerado uno de los destinos naturales más importantes del mundo, el parque ya había sufrido en 2011 la pérdida de más de 11 mil hectáreas producto de un incendio provocado por un turista.

Sin embargo, lo ocurrido el 14 de diciembre de 2025, cuando varios turistas extranjeros perdieron la vida producto de un brusco evento climático, marca un punto de inflexión aún más grave. Las posteriores acusaciones cruzadas entre CONAF, la gobernación regional, el delegado presidencial y la empresa privada concesionaria de los refugios evidenciaron una gobernanza fragmentada, con protocolos insuficientes o derechamente no respetados. El saldo no fue económico ni reputacional: fueron vidas humanas.

Recientemente la región de los Lagos nos dio una muestra del turismo de élite sin territorio a través de un hecho reciente y revelador: la oferta de un tour operador ruso que promocionaba paquetes turísticos por 20 millones de pesos para navegar en el rio Futaleufú en la provincia de Palena entre otras actividades extremas. La iniciativa, completamente ajena al contexto territorial, cultural y ambiental local, fue viralizada por habitantes del territorio y posteriormente condenada por autoridades regionales y nacionales. Los cuatro turistas y el operador turístico fueron multados por la autoridad policial, ya que esta actividad minimizó el daño ambiental y la importancia ecológica del Futaleufú y de la laguna San Rafael en Aysén.

Este episodio dejó en evidencia una tensión central del turismo contemporáneo: el turismo de alto gasto no es sinónimo de turismo responsable. Cuando las decisiones se toman desde fuera, sin diálogo con las comunidades locales ni respeto por los ecosistemas, incluso las experiencias más exclusivas pueden transformarse en prácticas extractivas, simbólicamente violentas y ambientalmente riesgosas.

En nuestro querido norte, Iquique y Arica demuestran que un turismo masivo, puede carecer de una cultura turística. Pero el problema no se limita al turismo de élite. En destinos urbanos y costeros del norte de Chile, el turismo masivo también revela profundas falencias.

En Iquique, diversas denuncias locales han puesto el foco en la falta de limpieza de Playa Cavancha, a pesar de contar con certificación Blue Flag. Si bien existe una política activa de limpieza por parte de la municipalidad, el problema parece radicar en la ausencia de una cultura de playa limpia por parte de muchos visitantes. Aquí, la inteligencia del destino no falla por falta de recursos, sino por la falta de corresponsabilidad ciudadana y de educación turística efectiva. Y aquí l@s iquiqueñ@s piensan inmediatamente en Tacna como un ejemplo a seguir de forma diametralmente opuesta.

En Arica, durante el carnaval con la fuerza del sol, vecinos han denunciado un alto consumo de alcohol en la vía pública, múltiples parrillas improvisadas en espacios comunes y una ausencia casi total de controles de seguridad alimentaria, transformando temporalmente la ciudad en un espacio sin ley sanitaria. La celebración cultural, lejos de fortalecer el tejido urbano y social, termina generando externalidades negativas que afectan directamente a la comunidad local.

Como tal el turismo inteligente puede entregarnos tecnología sí, pero con ética y responsabilidad para evitar los ejemplos de los destinos mencionados. Un destino inteligente debe integrar información en tiempo real, gestión de riesgos, trazabilidad y transparencia.

El turismo inteligente del siglo XXI no se mide solo en ingresos ni en número de visitantes. Se mide en resiliencia territorial, en confianza social, en gobernanza efectiva y en la capacidad de aprender de las crisis. En contextos de cambio climático, la verdadera inteligencia no está en atraer más turistas, sino en saber hasta dónde, cómo y con quiénes se construye el futuro de los destinos.

(*) El autor es Investigador asociado del Centro de Estudios Rurales y Urbanos, CERU, de la Universidad de Sao Paulo.

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