Edición Cero

Por Mackarena Calderón Angulo, Periodista.-  Claudia no fue solo una jefa. Fue sobre todo, una amiga entrañable. De esas que la vida regala pocas... Claudia Yáñez Muñoz: Cuando una vida se vuelve multitud

Claudia Yáñez (QEPD)

Por Mackarena Calderón Angulo, Periodista.- 

Claudia no fue solo una jefa. Fue sobre todo, una amiga entrañable. De esas que la vida regala pocas veces, y que cuando llegan, te sostienen incluso cuando tú ya no puedes sostenerte sola.

Estuvo conmigo en unos de los momentos más duros de mi vida, acompañándome en los últimos suspiros de mi madre. Esa noche en que el mundo se me vino abajo, Claudia no buscó palabras grandes ni frases hechas. Puso su pecho como refugio para mis lágrimas, y me sostuvo en silencio. Ese gesto íntimo, humano, irrepetible, define mejor que cualquier currículum quién fue ella.

También nos acompañamos cuando las cosas se pusieron difíciles en el trabajo, cuando la institución que debía protegernos nos dio la espalda. Ahí también apareció Claudia, firme, leal, sin doble discurso, sin cálculos pequeños, sin oportunismos. No era una mujer de medias tintas. Tenía convicciones profundas, pero una manera serena de ejercerlas. Nunca necesitó levantar la voz para ser clara.

Hace unos días, Claudia pasó a otro plano, y su funeral fue sin proponérselo, una radiografía viva de su legado. Cientos de personas llegaron a despedirla. La diversidad de nuestra región estaba ahí reunida en un mismo espacio; adultos mayores, segmento generacional de la vida, con quienes mantuvo siempre  un vínculo especialmente profundo por su trabajo en el Hogar Vicente de Paul; dirigentes sociales, autoridades de todo el espectro político, desde el mundo comunista hasta el republicano, rotarios y rotarias, amistades de colegio, de universidad; de distintas etapas de la vida, personas que probablemente jamás se habrían cruzado en otro contexto, salvo para despedir a alguien que los había tocado de verdad.

La propia funeraria lo comentó con asombro. Era una de las despedidas con mayor cantidad de flores y coronas que habían recibido. No como un dato estadístico frío, sino como una imagen viva del cariño acumulado, de la gratitud transformada en pétalos y presencia, de tantas historias silenciosas que encontraron en Claudia una palabra justa, una ayuda concreta o simplemente una compañía buena en sus vidas. Ahí estaba su verdadera obra.

Era generosa hasta en los detalles más pequeños. Daba sin esperar retorno, escuchaba sin apuro, acompañaba sin invadir. En tiempos donde todo parece medirse en transacciones, Claudia operaba desde otra lógica, la del cuidado genuino.

Natalia, su amiga de infancia, repitió algo que me quedó resonando, que al estar cerca de Claudia se sentía mejor persona, más humana, mas paciente. Ese efecto no se improvisa. Es consecuencia de alguien que vive con coherencia, que no predica valores, los encarna.

Hubo un gesto que, para mí, resume con una claridad conmovedora el tipo de amor que Claudia sembraba. Una funcionaria que trabajó con ella en FOSIS, se tatuó en la piel una frase que Claudia le dijo en uno de los momentos más difíciles de su vida. La frase decía: “No quiero que nadie apague tu brillo. Te quiero ver siempre brillando. Claudia Yáñez. 11.11.2025”.

No es una metáfora, es amor hecho memoria corporal. Es alguien que decidió llevar para siempre una palabra que la sostuvo cuando estaba a punto de apagarse. ¿Cómo no entender, entonces, la multitud que la despidió? ¿Cómo no comprender la huella que dejó?

Su compañero de vida, Iván, se mostró entero, sostenido por el amor inmenso que tiene por las hijas de ambos. Un hombre sencillo, noble, profundamente humano, muy parecido en esencia a ella, según una de las amigas de Claudia, un hombre muy bien elegido. El amor de su vida. Hoy queda al cuidado de sus pequeñas, cargando quizás un dolor inconmensurable, pero también una misión luminosa, transmitirles quién fue su madre, cómo vivía, cómo miraba el mundo, cómo elegía amar incluso cuando no era fácil. Iván decía algo que resume con una claridad conmovedora a Claudia, “Ella era amor, y trabajaba desde el amor. Claudia decía que, ´después  de eso, venían distintos sentimientos, pero todo partía desde ahí”. Pocas definiciones alcanzan ese nivel de verdad.

Su madre, la tía Silvia, una mujer trabajadora, funcionaria de ZOFRI por más de treinta años, recibió en los funerales el cariño transversal de toda esa institución. Estaba profundamente afectada, me decía, con una honestidad que duele escuchar, que no sabía vivir sin Claudia, que era su mejor amiga. Hay dolores que no responden a jerarquías familiares ni a etiquetas, hay vínculos que simplemente son esenciales para seguir siendo quien uno es. Solo una mujer como ella, pudo criar a Claudia.

Yo creo, y lo digo con absoluta convicción, y es que Claudia tenía una capacidad rara, incluso frente a la maldad más grande, encontraba una porción de amor. No negaba la realidad, no era ingenua, no romantizaba el dolor. Pero elegía no endurecerse, elegía no contaminarse, elegía mirar un poco más profundo cuando todo invitaba a cerrarse, y eso, en estos tiempos, es una forma silenciosa y poderosa de valentía.

Cada rostro en esa despedida contaba una historia distinta: una palabra oportuna, una escucha honesta, una mano tendida sin condiciones, una risa compartida en medio del cansancio. Claudia tenía ese talento escaso: hacer sentir importante a quien tenía al frente, sin cálculo, sin expectativas de retorno, daba, simplemente, y en un mundo obsesionado con el intercambio, es un acto de generosidad radical.

Quienes compartimos con ella el mundo laboral, sabemos que en algún momento de su vida, el camino no siempre fue amable. Hubo desgaste, tensiones, dolores que el cuerpo termina pagando cuando el alma se exige más de la cuenta, pero incluso en los momentos más duros, mantuvo algo intacto: su decencia, su respeto por los demás, su manera limpia de vincularse. No transó su esencia para encajar, y eso tiene costos, sí… pero también deja una huella que no se borrará jamás.

Amaba profundamente a su familia. Era su centro, su refugio y su mayor orgullo. La maternidad, para Claudia, no fue un camino automático, ni sencillo. Fue una decisión profundamente consciente, buscada con amor y coraje. Sus hijas llegaron porque hubo una mujer que las soñó antes de tenerlas, que las eligió incluso antes de conocer sus rostros. En ellas dejó sembrada su herencia más honda.

Confieso que en su funeral no logré mantenerme en pie. La emoción me desbordó. No alcancé a decirle todo lo que habría querido, las palabras no me salían, tal vez por eso escribo hoy: porque las palabras también son una forma de despedirse cuando la voz no alcanza, cuando el abrazo ya no es posible.

Claudia no fue perfecta, fue real, fue coherente. Fue profundamente buena. Su partida nos recuerda, sin anestesia, que el tiempo no avisa, que la vida no se posterga y que el verdadero éxito no se mide en cargos, en reconocimientos formales, ni en biografías institucionales. Se mide en la cantidad de personas que te lloran con amor y te recuerdan con gratitud. En las vidas que tocaste sin hacer ruido.

Hoy, en medio de la tristeza, también me descubro profundamente agradecida de la vida. Agradecida de haber tenido un pedazo de Claudia en la mía. De haberla tenido como amiga, como confidente, como cómplice en las risas y en las resistencias, en las conversaciones largas y en los silencios que no incomodan. No todas las personas tienen la suerte de cruzarse con un vínculo así de limpio, así de verdadero. Haberla amado y haber sido amada por ella es un privilegio que el dolor no logra borrar, solo resignificar.

Claudia se queda en mí, en Iván, en sus hijas, en su madre. En cada adulto mayor al que miró con dignidad. En cada amiga que hoy intenta ser un poco mejor persona gracias a su ejemplo. En cada gesto pequeño que seguirá replicándose sin que nadie lo note.

Y eso, aunque duela, también es una forma muy hermosa de eternidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *