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Profesor Haroldo Quinteros Bugueño  En 1978, Guzmán tuvo la idea de realizar un plebiscito con la pregunta si la ciudadanía consideraba o no a... ¿Quién era Jaime Guzmán?

Profesor Haroldo Quinteros Bugueño

 En 1978, Guzmán tuvo la idea de realizar un plebiscito con la pregunta si la ciudadanía consideraba o no a Pinochet como legítimo Presidente de la República.  Como sabemos, tal consulta no se realizó, y en su lugar, un año y medio después se votó la constitución de 1980. Bueno, como también sabemos, si se hubiera realizado en 1978 aquel plebiscito, los votos los habría contado la dictadura, sin registros de votantes ni observadores extranjeros, y menos nacionales, tal como sucedió en el vergonzoso fraude que fue el “plebiscito” para aprobar la actual Constitución, que justamente, redactó Jaime Guzmán con 6 personajes más de la derecha nacional. Bien, en 1978, en Televisión Nacional, Guzmán fue entrevistado por el actor y animador Jaime Celedón, quien le dijo a Guzmán que era necesario “dar espacio a la oposición en la televisión” antes de realizar esa consulta, especialmente a Eduardo Frei Montalva, quien fuera en 1973 el más conspicuo defensor del golpe de estado, pero ahora, en 1978, un tenaz opositor a la dictadura. A la observación de Celedón, Guzmán respondió textualmente:

“Tú no entiendes. Si les damos cinco minutos de televisión a Frei y a las viejas de los desaparecidos, perdemos la Consulta Nacional. Así que olvídense, nunca les vamos a dar esa posibilidad.”

En cuanto la muerte de Guzmán, empecemos con Shakespeare, el dramaturgo inglés, autor de la conocida tragedia Hamlet. Hamlet, príncipe heredero al trono de Dinamarca, descubre que Claudio, su tío, ha asesinado a su padre, seducido a su madre, la reina, y se ha hecho coronar rey. Hamlet advierte que en su país reina la corrupción y la injusticia y se da cuenta que su tío no será jamás juzgado; vale decir, sus delitos quedarán impunes. En su conciencia, el príncipe Hamlet, hombre justo y bueno, no podrá tener paz si no se impone la justicia, y como no hay quien la haga,  tras muchas vacilaciones, finalmente mata al usurpador. El quid de la tragedia es que aquello que parece venganza es un genuino acto de justicia, puesto que ésta no existe en su país; por lo tanto, el asesinato de Claudio tiene esa única explicación. Desde el punto de vista de la Filosofía del Derecho, siempre se correrá el riesgo que alguien  que sufre una injusticia haga justicia con sus propias manos, puesto que la ley y la Justicia de Estado son inexistentes. Es, entonces, pertinente sacar a colación la tragedia “Hamlet” en el tema del atentado y muerte de Guzmán, porque en ambos casos están respondidas las dos interrogantes que surgen de él: primero: “había justicia en Chile en 1992?”, y segundo, “era Guzmán inocente o culpable de los asesinatos, desapariciones de personas y demás crímenes cometidas durante la dictadura de Pinochet?

Respondamos estas dos interrogantes:

La primera: Nadie en su sano juicio  puede afirmar que había justicia de verdad en 1992 en nuestro país, tanto en lo político como en cuanto la vigencia del respeto a los Derechos Humanos. En ese año, Pinochet, el dictador, era senador vitalicio, los asesinos, muchos de ellos sólo hoy condenados y presos en Punta Peuco se paseaban impunes por las calles, la Corte Suprema aún no atendía las demandas de los familiares de desaparecidos y asesinados (las viejas de los desaparecidos, como los llamaba Guzmán); criminales como Álvaro Corbalán, hoy preso, aparecían a diario en la televisión justificando los crímenes de la dictadura; no había el menor indicio de reparación a las víctimas del régimen dictatorial, etc., etc. Por cierto, se vivía un pacto político secreto entre la derecha (la que gobernó en dictadura) y la nueva y mayoritaria coalición que logró alejar al dictador del poder, la Concertación de Partidos por la Democracia.

Cierto, era un pacto, pero eso es política, no justicia, y en tales pactos, además, participan un ínfimo número de políticos profesionales. Indiscutiblemente, la justicia por los crímenes de la dictadura no era la prioridad en ese pacto, aunque la coalición ganadora, la Concertación, la había prometido al pueblo de Chile antes y después de su triunfo en el plebiscito de 1988, con la opción del NO. El punto, que fue reconocido después por el ex – presidente Lagos, era hacer a la derecha algunas concesiones con tal de terminar por la vía parlamentaria con los “enclaves autoritarios,” primer paso para acabar con la espuria constitución de 1980. Incluso, la Concertación, amén de no haber terminado con la constitución de la dictadura, ante el estupor de todo el mundo, llegó al extremo –en clara connivencia con la derecha – de salvar a Pinochet de ser enjuiciado en virtud de la convención de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos de 1948.

Por cierto, la Concertación no consiguió nada importante en ese pacto. En verdad, ello fue, al fin de cuentas, un fraude; peor aun, fue una derrota política más que para la Concertación, para la gran mayoría de chilenos que había ganado el plebiscito de 1988 y las elecciones presidenciales de 1990. Una paradoja increíble. A pesar de ser la Concertación mayoría, no la derecha, en 1992 el país seguía regido en un 100% por la constitución redactada por la minoritaria derecha en dictadura; es decir, impuesta al pueblo de Chile por la fuerza bruta, de manera vergonzosamente fraudulenta en 1980. Hasta 1992, seguía vigente la Ley de Amnistía de la dictadura de 1978, cuya ilegalidad es indiscutible porque no fue sino una afrenta a los pactos internacionales en materia de Derechos Humanos signados por Chile. Según esa ley, concebida por Jaime Guzmán, los crímenes cometidos por la dictadura hasta 1978 estaban totalmente amnistiados.

Sobre la segunda interrogante, si Guzmán era o no inocente, es preciso recordar, como punto de partida, que en Derecho, quien encubre, azuza o impulsa a otros a matar, es un criminal. Por lo tanto, no cabe duda que Guzmán lo fue, como vamos a probarlo.

Partamos por conocer bien a Guzmán, a quien conocí en 1967. La vida política conocida de Guzmán comenzó por el año 1965, en la Universidad Católica. En 1968, el suscrito era  profesor de la Universidad de Chile, en su sede de Iquique. Ese año, en el mundo entero había estallado una rebelión de la juventud, sobre todo estudiantil, contra el autoritarismo político y cultural existente. Una de las reivindicaciones de aquella juventud  -en el mundo entero- era la reforma de las universidades, en el sentido que los estudiantes, de manera ponderada también  tuvieran participación en su gestión; explícitamente, en la elección de sus autoridades, la planificación académica y una definición sobre el rol social de la universidad. Ese anhelo se cumplió en todo el mundo democrático, como lo era Chile. En 1968, luego de discutirse en el Parlamento y al interior de las universidades, se declaró el co-gobierno universitario en  todas las universidades de Chile, sin excepción. Este revolucionario cambio tuvo el apoyo del entonces Presidente de la República Eduardo Frei Montalva, el voto de la mayoría de los parlamentarios y, sobre todo, tuvo consenso al interior de todas las universidades,  de profesores, estudiantes y también de sus trabajadores. Pues bien, un grupo minoritario de profesores y estudiantes, principalmente  proveniente de la Universidad Católica (UC) y liderado por Guzmán, se opuso a la reforma.

Para impedir la avalancha democrática que se venía encima en Chile y en todo el mundo, Guzmán organizó sus huestes ultra-conservadoras y se tomó a viva fuerza la Casa Central de la UC, pero sólo unos días después los reformistas de la misma universidad la recuperaron y expulsaron de ella a los violentistas. Estudiantes y profesores de la UC y otras universidades de Santiago y de provincias organizaron luego un foro que tuvo lugar en la Escuela de Derecho de la UC. La Universidad de Chile- sede Iquique fue invitada a ese evento, y tuve el honor de representarla. Allí habló Guzmán, dándose a conocer como el líder del más irreductible conservadurismo político y religioso de esa época en Chile. Recuerdo partes de su discurso. En medio de las pifias que se ganó con su intervención (la mayor parte provenientes de estudiantes de la misma UC), calificó la reforma universitaria, entre otras denostaciones, como “un atentado al principio de autoridad” y, finalmente, “una maniobra del marxismo y de la Democracia Cristiana.”

No obstante, lo que más conmovió a todos de aquel discurso suyo de 1968, fue algo que sólo puede definirse como una amenaza: “Chile necesita  una contra-reforma universitaria, y esa contra-reforma la vamos a hacer un día.” ¿Cómo iba la ultra – derecha a llevar a cabo esa contra – reforma democráticamente, si eran minoría? Unos años después, en 1973, Guzmán cumpliría su amenaza cuando se transformó en el primer consejero ideológico de la dictadura de Pinochet. Consiguió rápidamente el bando militar que acabó con el co-gobierno universitario, y en su lugar impuso el régimen universitario que tenemos hoy; el de las universidades pagadas, antidemocráticas, autoritarias, entidades que funcionan como empresas comerciales, y, como resultado de ello, de mala o dudosa calidad, muy distintas a lo que eran las universidades chilenas en nuestra antigua democracia. En suma, hasta hoy, en esta coja democracia que tenemos, sigue vigente la contra-reforma de Guzmán, impuesta al país por la dictadura, anulando la reforma universitaria que había sido acordada por todo el país en democracia.

Sigamos conociendo a Guzmán. Era miembro de un pequeño grupo ultra- conservador juvenil muy activo en sus tiempos de estudiante secundario del aristocrático colegio santiaguino “Sagrados Corazones”, y luego, de estudiante universitario en la Universidad Católica. Ese grupo era “Fiducia”, cuyo ídolo era el dictador fascista español Francisco Franco. Guzmán también era miembro del Opus Dei (el sistema ideológico católico fundado por Escribá de Balaguer,) que plantea, en caso extremo, el exterminio físico de lo que llama “los enemigos de la fe,” que no son otros que los militantes de la izquierda, aunque sean creyentes cristianos, curas obreros o los sacerdotes y laicos que adhieren a la Teología de la Liberación. Llamado por la dictadura a integrar su consejo ideológico, muy pronto consiguió ser su principal miembro. Qué mejor para “exterminar a los enemigos de la fe.”

Apenas Guzmán consiguió la consejería política de la Junta Militar, obtuvo la anuencia del dictador para hacer clases y dictar conferencias en la Escuela Militar; obviamente para aleccionar a los cadetes de manera exclusiva en su cuadro ideológico. Aquí cabe preguntarse si tenemos una democracia segura y fuerte con una oficialidad militar  aleccionada ideológica y políticamente de manera unilateral; mejor dicho aun, sólo por fanáticos franquistas de ultra-derecha como fue Guzmán.

Presentar a Guzmán como un hombre de paz, buen católico, y demócrata es una falsedad.  Para empezar, fue el más conspicuo ideólogo y consejero político de una dictadura que fue reiteradamente declarada en su tiempo como violadora sistemática de los Derechos Humanos por todos los organismos internacionales que se ocupaban entonces de esos derechos. Así las cosas, es, por lógica, Guzmán es co-responsable de sus atroces crímenes. Mas, no sólo eso, Guzmán bloqueó siempre toda iniciativa que abriera la posibilidad de conducir a Chile a la democracia, se aclarara la suerte que corrieron los detenidos desparecidos, se terminaran las torturas, se revisaran los “juicios de guerra” tras los cuales cientos de  compatriotas fueron torturados, fusilados, encarcelados y mandados al exilio. De esto que señalo sobran los ejemplos. Veamos:

Cuando después del golpe de 1973, por primera vez en Chile, se inició la discusión sobre temas tan clandestinos como democracia y libertad, Guzmán fue el más fuerte opositor a cualquier tipo de atenuación de la represión existente; y es  más, de restaurar la democracia. Se opuso ¡él, tan católico observante! al “Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia” de 1985, que no fue convocado por la izquierda ni los demócrata-cristianos, sino por el Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor Juan Francisco Fresno; o sea, una iniciativa de la Iglesia Católica que tenía por único fin buscar una salida pacífica para Chile cuando arreciaban las protestas en las calles de Santiago y en muchas ciudades del país, con presos, muertos, heridos, manifestantes quemados luego de ser rociados con bencina (Rodrigo de Negri y Carmen Quintana), etc. En este principio de acuerdo participaron, además de representantes de la Iglesia, políticos de todos los partidos, como Ricardo Lagos,  Gabriel Valdés e, incluso, algunos políticos de derecha como Andrés Allamand. Guzmán declaró abiertamente su oposición a este  esfuerzo y terminó por boicotearlo. Repetía en esos mismos días, por enésima vez, la frase que lo hizo famoso inmediatamente después del golpe y asumir la cabeza de la dirección política de la dictadura:

Transformar nuestra dictadura en ‘dicta-blanda’ sería un error de consecuencias imprevisibles

El dictador siguió en sus intervenciones con el neologismo de la “dictablanda,” ocurrencia no suya, sino de Guzmán. En otras palabras, Guzmán era mucho más radical que el propio dictador.

Sigo, en la noche del plebiscito del 5 de octubre de 1988, cuando el gobierno se negaba a reconocer la derrota de la dictadura, Guzmán fue el primero en guardar silencio, para luego solicitar a Pinochet una reunión con el Alto Mando de las FF AA,  para allí, obviamente, sugerir una acción militar. Esto fue revelado por militares activos en esa época. Guzmán, se mantuvo en esa postura, hasta que Sergio Onofre Jarpa, el ex – Ministro del Interior de la dictadura, reconociera públicamente el triunfo del NO en un foro en Canal 13, en el que participó Patricio Aylwin en calidad de portavoz oficial del NO.

Guzmán también se opuso a la débil reforma constitucional de 1989, acordada entre la derrotada dictadura y la Concertación, que sólo consistía en introducir a la Constitución de la dictadura de 1980 algunas reformas que debilitaban algunos enclaves autoritarios. Para el pueblo de Chile, ello podría ser el comienzo de lo que sería una verdadera constitución política para Chile, legal y gestada en democracia, puesto que sin esa reforma de 1978, los militares habrían  tenido mayor poder en democracia, porque los nueve senadores designados se enfrentaban a 26 elegidos (y no a 38, como lo establecía la reforma). Además, de no aprobarse esta reforma, a la que, repito, Guzmán se opuso públicamente sin éxito, las Fuerzas Armadas (en las que Guzmán basaba finalmente toda su fuerza) habrían tenido mayoría en el Consejo de Seguridad Nacional, y no en  paridad cívico-militar, con el voto dirimente del Presidente de ese consejo. Bueno, era poco, pero era una esperanza que finalmente no cristalizó en lo que quería y necesitaba el país, una nueva Constitución. .

Volviendo a la interrogante si se justifica el asesinato de Guzmán, es preciso señalar que aunque suene duro, es  muy lógico que matar o impulsar a otros a matar implica también el riesgo de ser matado. y, por lo tanto, ese fue el riesgo que Jaime Guzmán, conscientemente, decidió correr. Ergo, su muerte es un resultado totalmente natural y lógico de sus propias actuaciones.

En todo caso, desde el punto de vista político, la muerte de Guzmán favoreció a la derecha, porque si viviese hoy, sería hoy un Longueira, un Larraín, o un Chadwick más, políticos ampliamente conocidos por su apoyo a la dictadura y su colaboración con ella, y que hoy, para mantenerse vigentes, hacen todo lo posible para desprenderse de sus crímenes. Además, la UDI tuvo así un símbolo muy importante, un mártir. Era lo que necesitaba. Así aparecía su fundador e inspirador político como víctima del “marxismo,” del “comunismo internacional,” y con ello, la UDI conseguía el empate en materia de crímenes.

Con su muerte, para el chileno común, incluso por muchos compatriotas que se opusieron y hasta lucharon contra la dictadura, Guzmán es una víctima. Apenas terminó la dictadura, Guzmán se preocupó de lavar su imagen. Eligió a Longueira, Moreira, y otros cabecillas de la UDI para que constantemente declararan en la prensa y en la televisión que él había abogado ante la ex – DINA en favor de muchos presos políticos. La verdad es que esto lo negaron y no lo reconocieron  Pinochet, el ex – miembro de la Junta el general Gustavo Leigh, el jefe de la CNI Manuel Contreras, ninguno de los ministros de Justicia de la dictadura, y ningún funcionario civil o militar de los servicios de seguridad de la dictadura CNI. Es así porque, por supuesto, esto es una falsedad. En la actualidad, la hermana de Guzmán, también quiere lo imposible: limpiar la imagen política de su hermano, asegurando que Guzmán fue asesinado por orden de la DINA; o sea, por Pinochet, lo que, obviamente, sugiere que Guzmán, por su bondad, pudo ser víctima de un régimen cuyo signo sanguinario, represivo y violento ya nadie discute. Ah, ¡pero cómo va a ser posible este cuento si, sólo por dar un ejemplo,  fue Guzmán quien concibió y redactó la Ley General de Amnistía de 1978, anulada sólo hace unos años, cuyo fin era librar de castigo a los más abyectos asesinos de la dictadura. En suma,  toda la gestión de Guzmán como consejero de la dictadura tuvo por doctrina el principio que no había que hacer de la dictadura una “dicta-blanda;” mejor dicho del principio del “exterminio” proclamado por Escribá de Balaguer y el Opus Dei.

Vale la pena detenerse en esta ley de 1978, que fue íntegramente concebida, propuesta a la dictadura y finalmente redactada por el propio Guzmán. La “Ley General de Amnistía” de 1978 no fue sino un artilugio para librar de procesamiento a los agentes de los aparatos secretos de represión de la dictadura ampliamente conocidos como autores de miles de delitos de lesa humanidad, desde 1973 hasta 1978.. Recuérdese que Guzmán se lanzó en picada contra algunos jueces honestos, y contra la propia Iglesia Católica, que pedían la libertad de los presos políticos y que se investigaran muchos y bien definidos crímenes cometidos bajo dictadura. Con esa ley, entonces, Guzmán salvaba de castigo a los peores asesinos del régimen, porque todavía regía formalmente en Chile la Constitución de 1925, según la cual esos asesinos debían ser arrestados y juzgados.

Ahora bien, Guzmán, abogado de profesión, sabía que esta ley de amnistía no tenía ninguna validez ni aplicabilidad legal, porque amnistiaba delitos cometidos por el Estado, calificados universalmente como “delitos de lesa humanidad”; por lo tanto, imprescriptibles, en virtud de los tratados internacionales que Chile había  suscrito hasta esa fecha, y que la dictadura, por pura demagogia y para limpiar su imagen ante el mundo, nunca revocó, incluso mientras esos crímenes se cometían. Tenía que volver la democracia, aunque no íntegramente como quisiéramos, y que pasaran 40 años, para que esa ridícula aunque macabra ley fuese lanzada al tacho de la basura. Jaime Guzmán, como digo, en tanto abogado y académico, no podía desconocer la nula legalidad de su burdo invento; sin embargo, consiguió que, aun ante el escándalo internacional, los asesinos quedaran libres de polvo y paja y pudieran, incluso, continuar siendo miembros de las tres ramas de las FF AA, y, por lo tanto, anótese bien, seguir cometiendo crímenes.

Jaime Guzmán, como nadie ignora, es también, junto a otros seis ya fallecidos políticos de derecha, el autor de la Constitución de 1980. Fue él quien, personalmente,  aconsejó al dictador “plebiscitarla,” con la clara intención de ejecutar un fraude, como efectivamente sucedió en aquellos aciagos tiempos en que las libertades públicas estaban suspendidas. Guzmán declaró varias veces y sin ambages, que la nueva constitución debía redactarse de tal modo que fuese imposible cambiarla sustancialmente. Ergo, hasta cuando esté vigente este engendro, nunca tendremos una verdadera y legal Constitución Política en Chile.

Más todavía:

Cada vez que los dirigentes de la UDI se refieren a su fundador, lo hacen con el título de “senador.”  Esto llama a otra reflexión.

A propósito de la constitución de 1980, esto de la senaturía de Guzmán, es un chiste, una paradoja grotesca. Guzmán copió literalmente de la Polonia comunista el sistema binominal para la elección del Poder Legislativo. Este sistema fue, en efecto, un invento de los comunistas polacos luego de la caída del Muro de Berlín y el fin del socialismo real en Europa del Este. Se trataba de empatar a la oposición con el gobierno, cuyo jefe, puesto allí por los soviéticos antes del fin de la Unión Soviética y sus satélites, era el general  Wojciech Jaruselsky.  Jaruselsky aplicó su sistema sabiendo lo que hacía. Los comunistas  eran minoría, y con este sistema binominal del paso de la dictadura a la democracia no sería una paliza electoral demasiado fuerte. En todo caso, pocos años después del empate que consiguió Jaruselsky, el sistema binominal polaco fue definitivamente remplazado por uno proporcional, el que rige hasta hoy. La treta electoral de Jaruselsky fue programada para una sola elección, y nada más.

Guzmán, por el contrario, luego de copiarlo lo aplicó con el  objetivo único de establecer en Chile, en calidad de permanente, un anti-democrático empate político, y así impedir que la derecha pudiera ser derrotada electoralmente de manera definitiva. Vale decir, Guzmán hizo las cosas de tal modo que la derecha se eternizara en el poder; poder que aunque compartiera con otros, se ejerciera sin cambiar “su” constitución de 1980. En fin, este fraude político es lo que, precisamente, garantiza el sistema binominal de elecciones, que sólo ha sido atenuado en los últimos años, pero no eliminado. Este es otro resultado de los amigables acuerdos de la clase política. Se maquilló el sistema binominal de Guzmán-Jaruselsky con nuevos distritajes y más parlamentarios, harto costosos, por lo demás. Así, han hecho creer que ahora tenemos un sistema proporcional de elecciones, como en cualquier democracia del mundo. Todavía la elección del Parlamento se basa en votos por listas, y no por candidatos, y por cierto, en ninguna parte del mundo, donde hay que elegir dos senadores, gana el que sale tercero. Este fue el caso de la senaturía de Guzmán. Dicho con más claridad, Guzmán redactó una constitución no sólo que consagrara el orden político y económico vigente, sino una que sirviese a sí mismo, asegurándole tramposamente su senaturía para cuando se acabara la dictadura. Calculó bien. En la elección parlamentaria de 1990, él sabía bien que no sería primero ni segundo, sino tercero, pero igual su invento lo hizo senador.

Para, por fin, recabar este retrato de Jaime Guzmán, es preciso detenerse en actuaciones concretas suyas que lo muestran de cuerpo entero como un individuo de naturaleza no sólo políticamente autoritaria, sino desde el punto de vista psicológico, ético y humano, derechamente cruel y criminal.

Por problemas de espacio, me referiré sólo a un caso, el de la  ciudadana inglesa Sheila Cassidy. Poco se sabe de este capítulo de nuestra historia política, puesto que, primero,  en Chile, cuando ocurrió en 1975, no había libertad; y segundo, en el país los medios de comunicación masiva los controla mayoritariamente la derecha, la que, obviamente no aventará jamás casos flagrantes de violaciones a los DD HH. En todo caso, aunque, en menor medida, NM también tiene su prensa, ya se habituó rutinariamente a compartir el gobierno del país con la derecha, y, con ello, ha perdido gran parte de su antigua sensibilidad por estos casos.

En ese año 1975, vivía en Chile una mujer inglesa, de profesión médico, graduada en 1963 en Oxford, una de las universidades más importantes del mundo. Cuando visitaba Chile, en calidad de profesional laico-católica en calidad de servidora de su iglesia, prestó auxilio profesional a un perseguido político herido a bala. El herido era Nelson Gutiérrez, un dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)  que había pedido auxilio en una casa parroquial católica. La casa era habitaba por unas monjas que también eran inglesas, y, por lo tanto,  conocían a su compatriota Sheila Cassidy. Sheila ni siquiera estaba viviendo en esa casa, por lo que la llamaron sólo porque era médico para atender a un herido, a un ser humano como cualquier otro. Gutiérrez tenía dos balas en sus piernas disparadas por agentes de la dictadura. Sin embargo, aun herido, escapó de sus perseguidores y llegó a la casa parroquial. Las heridas ya se estaban grangrenando cuando Sheila Cassidy le extrajo las balas. Horas después de la operación, Gutiérrez, no del todo curado, alcanzó a salir de esa casa muy poco antes que los esbirros de la dictadura llegaran allí. Irrumpieron en la casa violentamente y mataron a la asesora del hogar y  cocinera chilena que allí trabajaba, y luego capturaron a Sheila Cassidy.

La embajada inglesa y el Cardenal Raúl Silva Henríquez, jefe máximo de la Iglesia Católica, pidieron de inmediato al gobierno su liberación, puesto que además de extranjera y católica, la mujer había curado a un hombre herido por razones sólo humanitarias. Pinochet dudó qué hacer, pero aquí aparece nuestro personaje. Guzmán, que siempre invocaba públicamente su condición de católico observante, de comunión y misa casi diaria, se lanzó por radio y prensa contra el Cardenal, a la vez pidiendo al gobierno “investigar a fondo” a Sheila Cassidy, sabiendo perfectamente que ella ya estaba en las mazmorras de la DINA, y, por lo tanto, también sabiendo lo que allí le estaba sucediendo. El dictador, finalmente, oyó a su asesor, no al Cardenal ni a la embajada de Inglaterra, y la infortunada médico, durante tres meses, fue sometida a las torturas más salvajes concebibles que se pueden practicar a una mujer, las mismas que sufrieron muchas de nuestras mujeres chilenas.

Liberada en enero de 1976, merced a la presión económica que ejerció el gobierno inglés, Sheila Cassidy, en Europa, relató al mundo su horrenda experiencia en Chile, que luego las escribió en su libro “Audacity to Believe” (La audacia de creer). Después de su horrenda  experiencia en nuestro país, la médico decidió hacerse monja, lo que es hasta hoy. El libro fue traducido del inglés a todos los idiomas europeos y fue ampliamente difundido en Europa y Estados Unidos. En ese libro, que los udistas debieran leer, ha quedado consignada para siempre la infame y canallesca  actuación de Guzmán, quien aun siendo el primer consejero del dictador, no hizo absolutamente nada por la liberación de aquella médico inglesa; ni siquiera por librarla de los torturadores profesionales de la DINA. Pero hay más todavía sobre este caso:

 Guzmán sostuvo de manera pública y explícita que los Derechos Humanos están subordinados a los intereses superiores del Estado. Esta visión contradice el fondo ideológico no sólo de toda democracia, sino la doctrina teológica y social de la Iglesia Católica, que considera que los Derechos Humanos son superiores al Estado. Guzmán, con anterioridad, ya había criticado frecuente y públicamente a la Iglesia y al Cardenal Silva Henríquez, por ejemplo, por haber creado la Vicaría de la Solidaridad, instrumento fundado por la Iglesia  para defender a los perseguidos, a los presos políticos, y atender económicamente a sus esposas e hijos, como asimismo a las viudas y huérfanos. Criticó también la presencia de curas de la Vicaría en las cárceles y campos de concentración, que promovían iniciativas de trabajo para las presas y presos políticos. Incluso, hasta consiguió el arresto de varios de ellos, como el presbítero Luis Gajardo, un cura que fue salvajemente torturado, encarcelado y expulsado del país, siendo chileno. Este odio y fanatismo político de Guzmán fue lo que lo llevó a enfrentarse contra la primera autoridad de la Iglesia Católica, lo que culminó en el caso Cassidy.

Hasta Mónica Madariaga, la Ministra de Justicia y de Educación de la dictadura, públicamente llamó a Guzmán a “guardar respeto a  nuestro Pastor.” No sirvió de nada, y así, fue el caso de Sheila Cassidy lo que terminó con la paciencia del Cardenal, quien ordenó a Guzmán, en su calidad de católico observante, a retractarse de sus ataques a él, Jefe de la Iglesia Católica de Chile, nominado directa y personalmente por el Papa, el Vicario de Cristo en el tierra,  so pena de ex – comunión. Silva Henríquez dio a Guzmán un plazo de 24 horas para realizar su retractación. Guzmán, abrumado, debió retractarse públicamente, lo que hizo en una brevísima nota aparecida en una perdida página final del diario La Tercera, todo cuando ya mediaba el año  1975.

Saber quién realmente era Guzmán es clave en la comprensión de su muerte, como también aquilatar bien el fondo ideológico de los corifeos de la ultra – derecha chilena, muchos de ellos ex-colaboradores directos de una sanguinaria dictadura. Obviamente, no tienen derecho moral para levantar ahora la voz y hablar de justicia sobre la muerte de Guzmán.

Resumo el espíritu de este artículo así: Guzmán fue víctima natural de la política de terror y muerte que impuso en Chile un régimen dictatorial, del cual él,  personalmente y a conciencia plena, fue su principal consejero ideológico y político. Su muerte, como el Claudio de Hamlet, es sólo resultado de su personal y a toda conciencia actuación criminal.