Edición Cero

Daniel Ramírez G. Históricamente, la expresión “Vox populi, vox Dei”, que en latín significa “La voz del pueblo, es la voz de Dios”, ha... Vox Feminae, Vox Dei

Daniel Ramírez G.

Históricamente, la expresión “Vox populi, vox Dei”, que en latín significa “La voz del pueblo, es la voz de Dios”, ha sido usada para significar la necesidad política de escuchar la voz de una mayoría evidente, se considere esta equivocada o acertada, porque estas se imponen por su fuerza irresistible.

Así evolucionan las sociedades, a pesar de sus clases dirigentes, porque siempre llega el momento en que esta elite disfruta de privilegios ajenos a la mayoría social y se dedica con toda su fuerza a proteger y conservar el estado de cosas vigente.

Las mujeres han estado sujetas a la voluntad del hombre durante miles de años y en esta sociedad comercial en que vivimos, lo sigue siendo. Su trabajo no vale nada si es doméstico o vale menos que el del hombre si es productivo.

Estamos asistiendo a un cambio de nuestra sociedad que será trascendental en el desarrollo de esta. Por naturaleza, solo la mujer está capacitada para sentir y acompañar la producción de la vida durante nueve meses y lo que eso significa en términos naturales aún no llegamos a dimensionarlo, porque la mujer ha estado impedida de exponerlo socialmente.

Una sociedad en la que prevalezcan los valores maternales del género femenino, debería ser una sociedad en la que realmente se abomine de las guerras, una sociedad en la que no se envíe a nuestras juventudes a morir en tierras extrañas defendiendo intereses que le son extraños. Una sociedad con los valores de la mujer dará realmente importancia a la educación y salud de los niños y generará el respeto y la protección de sus mayores. Una sociedad con los valores de la mujer protegerá la vida de familia y promoverá que ese ambiente trascienda a la vida social.

Pero mientras vivamos en una sociedad mercantil en la cual todo se vende y se compra, se deberá solucionar un problema estructuralmente básico en la conformación de esa sociedad, esto es el reconocimiento y la valoración del trabajo doméstico.

El capitalismo contrata mano de obra, de acuerdo a condiciones de mercado y a la valoración del rendimiento en las tareas requeridas y esa mano de obra necesita después de cada jornada, una recuperación de su fuerza de trabajo para estar en condiciones operativas. Esa recuperación del trabajador es una de las tareas del trabajo doméstico y no es la única con que la unidad familiar aporta al sistema, puesto que también está encargada de la reproducción de esa mano de obra.

En términos valóricos, el único o más beneficiado con el no pago del trabajo doméstico es la empresa, puesto que al no pagar el costo de recuperación de la fuerza de trabajo y suponerlo incluido en la remuneración del trabajador, ese valor pasa a incrementar sus utilidades. Si suponemos un sueldo mínimo como remuneración de un trabajo doméstico, el salario mínimo de contratación de mano de obra en cualquier empresa debería ser de dos sueldos mínimos. Esta es una delicada tarea pendiente que seguramente será agendada en un futuro cercano y que hará crujir los cimientos del sistema.

En la transformación de esta sociedad que vivimos la mujer también tendrá que cambiar, puesto que deberá quitarse de encima, toda esa costra cultural que le ha generado vivir a nuestra sombra. Hemos inventado religiones que excluyeron a las diosas mujeres de entre los poderes divinos, las hemos señalado como un peligro para la estabilidad de la fe e incluso como la personalización de la perdición, han sido y son vendidas como esclavas sexuales, son objetadas sus capacidades en innumerables tareas consideradas propias de hombres.

Creo que tendremos la suerte de ver la fuerza social enorme que procederá al cambio de esta sociedad hecha por nosotros y para nuestro disfrute. Ni el feudalismo, ni la burguesía, ni la clase obrera han tenido y tienen cadenas tan fuertes como las que las mujeres están rompiendo, aunque algunas veces chocan con enemigos internos que han asumido y disfrutan de los privilegios de nuestra sociedad, porque no alcanzan a valorar lo que es ser realmente libres. El punto a favor es que el feminismo no tiene discrepancias generacionales como nosotros las tenemos en nuestra acción política y eso le da fuerza y sabiduría.

Creo que aún no nos damos cuenta de que ya hemos cambiado socialmente en forma irreversible y estamos en los umbrales del mundo de la mujer, solo debemos entrar en él. El cambio cultural es el más difícil y lento de lograr y en este caso específico hemos avanzado una enormidad. Nuestra sociedad ha reconocido ya la realidad de desigualdad de género y ha reconocido ya que el simple hecho de haber nacido mujer le generó y le genera a ese ser humano, una forma de vida con discriminaciones inaceptables. Nuestra sociedad ya está abierta a esta revolución feminista y esta será una revolución sin dolor hasta que necesariamente comience a herir los centros económicos en que se sustenta el poder político, pero afortunadamente, eso sucederá cuando ya la revolución haya triunfado y ¡Ya triunfó! A partir de ahora se dirá “La voz de las mujeres, es la voz de Dios”.