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Iván Vera-Pinto Soto, Cientista Social, pedagogo y escritor.- En estos oscuros días cuando la santa muerte cruza nuestros cielos, arriba a mi memoria una canción... Esos locos bajitos y la contingencia política

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista Social, pedagogo y escritor.- En estos oscuros días cuando la santa muerte cruza nuestros cielos, arriba a mi memoria una canción de Serrat que dice: “Esos locos bajitos que se incorporan/ con los ojos abiertos de par en par/Sin respeto al horario ni a las costumbres/Y a los que, por su bien, hay que domesticar”. Saco a colación estas letras, pues sabemos que los niños, niñas y adolescentes son uno de los segmentos sociales más vulnerables de esta crisis social. Los más pequeños no comprenden lo que está ocurriendo, pero sus emociones y comportamientos se ven influenciados por el entorno, y los mayores sienten curiosidad por lo que perciben en los medios de comunicación social.

Los psicólogos explican que los menores reaccionan al trauma de diferentes formas; algunos no hablan del tema, otros platican mucho, se ponen más sensibles, tristes o irritables, y la intensidad de sus reacciones dependerá del nivel de violencia al que estén sometidos. Mientras más expuestos se encuentren a escenas traumáticas, más probabilidades tendrán de verse dañados. Esto se traduce en un delicado reto para padres y adultos responsables, como asimismo para la sociedad en su conjunto.

Por más que quisiéramos que no fueran permeables a la violencia que opera en nuestro medio, no lo podemos evitar, puesto que ella está al alcance de sus ojos. En efecto, podemos esgrimir que antes que se produjera la rebelión ciudadana (18 de octubre), como consecuencia de una prolongación de hechos injustos y hasta crueles que ha experimentado por muchas décadas nuestro pueblo, y cuyo correlato está en la estructura social, económica y política impuesta por el régimen dominante, la infancia en nuestro país ya se encontraba en crisis, en tanto que las condiciones de vida desiguales no le permitían un desarrollo integral. Es, precisamente, en este grupo etario donde se manifiesta con mayor claridad la iniquidad y la exclusión. Esta es una trama real y bastante alejada de las consignas gubernamentales que proclamaba la existencia de un supuesto oasis de prosperidad, justicia e igualdad.

Una vez ocurrido el denominado “estallido social”, para nadie es un misterio que la violencia real y simbólica contra los menores se acentuó. Con respecto a ello, las cifras son indesmentibles. Por citar: hasta hace muy poco la institucionalidad reconocía que había cerca de 600 de niños, niñas y adolescentes viviendo en situación de calle (Informe del Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2018).

Este conglomerado vive totalmente dejado de la mano del Estado, en condiciones inhumanas, expuesto a múltiples vulneraciones y sin ninguna garantía de protección de sus derechos. Por su parte, el SENAME, organismo que ha sido cuestionado y denunciado por diversas prácticas abusivas y delictuales, informó que el año pasado se llevaron a cabo más de 8.000 atenciones en residencias de protección y más de 6.000 en alguna modalidad de los centros de internación por responsabilidad penal adolescente.

El Instituto Nacional de Derechos Humanos, anota que en las actuales movilizaciones sociales más de 600 niños, niñas y adolescentes han sido detenidos por las fuerzas de orden y seguridad; 373 de ellos fueron durante los diez días en que se mantuvo el Estado de Emergencia. Asimismo, sostiene que han existido vulneraciones graves a los derechos humanos de los menores. Mediante el uso excesivo de la fuerza en manifestaciones, se ha afectado la integridad física y psíquica de los mismos, los que en algunos casos han sido objeto de detenciones ilegales, apremios ilegítimos, malos tratos, torturas y violencia sexual en los recintos de detención.

La Defensoría de la Niñez ha notificado que existen 162 casos de quebrantamientos de derechos que incluye maltrato físico, lesiones por balas o perdigones y traumatismo ocular. Y esto no termina aquí, día tras día, se siguen reportando casos de violencia policial, fuera de todo protocolo, en donde las fuerzas del orden han disparado balines contra los estudiantes.

Suma y sigue, la Defensoría Jurídica de la Universidad de Chile reporta que han recibido 64 denuncias que dan cuenta de las vulneraciones a este segmento, no exclusivamente por las ilegalidades en los procedimientos de detención y las faltas al debido proceso, sino que también por hechos arbitrarios e incluso tortura en manos de agentes del Estado. Consecuente con lo anterior, la Fiscalía ha declarado que se investigan 161 sumarios por presuntas violaciones a los derechos humanos donde las víctimas son menores de edad.

Según los casos informados por el Ministerio Público a la Defensoría de la Niñez han ingresado 1.577 casos de víctimas 33 de violencia institucional, entre el 18 de octubre al 3 de noviembre de 2019. Del total de afectados de violencia institucional, 249 son niños, niñas o adolescentes, que corresponde a un 16% de las víctimas. Entre ellos se constata hechos de desnudamientos y violencia sexual. Del mismo modo, lesiones con armas de fuego (balines, perdigones, municiones) y otras lesiones de gravedad.

La Cámara de Diputados en lugar de mejorar este escenario, lastimosamente, aprobó el control preventivo de identidad a partir de los 16 años, una medida que no se hace más que estigmatizar a la juventud. El mismo Instituto de Derechos Humanos, manifestó: “La extensión del control preventivo de identidad a adolescentes, que no requiere indicios de actividad delictiva alguna para ser aplicado, parece desproporcionada en relación con los fines generales de resguardo de la seguridad pública en que se fundamenta la ley”. Y, agregó: “La aprobación del control preventivo de identidad a partir de los 16 años se aleja del cumplimiento de las obligaciones que impone la Convención de los Derechos del Niño al Estado de Chile”.

Las estadísticas y los diagnósticos sobran, pero los avances legales son muy lentos, en cuanto a los beneficios que puedan entregar a nuestra niñez y adolescencia. Sin temor a equivocarnos, opinamos que la protección de sus derechos es una necesidad urgente, pues este conjunto etario vive una verdadera intriga de horror que supera la ficción de juegos y películas de la industria del ocio. Es más, razonamos que esta materia debería estar incorporada en la “agenda social”, la que por estos días se discute. Por cierto, esto no solamente debe contener el cumplimiento de reglas del uso de la fuerza a las policías y militares, también se requiere establecer garantías de derechos para la infancia, que, sin duda, sería una réplica alentadora a las innumerables sugerencias internacionales sobre protección integral de los derechos del niño.

Mientras no se asuman resoluciones concretas, debemos admitir que los infantes y adolescentes reaccionen de diferentes actitudes y expresiones, porque al igual que los adultos, ellos tienen la facultad de pensar, sentir y manifestarse libremente. En ningún caso – de acuerdo a nuestro juicio – les corresponde estar sometidos a los dictámenes de los grupos de poder, cuyo único fin es “domesticarlos” para ser “buenos ciudadanos”, “correctos”, “productivos” y fieles a los preceptos del modelo neoliberal.

Suponemos que en tanto no se asegure el pleno ejercicio de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales en el país, como una forma de reducir la terrible desigualdad derivada de aquellos que no han sido adecuadamente garantizados, no vamos a lograr ver en nuestras casas y calles a niños ni jóvenes felices y plenos. Dada así las cosas, “el baile de los que sobran” continuará provocando el espanto de algunos que no pueden ni quieren entender las causas de esta rebelión, la que se exterioriza a través de cantos, marchas, dibujos, bailes, pancartas y ruidosos cacerolazos; voces que incorporan a todos, todas y todes, desde los más pequeños hasta los adultos mayores de una familia asfixiada por la injusticia social.

Declaramos que, en lugar de cuestionar a los infantes que se suman a las protestas, es preferible reivindicar sus expresiones creativas y emancipadas, como aquel menor que bailó en medio de la manifestación, generando aplausos por parte de los internautas quienes lo posicionaron como un buen ejemplo en medio del descontento ciudadano.

Los niños son seres pensantes, ellos se dan cuenta de todo: quieren un mundo sin desigualdad. Con respecto a esta premisa, la ONG World Visión organizó un cabildo compuesto íntegramente por niños niñas, quienes no solo evidenciaron sus demandas para este “nuevo Chile”, sino que también enumeraron los aspectos que más les preocupa dentro del “despertar social”. En esa instancia, escuchamos voces que decían: “Lo que está pasando ahora en Chile, como que están protestando mucho y no dejan dormir a la gente. En mi casa nosotros hicimos una protesta, pero sin prender fuego”. “Hay que ayudar más al país que protestar”. “Si yo fuera profesora no haría tantos paros porque los niños se quedan sin vacaciones y nosotros tenemos derecho a poder descansar”. “Están dañando, están saqueando los supermercados, las casas. Yo soy de otro país y me afecta mucho lo que está pasando acá”. Es evidente que las declaraciones guardan directa relación con sus mundos emocionales y con las formas de ver el ambiente que les rodea, sin contar con la mediación discursiva de un adulto que los orienten y/o adoctrinen.

En fin, si tuviésemos que resumir en una frase qué es lo quieren estos “locos bajitos”, diríamos que es el derecho a vivir en paz. Así es de claro. Entonces, dejemos de escamotear las demandas sociales y dilatar las respuestas de fondo. No perdamos el tiempo con descalificar a los menores porque salen a las calles, se posesionan de los colegios o simplemente hacen un dibujo en donde cuestionan a la autoridad y al sistema. ¡Qué culpa tienen ellos y ellas de la violencia institucionalizada! Es mucho mejor poner la atención y energía en resolver ahora la crisis que atravesamos, con el propósito darle dignidad a nuestro pueblo. Presumimos que por ese camino podríamos alcanzar un nuevo estado de cosas, donde la violencia no se apodere de las conciencias atormentadas y sufrientes de nuestros hijos e hijas. Además, es necesario considerar que cuando se construya la nueva Constitución Política no olvidemos de incluir la palabra niño, concepto que, curiosamente, no está registrado en la actual Carta Magna.

Para poner fin, sustentamos la hipótesis que los niños deben participar en el diálogo político, deben estar al tanto de lo que ocurre en su territorio, de las problemáticas que afectan transversalmente a nuestra población, por tanto a veces con el pretexto de cuidar la “inocencia de los niños” lo que se consigue es perpetuar la ignorancia de un ciudadano en cierne, el que deberá tomar decisiones políticas en su porvenir. Por lo mismo, la participación infantil en este ámbito es positiva y necesaria, visto que permite la inclusión temprana de los más pequeños en la comprensión de la política. Pero más trascendental aún, porque les habilita ser sujetos de derecho, ejercer sus libertades garantizadas en diversos documentos internacionales de Derechos Humanos. El inhibir su intervención no hace otra cosa que formar a un sujeto pasivo, sin opinión y sin capacidad crítica.

La Educación Ciudadana es imprescindible para que ejerzan sus derechos fundamentales y motive su contribución en política, que es la mejor manera de conectarse con su realidad social. Que se entienda que el dialogar sobre política no es sinónimo de adoctrinamiento ni proselitismo, es educación. Si siempre alegamos que los niños son el futuro del país, entonces procuremos entregarles las herramientas para que puedan comprender temáticas contingentes, tales como: democracia y derechos humanos. Así, podrán ingresar al debate informado y responsable, y, por qué no, transformar la sociedad en que viven.