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Iván Vera-Pinto Soto / Cientista Social, pedagogo y escritor.- Debo conceder que uno de los momentos más emocionantes e imborrables de mi niñez fue el que... El circo popular en Iquique

Iván Vera-Pinto Soto / Cientista Social, pedagogo y escritor.- Debo conceder que uno de los momentos más emocionantes e imborrables de mi niñez fue el que viví una tarde, cuando asistí a la representación de un circo popular, instalado en la calle Vicente Zegers con 12 de febrero, en un antiguo recinto municipal donde se guardaban materiales de pavimentación. Hasta hoy recuerdo su carpa llena de inmensos parches que intentaban cubrir un universo de agujeros, hijos del trajín y del tiempo. En la pista desfilaban saltimbanquis, prestidigitadores, payasos, animales domesticados, trapecistas, equilibristas y tantos otros personajes, interpretados, de forma asombrosa, por muy pocas figuras. Incluso se observaba a los mismos artistas recibiendo los boletos y acomodando a la concurrencia.

Luego, en el intermedio, sin ningún pudor, los mismos intérpretes oficiaban de vendedores de maní y  de manzanas confitadas. Sin equívoco, era un circo pobre, provisto de estrechos y débiles tablones, con piso de aserrín y olor a caramelo. A todo esto, los muchachos del barrio llegaban jubilosos con el fin de sortear la débil vigilancia y entrometerse, de manera furtiva, por la loneta sin pagar la entrada. Apoyados por la escasa luz del lugar nos encaramábamos hasta el último piso de la galería, construido casi siempre de palos desgastados y quebradizos. En ese periférico espacio nos quedábamos todos muy juntos, confundidos por la agitada  travesía realizada.

De pronto, se encendieron los reflectores  y se inició el espectáculo con el himno nacional, interpretado por una humilde banda de músicos. En ese momento los mayores se pararon respetuosamente; nosotros, en cambio, regañadientes nos erguimos temerosos, pues pensamos que con el movimiento de la gente el madero terminaría por romperse, precipitando así nuestros sueños al suelo. De inmediato, surgieron los aplausos y las silbatinas para recibir el desfile de apertura de los protagonistas.

Avanzada la función, vino un número fuerte, dos hermanos trapecistas inventaron improvisadas piruetas en el aire, imitando a verdaderas aves humanas. Detrás prosiguieron los payasos, con una rutina de humor parlante, pícaro y rápido que servía para aliviar la tensión anterior. Estos cómicos eran una verdadera legión de cultores enrolados al circo, habitualmente, por razones de parentesco o por alternativa de trabajo. Acostumbraban a desarrollar esquemas preconcebidos de gags, trucos y chistes blancos, la mayoría patentados por el emblemático Abraham Lillo, el Tony Caluga. Ahora, a la distancia, puedo adivinar que todos esos personajes excéntricos y bufonescos compartían la misma mirada romántica y la seria decisión de vivir del y para el circo.

Empero, en esta vida no todo es fantasía, también hay amarguras y sinsabores. Así es, conocemos muchas historias de circos de barrios y familiares que han recorrido todo Chile, pero que, casi siempre por problemas económicos, han desaparecido, dejando a la deriva a muchos artistas. Los casos dramáticos se multiplican, por supuesto, debido a la falta de una legislación que ampare a estos representantes de la cultura popular.

Al margen de aquello, creo que todos almacenamos desde niños bellos recuerdos de esta extraordinaria institución. Evocaciones que en ningún caso tienen que ver con carencias afectivas, sino más bien con la profunda admiración que sentíamos hacia quienes nos impresionaban por su capacidad y habilidad física para hacer cosas que otros no podían realizar.

Al volver la vista al siglo pasado, advertimos que el circo popular representaba -junto al cine- un acontecimiento maravillosamente humano, que entretenía a grandes y chicos, sin pretender ser un negocio de proporciones, como lo es ahora. La historiografía nos da cuenta que en esta zona a comienzo del siglo XX, estos espectáculos se extendieron hasta las oficinas salitreras, los que por lo común llegaban en las temporadas de invierno, autorizados por los administradores de las compañías, ofreciendo dos o tres funciones para todos los trabajadores y sus familias.

Al respecto, no podemos dejar de recordar en este recuento al emblemático circo Océano, aquel que en diciembre de 1907 estaba apostado en la Plaza Manuel Montt, precisamente donde ahora se halla el Mercado Municipal. Fue allí donde esos artistas itinerantes se convirtieron en testigos y manos solidarias una vez ocurrida la cruenta matanza obrera de la Escuela Santa María. Lo cierto es que en ese fatídico 21 de diciembre, tanto el establecimiento educativo como el circo – dos instituciones dedicadas a la enseñanza y la entretención – terminaron por transformarse en verdaderos espacios de hondo dolor y duelo.

Nuestro recordado Guillermo “Willie” Zegarra Zegarra, en una entrevista dada para Eco Pampino (2003), narra sus inicios en el teatro como actor de un circo: “El año 1931 llegó un circo y quedó botado con la carpa. A su cargo quedaron cuatro personas, un señor Franklin, un señor Lara y un señor Farfán, todos ellos sin poder trabajar. Entonces, nos reuníamos los muchachos de los grupos de teatro en un bar a tomar leche, más que nada por reunirnos. Conversando con ellos yo les dije que por qué no nos hacían trabajar a los aficionados en la carpa en vez de tenerla abandonada. Sencillo dije yo, aquí hay chiquillas que cantan muy bien, hay muchachos que tocan guitarra y que cantan, ustedes pueden hacer cuatro números y muchos números cortos. Para abreviar la cosa, un día me dijeron que si yo quería presentarme en el circo tenía que hablar con el señor Lara, a quien le dije: “Mire, yo con mi amigo tenemos un dúo cómico”, fue así como me dejaron un mes y medio trabajando con los aficionados. Reunieron plata, trajeron a gente del sur y siguieron en giras por el norte. Yo trabajé de payaso con un amigo que era muy popular aquí y que se llamaba Rolando Caicedo” (p.5).

Patricio Advis en “Creación del Teatro Municipal de Iquique y su contexto histórico urbano”, cuenta “…de acuerdo al primer plano de la ciudad de Iquique levantado por Ramón Escudero en 1861, se encontraría en la calle que hoy se conoce como Bolívar dos edificios: uno destinado a representaciones teatrales con el nombre de “Teatro”, ubicado en el lugar del actual Correo, y el otro, con el nombre de “Coliseo”, destinado probablemente a espectáculos de variedades itinerantes y a otros”(p.27) Suponemos que a fines del siglo XIX en ese espacio (donde hoy se encuentra Correos de Chile), también arribaron los grupos circenses.

Juan de Dios Ugarte Yávar en su texto “Iquique, desde su fundación hasta nuestros días: recopilación histórica, comercial y social” (1904), puntualiza que los patrones asistían al Teatro Municipal a ver óperas, zarzuelas, comedias, etc., ubicado frente a la Plaza de Armas, mientras que los obreros tenían un teatro-circo llamado Nacional, situado en la calle Vivar entre Sargento Aldea y Latorre (p.61).

Por su parte, Pedro Bravo-Elizondo (Diario La Estrella de Iquique (24-4-2007), relata: “En Iquique de 1886 el circo tenía gran popularidad. Para levantar una carpa había sitios baldíos en la calle San Martín, Arequipa (hoy Patricio Lynch). Al costado sur de la Plaza Prat, el Gran Teatro Nacional era el sitio indiscutido para circos. Allí debutó en 1886 el Circo Inglés. El año siguiente se presentó durante el mes de enero la Gran Compañía Imperial Japonesa, compuesta de equilibristas, malabaristas, gimnastas, contorsionistas, magos y acróbatas”.

Agreguemos que por los años 30 del siglo anterior, se levantó el Teatro Nacional en la calle Sargento Juan de Dios Aldea, a la altura del 800 y fue propiedad del señor Masserano. En ese recinto, los días viernes se hacían presente compañías de variedades y de circo, las cuales matizaban la cartelera del cine sonoro.  A no dudarlo, este salón fue uno de los más populares y hasta la década de los años setenta atrajo muchísimo público por sus películas y por constituir el centro de reunión de toda sociedad iquiqueña.

Por la misma época los circos y las carpas móviles que llegaban a esta localidad se instalaban en la calle Vivar con Tarapacá, frente a la Plaza Condell, en ese sitio se congregaba todas las familias de este puerto. Otro dato anecdótico es el terreno donde alguna vez fue el aeropuerto, en ese sitio eriazo a veces albergaba desde ferias eventaules hasta grandes circos de talla mundial, como grandes parque de diversiones y circos internacionales que hacían su gira alrededor del mundo.

Es posible que todas estas agrupaciones no tenían la pulcritud ni la producción a la escala de la nueva hornada que encabeza el Cirque du Soleil, sin embargo, no podemos desconocer que deleitaban por su magia, pasión y fantasía. El circo tradicional gozaba de dignidad artística y lograba a través de sus seres extraños crear en cada representación una atmósfera espiritual altamente gratificante.

Es curioso constatar que en la actualidad vuelve a instalarse en los jóvenes el interés por la práctica circense, la que a mi juicio va más allá de la simple moda. Ahora esta disciplina comienza a amalgamarse con otras artes como el teatro y la danza, originando una vertiente más estética y dramática que se denomina  nuevo teatro. Uno ejemplo de ello es la escuela Circo Teatro en la Cuerda, entidad que no tiene ningún fin de lucro y está abierto a la comunidad para todos aquellos jóvenes, niños y adultos que estén interesados y quieran aprender de las diversas disciplinas que abarca el circo, tanto los aéreos, el teatro, el clown, malabares, equilibrio, etc.

Por eso me declaro, abiertamente, fiel admirador del circo popular, ya que tiene que ver con mi memoria emotiva, con un sinfín de sentimientos y emociones íntimas, con la identidad nacional, con muchos signos atrayentes, con el espíritu de una época y con una ficción colectiva. De modo especial, porque guarda una estrecha relación con mi primer estado de encantamiento que sentí frente a ese epicentro democrático, nostálgico, poético y alucinante, como es nuestro circo nacional.

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