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Waldo Aguilar Figueroa/ Sociólogo y teatrista Escuché por ahí que el Ejército de Chile es el último ejército alemán de Latinoamérica. Su doctrina prusiana,... El General Roberto Silva Renard, poder y justicia. (O pequeña reflexión sobre un asesinato masivo y el teatro)

Waldo Aguilar Figueroa/ Sociólogo y teatrista

Escuché por ahí que el Ejército de Chile es el último ejército alemán de Latinoamérica. Su doctrina prusiana, marca la principal característica de una institución que considera una virtud la verticalidad del mando, necesaria, y exigible a precio de excluir de sus filas, a quien no practique la obediencia y no se abstenga, en el ejercicio del cargo, de la deliberación social y política. En otras palabras, la acción del sujeto sometida a las relaciones de subordinación (y sin objeción) como condición de pertenencia a una institución.

Esto supone y determina el alejamiento del soldado, como sujeto y persona, de las disciplinas científicas y /o filosóficas, por cuanto, para ejercitarlas, el individuo requiere actitud cognoscente, duda anterior a la opinión, pensamiento metódico, análisis. Convertido el sujeto en soldado, se supone en él, el remplazo de la individualidad reflexiva, por una actitud supeditada y obsecuente, a disposición de la escala de mando y los criterios de la institucionalidad, representada en atribuciones y facultades por su superior jerárquico inmediato. La sustitución del ser racional, por un ser social de la obediencia, que no problematiza la realidad y si lo hiciera, no toma posición moral frente a ella. Su acción no está necesariamente monitoreada reflexivamente por la ética, es más bien pragmática y servicial. El más puro acto de poder.

Un acto de poder, como ordenar el fusilamiento de miles de personas (o cientos, pues no hay cifras oficiales de los fallecidos), nos conduce irremediablemente a preguntarnos por la justicia, cómo se relaciona ese acto con lo que podríamos entender como justicia.

El filósofo Platón sostenía que el mundo de las ideas era imperecedero, independiente del espacio y el tiempo y, por lo tanto, estaba por sobre la materia. Afirmaba que no había manera de entender la justicia sin considerar la sabiduría en el análisis. Podríamos decir que la justicia, para él, sería un modelo ideal, una definición de la realidad imaginada, una abstracción imperecedera que antecede al individuo y lo trasciende. La justicia definida de esa manera por la racionalidad, la conceptualización de la realidad atendida a la moderación, la contemplación previa a la acción, la bondad moral, aptitudes lejanas de la doctrina prusiana, por carecer esta última de actitud reflexiva.

Los sofistas, hábiles oradores eficaces en el arte de la persuasión, afirmaban que no había modelos ideales para la justicia, la belleza o la verdad y que por lo tanto cada situación variará en virtud del punto de vista de cada uno. Trasímaco, planteaba que no había forma de comprender la justicia sin el poder, y que lo justo no es otra cosa que la ventaja de lo más fuerte. Argumento muy ad-hoc, que justificaría la matanza y exculparía la responsabilidad de Silva Renard, sustentado en que su justicia es la justicia de su superior, y del superior de él, y así sucesivamente hasta llegar al alto mando y la justicia aplicada por el poder del presidente Montt. La justicia del más fuerte. La justicia de quien tiene la bayoneta en las manos y la facultad de apretar el gatillo, la justicia de quien recibe órdenes sin otro criterio que la verticalidad del mando.

Hoy, las FF AA se proyectan estética y simbólicamente como la institución del orden y la disciplina. Han jugado un rol protagónico en la historia de nuestro país, interviniendo reiteradamente a favor de la institucionalidad, para hacer frente a la fuerza política alcanzada en ciertos periodos de la historia por sectores sometidos y desplazados. Institucionalidad que ha sacrificado para su propia estabilidad, la vida de miles de personas desatando periódicamente hechos de sangre: Gabriel Salazar, premio nacional de historia, sitúa en 23 las ocasiones en que el Ejército de Chile ha masacrado a sus conciudadanos con la finalidad de frenar siempre al mismo sector de la población.

Una de esas 23 ocasiones en que el Ejército de Chile desenfundó las armas para reprimir a sectores que protestaban por mejoras laborales y/o sociales, fue aquella sangrienta jornada del 21 de diciembre de 1907, y uno de los verdugos, un despiadado general de apellido Silva que azuzó a los soldados para que vaciaran los cartuchos de sus bayonetas, sobre una multitud de obreros desarmados y atrincherados en la escuela Domingo Santa María, en Iquique.

Roberto Silva Renard es un sujeto histórico sombrío. Este oscuro personaje da la orden de matar aquel fatídico día y yo intento representarlo. A él, que ha sido transformado en un desconocido verdugo del bajo pueblo. Hoy se mantiene desapercibido por las nuevas generaciones seducidas por el consumo. En el imaginario colectivo juvenil, se mezcla su historia, una historia real, una historia de sangre verdadera, poder y justicia del mas fuerte. Se mezcla entre muchas otras historias ficticias de las películas de superhéroes, películas y series gringas, videojuegos y posverdad.

Entre esa oferta, de compra-venta de significados, se encuentra el teatro, intentando captar la atención de las nuevas generaciones, para que no muera olvidada, desplazada por lo desechable de la fama, o lo morboso sensacionalista del delito común. La historia de Silva Renard es impresionante. Hombre oscuro, y como varios hombres oscuros, aparece luminoso en fotografías y retratos. Luminoso porque aun hoy tiene un regimiento con su nombre en concepción, porque no es parte del pasado, porque la doctrina militar que él representó y por la que fue vanagloriado, podría seguir intacta, en los contenidos trasversales de la formación teórica militar contemporánea. Su resplandecencia y actualidad dan terror.

Un personaje histórico que interroga a un aficionado de las tablas en su intento por personificar la crueldad en el ejercicio del cargo militar, la ceguera en la ejecución de órdenes del alto mando, cuando la política somete al criterio de la muerte al más débil para poner en claro que se trata de la obediencia o la vida, la sumisión o la muerte. Se trata de poder de justicia retórica y del uso de la fuerza como doctrina .

Poner al público en la perspectiva del soldado, del poder, y que vea frente a sus ojos la reversión de una masacre. Vea una historia construida con retazos de otras historias y una moralidad que reivindica la memoria, otorgándole significado, tomando una posición frente al horror y reconociéndole trascendencia. Lo vencidos como vencedores, los callados que hablen ahora y sigan hablando para siempre para que no sea la muerte la que los venga a silenciar con su poder, con su justicia. Para que no vuelva un general como ese con su doctrina, con su alto mando, con su muerte y su victoria definitiva sobre los desgraciados destinos de los débiles, de los sometidos, de los callados.

Reflexionar para escuchar sus voces, vivir el teatro para que no sigan nunca más callados y le hablen a las nuevas generaciones desde sus tumbas corroídas por el olvido y la fantasía desechable de las producciones cinematográficas. Teatro para vivir y honrar a nuestros antepasados masacrados. Teatro para no morir, para que los vencidos puedan hablar y nosotros entre tanta miseria y banalidad los podamos escuchar.