Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista Social, pedagogo y escritor. Iquique, es una ciudad intrínsicamente cosmopolita. En este espacio geográfico se  han conjugando históricamente muchas nacionalidades y... Tolerancia e integración cultural

Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista Social, pedagogo y escritor.

Iquique, es una ciudad intrínsicamente cosmopolita. En este espacio geográfico se  han conjugando históricamente muchas nacionalidades y culturas. De este natural mestizaje hemos nacido nosotros. Los iquiqueños somos una orgullosa estirpe cuya identidad es producto de una enriquecida mixtura de sangres y colores. Aquí, bajo la protección de nuestros acantilados, se han cobijado a todos los refugiados del mundo, de todas las ideologías y posturas políticas. En este puerto, desde niño, hemos aprendido a anidar sentimientos de tolerancia y solidaridad con aquellos que huyen de la pobreza, y que tienen el noble propósito de trabajar para poder subsistir con dignidad. En todos los tiempos hemos sido proclives a recibir, con escasas reservas, distintas corrientes migratorias que se han integrado a nuestra población sin mayores traumas, aunque no exentos de algunos acontecimientos siniestros, tal como fue la aparición de las Ligas Patrióticas, posterior a la Guerra del Salitre.

Por esta razón, siento vergüenza escuchar brotes de voces extremistas, de mentes afiebradas, que culpan de todos los males sociales y laborales a los trabajadores de países vecinos, que hoy, al igual que en otros momentos, llegan con una historia de miseria, pobreza y desesperación. Se acusa a los habitantes de países con los cuales nos unen profundos lazos afectivos, históricos, culturales y de sangre, de realizar actos que se tipifican como afrentas contra la seguridad, salud física y mental de los iquiqueños, se les señala como verdaderos parias y mafiosos que intentan poner en peligro nuestra soberanía, todo lo cual constituyen afirmaciones merecedoras del más profundo rechazo general.

No podemos estigmatizar a ciertas nacionalidades solamente por el hecho que algunos de sus miembros han delinquido, porque en ese caso caemos en la misma práctica de los grupos racistas y xenófobos que resurgen en los Estados Unidos o en algunos países europeos con respecto a la inmigración de los latinoamericanos, a quienes nos llaman con la expresión despectiva de “sudacas”, como si fuésemos una raza inferior. Cito el ejemplo del supuesto cartel puesto en una vitrina de un negocio en Suecia que decía: “Si ve a un chileno robando, déjelo, es su cultura”. Sin duda, es ofensivo vincular la nacionalidad con el delito. Es vergonzante tener una mala percepción de la gente de un determinado país, a partir de las transgresiones cometidos por el lumpen internacional.

Presumo que este prejuicio está arraigado en nosotros desde el tiempo de la Colonia, cuando se discriminaba al africano y al oriental, porque eran esclavos o al mestizo, porque no era español castizo. Entonces se les relegaban a trabajar en las peores condiciones y a vivir en ambiente de muerte. No eran dignos de ser considerados ciudadanos y debían trabajar en las minas, en las guaneras, en las haciendas, y a vivir condenados por siempre en un ghetto,  donde eran separados y aislados, tal como ocurre en nuestros días con algunos trabajadores haitianos, dominados por clanes mafiosos. Lo cierto es que si pisoteamos la nacionalidad, la perspectiva del otro, en esa situación no tenemos derecho a exigir que se nos respete la nuestra. Este es un principio básico que debe guiar nuestra convivencia con los demás, con los otros y otras, con los distintos a nosotros.

Es bueno recordar que,  la Constitución Política vigente consagra la igualdad de derechos y deberes entre los ciudadanos, con la sola excepción de algunos derechos políticos para los chilenos por nacimiento. Pero más allá del plano jurídico, es necesario destacar que Chile ha sido siempre un país abierto, generoso y hospitalario con el extranjero, y que gracias a ello, hemos recibido el aporte mayoritario de gente laboriosa y creativa, que ha enriquecido nuestro conocimiento, patrimonio y espíritu de trabajo. Pioneros que han creado empresas para beneficio de los chilenos y que se han identificado profundamente con nuestra realidad, a pesar de tantas vicisitudes.

Por eso, con igual motivación, sumo mi voz a quienes agradecen de veras el aporte valioso de tantos ciudadanos de buena fe, de origen extranjero, que han dejado aquí su legado, raíces y su inestimable contribución al engrandecimiento de la comuna y del país.

Ahora bien, frente a esas manifestaciones de intolerancia y prejuicio etnocentrista, que siempre las hay en todas latitudes, debemos inculcar a través de la educación formal e informal, en especial en las nuevas generaciones, los derechos fundamentales de las personas, el pluralismo y la dignidad o respeto inalienable de todas y todos, como fundamento de una convivencia democrática. La integración latinoamericana, inserta en el discurso político, también exige que, en nuestra vida cotidiana, debemos practicarla creando unidad solidaria, comunidad de esfuerzo y sentimiento. Esta integración efectiva, es una virtud que debe extenderse a todos los niveles, desde el Estado hasta cada ciudadano y ciudadana.

En consecuencia, estimo que en esta franja del desierto debemos cultivar el diálogo intercultural, porque es la única manera de vencer la oscuridad, ese miedo tan arcaico del hombre por lo desconocido,  lo no familiar, lo extraño, el extranjero: el enemigo.

Al fin y al cabo, creo que  la tolerancia es la única arma que tenemos para evitar la deshumanización y  la pérdida de los valores. Esa la facultad racional que nos eleva por encima de nuestra propia animalidad y nos confiere dignidad  como seres humanos.

A mi juicio, una cultura de la tolerancia nos permitirá inventar una sociedad abierta, democrática, pluralista y participativa que realice los sueños y la imaginación de los hombres y mujeres con todas sus potencialidades y audacias desde las diferentes perspectivas culturales, de cosmovisión, de ideologías, de sentir y mirar el mundo y la vida.

En suma, tenemos que erigir un paradigma, aunque parezca utópico en estos días, que se funde en los derechos humanos como un proyecto político que permita consolidar en la sociedad la vida como el estado pleno y necesario, para crear un espacio donde impere la integración cultural real, el diálogo social, el entendimiento y la acción orientada hacia la participación igualitaria entre aquellos que nacimos en esta tierra con aquellos que llegaron para ayudarnos a levantar una nueva y mejor vida, pues el futuro no podemos construirlo solos y aislados, por el contrario, únicamente podemos alcanzar nuestros sueños unidos y abrazados en una perspectiva de tolerancia humanista.