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Waldo Aguilar Figueroa/ Sociólogo y teatrista …Si los tiburones fueran personas, los pececillos dejarían de ser, como hasta ahora, todos iguales. Algunos obtendrían cargos... 39 años Teatro Expresión… o Representaciones teatrales: una certeza inexplorada y una esperanza nueva en el corazón

Waldo Aguilar Figueroa/ Sociólogo y teatrista

…Si los tiburones fueran personas, los pececillos dejarían de ser, como hasta ahora, todos iguales. Algunos obtendrían cargos y serían colocados encima de los otros, se permitiría incluso que los mayores se comieran a los más pequeños. Eso sería delicioso para los tiburones, puesto que entonces tendrían a menudo bocados más grandes y apetitosos que engullir. Y los pececillos más importantes, los que tuvieran cargos, se preocuparían de ordenar a los demás. Y así habría maestros, oficiales, ingenieros de construcción, etc. En pocas palabras, si los tiburones fueran personas, en el mar no habría más que cultura.
Bertolt Brecht

En un escenario de incertidumbre siempre es mejor detener el avance y mirarnos al espejo. Ver en nuestros propios ojos el camino para programar la siguiente jugada. El juego de la vida nos arroja a un escenario, a una tribuna. Querámoslo o no, nos toca presentar y representar nuestra esencia en interacción con más jugadores. Si lo que dijo Miguel de Unamuno es correcto, “el hombre más que un animal racional, es un animal sentimental”, en un escenario complejo y lleno de vicisitudes vitales que exigen respuesta; nos vemos motivados a responder no sólo racionalmente, sino y principalmente de manera sentimental.

¿Se imagina el teatro de la vida como el opuesto reflejo de nuestra propia existencia? Mirarnos allí, a la orilla del camino y observar con paciencia las escenas de nuestra comedia, nos seguirá permitiendo involucrarnos amigablemente, reconciliados con nuestras emociones, certezas e incertezas de quienes realmente somos, fuimos y seremos.

Entre el teatro y la vida hay sólo una pared imaginaria frente a la cual nos situamos como espectadores que ven pasar su propia existencia arriba de las tablas. La vida se nos presenta en una infinita gama de posibilidades donde las risas y las lágrimas son efímeras expresiones de alegrías y derrotas inapelables, que quedaron cristalizadas en algún recuerdo, en algún cuadro plástico, un dialogo, una efímera caricatura o show.

Alguien dijo que la muerte está tan segura de su victoria que nos da toda una vida de ventaja, y el teatro nos permite contemplar ese regalo que es la vida, para mirarlo como un objeto lleno de historia y significado, previo la inminente bajada de telón. Un objeto que está allí y somos nosotros mismos, sujetos-objetos, que a esta altura hemos representado una indeterminada fracción de nuestra propia función, de la que no conocemos el final y sólo en el transcurso del argumento cobrará sentido y lectura, bien como experiencia, hazaña o vergüenza.

El escenario es incierto y el espectáculo ya comenzó hace más de media vida. No sabemos si el drama que nos presenta el contexto social y político actual nos permitirá terminar la jornada con una sonrisa y aplausos, o si, por el contrario, se cerrará el telón y luego de la tragedia nos miraremos unos a otros y a nosotros mismos, buscando nuevas posibilidades de representarnos, protagonizando una nueva historia, que sea esta vez un poco más feliz. Acaso lo importante no sea el final, sino el desarrollo de la obra, el continuo planteo y replanteo de nuestra dramaturgia personal, nuestro propio argumento vital.

La contingencia actual se parece más a una bolsa de gatos, un cumpleaño de mono, una fiesta clown donde ríen los payasos protagonistas y el público presente a veces también llora, gobernado por el desconcierto o la desazón confusa de no saber si alegrarnos, entristecernos o actuar con indiferencia frente a la obra. La búsqueda permanente de certezas y esperanzas, nos arroja a la necesaria búsqueda de lealtades que nos ayuden a crecer como individuos colectivos, que intentan influir en el curso de enredos, dimes y diretes desarrollados frente a nuestros ojos, con la intención de allanar el camino para la construcción de confianzas, cuando nos permitan subir a uno de nosotros al escenario y estar seguros que el papel encomendado representará fielmente nuestra visión de la historia.

Pero la fidelidad no es asunto externo. Para definirla recurrimos al “yo histórico”, ese definido por lazos, relaciones y afectos que hemos construido con el pasar de los años que han dejado cicatrices y medallas en nuestro espíritu y nos orientan a actuar con pundonor.

Hoy nos vemos bombardeados por mensajes diversos que reclaman nuestra atención, nos invocan y nos emplazan a seguirlos. Muchas veces los internalizamos, reflexiva o irreflexivamente, guiados siempre por las emociones que nos provocan. He ahí el primer problema serio. ¿Acaso nuestra calidad de seres emocionales nos empuja a percibir la vida sólo como un acto farsesco, lleno de máscaras y música ambiental para reír, llorar o permanecer serenos en la intimidad? Si así fuera, queda la esperanza que, terminada la obra, los actores desciendan del escenario y retiren su maquillaje con esponjas y toallitas húmedas, mientras abrazan a los abuelos, a sus hijos y a los hijos nuestros que los felicitan y se marchan resignados y felices a sus casas.

El teatro no es un televisor lleno de mensajes que nos confunden y de noticias seleccionadas que parcializan nuestra mirada de las cosas. Las imágenes que allí vemos no tienen olor ni sudor. Una distancia enorme nos separa de los actores que allí vemos, a los cuales no les interesan nuestros aplausos, ni podremos presentarles nuestra opinión de la calidad del espectáculo, que se mide a través de números, cifras de rating y volumen de ventas.

El Teatro Expresión de nuestro Iquique es siempre más rico, más enigmático y más sacrificado. Lo demuestran 39 años de historia que se concretan este sábado 27 de octubre de 2018, la misma edad que tengo cuando escribo estas líneas de reconocimiento, felicitación y orgullo por pertenecer a esta compañía, la que junto a su director, maestro y amigo “el profe” Iván Vera-Pinto Soto, la Diseñadora Teatral Jeannette Baeza y mis amigos actores -unidos en un alto grado de compañerismo y confianza -nos ha permitido trabajar con entusiasmo y dedicación extensas jornadas para llevar al público un poco de acción. ¡Que comience la función! ¡La vida y el teatro continúan! ¡La función no ha terminado señores!

Las reflexiones que me deja la vivencia del teatro Expresión son fruto de años de espectador, las veces que asistía a las funciones que me invitaba “el Profe”. Desde que vi la primera obra por allá por el año 2003, no dejé de impresionarme con la puesta en escena y con la temática profundamente reflexiva. De todas, nombraré sólo dos obras trascendentales en mi crecimiento espiritual, de niño pobla a joven ilustrado. Una de ellas es “Luz Negra” que dejó una huella indeleble y orientó mi interpretación de la vida de ahí en adelante: El sueño de la muerte, la vida de dos miserables cuyas cabezas fueron arrancadas de sus cuerpos y en plena plaza pública comienzan a desvariar y memorar, ya sin esperanza, salvación ni sorpresa, el transcurso de sus vidas.

En el escenario de incertidumbre social y política, la decapitación es la más triste certeza de que estaban acabados, y terminan gritando el amor sin ser escuchados ni acogidos por una sociedad que continúa con sus afirmaciones y contradicciones permanentes. La otra, “Muerte Accidental de un Anarquista” nos mostró lo tragicómico de la justicia aplicada a un sospechoso de atentar contra los intereses de una clase dominante, que según la versión oficial de los policías condescendientes con el poder, se habría lanzado por la ventana (esto realmente ocurrió en Milán por allá por el año 1969), luego de aquello un loco visita los cuarteles donde ocurrieron los hechos y se transforma en Juez y Obispo, utilizando la supuesta autoridad que le otorgan tales investiduras, tanto como el temor y nerviosismo de aquellos que se saben culpables, para establecer la verdad hasta lograrla.

El teatro de la vida nos muestra una vez más su auténtica y paradójica fuente de inspiración: en un escenario incierto y competitivo, lleno de mensajes subliminales y algunas leyes absurdas, sólo la locura y el desvarío pueden increíblemente, mostrarnos el camino de la sensatez. ¿A quién de nosotros le tocará representar el papel de loco encomendado por otros locos menos valientes?

El teatro bien nacido, nos ayuda a plantearnos cada vez más y con mayor precisión, preguntas que nos indican cómo resolver, aunque sea de manera momentánea, el enigma de nuestra existencia, pues como nos dijo Augusto Roa: “No es creyendo sino dudando como se puede llegar a la verdad, que siempre muda de forma y condición”. He allí la verdad y la falsedad mudando e intercambiando roles arriba del escenario. He aquí la duda de un hombre que agradece el 39 aniversario del teatro expresión, un teatro para soñar, dudar y desvariar en el interminable trayecto que recorrimos en búsqueda de respuestas que nos permitan volver a nuestra morada eterna, con alguna certeza en la mano y una esperanza nueva en el corazón, como al fin de cada función en estos 39 años de existencia y al comienzo de cada montaje en los indefinidos años que nos quedan de espectáculo y representación.