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Haroldo Quinteros Buqueño/ Profesor Hoy es 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. En este día, en la prensa oral, visual y... Día de la Mujer

Haroldo Quinteros Buqueño/ Profesor

Hoy es 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. En este día, en la prensa oral, visual y escrita abundan los panegíricos y loas a las mujeres, a la que se suman opinólogos del más diverso tipo y, obviamente, muchos de nuestros políticos profesionales. Demasiada hipocresía hay en esto. La verdad es que las mujeres no necesitan tantos piropos en este día ni en ningún otro, sino, simplemente, que el status quo vigente, regido mayoritariamente por hombres, las trate como personas. Vale decir, no se trata de asignarles una categoría superior humana o semi-divina, sino que ellas tengan exactamente y a total cabalidad todas las posibilidades de desarrollo personal de los hombres, cuestión que por siglos y siglos se les sigue negando.

Como sabemos, y como lo han declarado incontables informes de organismos internacionales, en muchos países, incluido el nuestro, la mujer sigue siendo considerada como un ser inferior, como “un hombre incompleto,” como decía San Agustín en el siglo V. Hoy, cuando tantas genuflexiones se hacen ante la figura de la mujer, ella sigue recibiendo en Chile y en la mayor parte del mundo, sobre todo en las clases sociales más humildes, salarios inferiores a los de los hombres, aunque realice la misma labor. Es no es todo. El trabajo de la mujer en el hogar no es considerado un trabajo, de modo que criar a los hijos, alimentar a toda la familia y cuidar el hogar es la nada misma. La verdad es que la cultura vigente, establecida por hombres desde hace siglos, considera “trabajo” sólo aquel que se realiza fuera de la casa, a donde la mayoría de las mujeres no llega. Tras esto, se esconde, simplemente, una gravísima violación de un derecho humano, cual es negar remuneración a una persona que trabaja sin descanso día a día, probablemente más que nadie. El truco de remunerar sólo el trabajo del hombre, que normalmente se realiza fuera del hogar, es la más fraudulenta forma de ahorro y capitalización que tiene el sistema político y económico de Estado.

Por muchos discursos que haya de por medio, las mujeres siguen siendo discriminadas en todas las formas imaginables a partir de su condición. Son objeto de acoso sexual en el trabajo y de abuso verbal y físico en las calles; son las primeras víctimas de la violencia intra-familiar, sin que la gran mayoría de los abusadores sean castigados. Las mujeres siguen marcando segunda prioridad cuando se trata de acceder a un puesto de trabajo, desde las fábricas hasta las universidades y centros científicos de investigación y ni hablar de sus posibilidades de acceder con la debida facilidad a cargos políticos y de poder.

Lo que más llama la atención sobre este día es la ignorancia existente sobre su origen. En general, algunos saben que un 8 de marzo, de algún año, hubo en algún lugar del mundo una especie de protesta protagonizada por mujeres. Es preciso volver a los hechos, y con el mayor detalle posible:

El 8 de marzo de 1908, en Nueva York, Estados Unidos, las obreras de una fábrica textil protagonizaron una jornada de protesta, que tuvo un horrendo fin. Era una fábrica de vestuario, y ellas eran costureras, lavanderas y aplanchadoras. Habían planteado reiteradas veces sus demandas a sus patrones, sin ningún éxito. Sus sueldos eran mucho más bajos que los de los obreros estadounidenses; trabajaban más de 8 horas diarias sin compensación adicional alguna, aunque la jornada de las 8 horas ya era una conquista laboral conseguida por los trabajadores de Estados Unidos y de Europa varias décadas antes. Tampoco se practicaba en esta fábrica la debida mantención de las máquinas, lo que era causa de continuos accidentes. Había también otra demanda: La mayoría de esas obreras eran madres, y ellas pedían la habilitación de una sala cuna y un jardín infantil para sus hijos.

Ante las negativas patronales, desesperadas, salieron a las calles en protesta, y días después declararon la huelga. De pronto, los patrones, y, en general, el sistema político imperante, inquietos por lo que estaba ocurriendo, decidieron aplastar el movimiento de aquellas mujeres. Les dijeron que estaban dispuestos a negociar, y las invitaron a una reunión en el interior del taller mayor de la fábrica. Sospechosamente, no aparecieron los patrones, sino unos representantes suyos, los que, inexplicablemente, venían acompañados de un numeroso piquete policial. Las mujeres fueron las primeras en entrar. Lo hicieron en fila y se ubicaron en asientos dispuestos en el interior. Al ingresar al recinto la última trabajadora, las puertas se cerraron abruptamente, y a los minutos sobrevino un feroz incendio. 129 trabajadoras murieron quemadas vivas o asfixiadas, al no poder escapar.

Muy sugestivamente, ningún policía ni delegado patronal quedó encerrado en la fábrica. Sobrevino el juicio de rigor, y desde un comienzo las declaraciones de los sospechosos de haber causado el incendio fueron contradictorias. Como el cine y la televisión no existían, los hechos no se registraron visualmente, menos aun mientras sucedían, y, por lo tanto, era difícil probar la verdad. No obstante, siempre se supo que todo había sido una monstruosa masacre seguida por un montaje en el que se coludieron patrones, la policía, la prensa, el poder judicial y el poder político. A pesar de todo, se filtraron declaraciones de algunos policías que contaron los hechos. Mientras oficialmente se decía que todo había sido un “lamentable“ accidente, aquellos policías declararon días después que ellos, como asimismo varios de sus colegas, fueron obligados a encerrar a las mujeres “cumpliendo órdenes superiores,“ y que otros tantos recibieron la orden de un oficial superior de iniciar el fuego. El crimen, finalmente, quedó impune.

El conflicto era social y político, puesto que al igual que la masacre de Chicago del 1 de mayo de 1856, que dio origen al Día Internacional de los Trabajadores, se trató de un episodio de confrontación entre capital y trabajo, y en estos casos, como sabemos acá y acullá, los que poseen la fuerza de las armas, las usan, si consideran que la situación es extrema. Desnudada toda la verdad, el horror que causó en el mundo esta masacre fue tal que los patrones debieron ceder a muchas de las demandas de las mujeres trabajadoras, que se alzaban organizadamente en todo el país. El propio gobierno central, algunos años después, decretó, incluso, el sufragio universal.

Por extensión, y rindiendo el más sentido homenaje a nuestra coterránea Elena Caffarena, recordemos que demasiado tiempo después, sólo en 1949, nuestras compatriotas conquistaron el derecho a voto, lo que fue sólo el producto de la lucha que en primera línea libraron la iquiqueña Elena Caffarena, Amanda Labarca, María de la Cruz y otras próceres chilenas de los derechos de la mujer.

La brega por los derechos de nuestras madres, hermanas, esposas, hijas y amigas no ha terminado. La discriminación sexual y el machismo han perdido bastante terreno, como asimismo las posturas retrógradas ultra – conservadoras que se niegan aún a aceptar el divorcio, el control responsable de la maternidad,  y hasta una ley de filiación. Todavía hay muchas fábricas, lugares de trabajo y establecimientos educacionales sin salas-cuna y como promedio nacional las mujeres trabajadoras chilenas ganan un 33% menos que los hombres. La lucha por la conquista definitiva de la igualdad de género no ha terminado, y en ella todo hombre justo y digno debe participar.

Finalmente, no puede dejar de hacer un llamado a las propias mujeres. Por desgracia, muchas de ellas participan directamente en el daño a su dignidad como ser humano. Ello tiene su expresión, por ejemplo, en haber sido transformadas en la sociedad de consumo en objeto sexual de venta y farándula, como los concursos de belleza, exageradas e inútiles manifestaciones de la moda, y ni hablar de la pornografía, suave o explícita, que avientan la televisión y la prensa gráfica. Es esto lo que conduce a muchas mujeres, desde la infancia, a  a la convicción que es sólo su apariencia física, y nada más, lo que les permitiría abrirse paso en la vida.  Como bien decía Pamela Jiles, la mujer no debe aceptar ser transformada en objeto de mercado, algo así como (sic) “una muñeca inflable.”