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Iván Vera-Pinto Soto /Cientista Social, Pedagogo y Escritor La memoria es el relato que construimos sobre nuestra propia historia. Sin ella sería imposible comprender... 21 de diciembre de 1907: Memoria y muerte

Iván Vera-Pinto Soto /Cientista Social, Pedagogo y Escritor

La memoria es el relato que construimos sobre nuestra propia historia. Sin ella sería imposible comprender el presente y construir proyectos de futuro como ciudadanos y comunidades. Afortunadamente, el temor a recordar como una contingencia de división y tensión social se ha ido, poco a poco, desvaneciendo desde el retorno a la democracia en el país, y con ello ha revivido la necesidad de reconstruir la historia escamoteada por las letras oficiales con sus tonos claros y oscuros. De manera paulatina, se ha ido afianzando el derecho y el deber de labrar el relato histórico con múltiples voces y miradas.

Hoy es por todos conocidas las causas y las funestas consecuencias que provocaron en el movimiento obrero las agudas contradicciones que existieron en Chile entre la oligarquía y el proletariado, las que tuvieron su eclosión en la masacre de la Escuela Santa María de Iquique. El hecho es que a partir del genocidio de los obreros ocurrido el 21 de diciembre de 1907, no pocos artistas, intelectuales y trabajadores en general han testimoniado con sus trabajos escriturales, creaciones artísticas, homenajes y actos ritualistas a los héroes anónimos que ofrendaron sus vidas en la Escuela Santa María de Iquique.

Este afán de hacer memoria, de no olvidar y de construir de manera simbólica y ritualista surge poco después de la masacre, por iniciativa tanto de los anarquistas como de los socialistas de la época, mediante la organización de actos públicos, presentaciones de dramas, manifestaciones culturales, artículos de prensa, discursos, conferencias, veladas, romerías fúnebres, etc. El Diario El Tarapacá (21-12-1911) señala: “hoy es el cuarto aniversario de los luctuosos sucesos de que fue teatro la plaza Montt en año 1907. La huelga obrera que se declaró a principios de diciembre, tuvo su fin el 21 del mismo en forma tristísimo, que apena el clima. Los restos de los que cayeron en aquel nefasto día, descansan hoy en un mausoleo levantado con el óbolo de los trabajadores que sobrevivieron” Fue precisamente en el cementerio No 2 donde se levantaría un recordatorio.

En efecto, en ese período sufrido y estoico para los trabajadores, el 21 de diciembre fue la fecha más significativa de las conmemoraciones del movimiento obrero local, por supuesto después del 1ª de Mayo. El propósito era claro: orientar a los obreros hacia un proyecto de nueva sociedad (libertaria o socialista), y construir identidad de clase, condenando, al mismo tiempo, a la burguesía dominante y a sus fuerzas represoras (Ejército). En el fondo, el sacrificio obrero se tomó como lección para que no se volviera a repetir las mismas experiencias amargas y para transformar la derrota en victoria. En efecto, su inmolación, idealizó la pasión sacrifical, “purifica” su brutalidad y ve en ella una prueba de unidad, de esperanza y de una comprensión más profunda, pues transmuta la voluntad del colectivo. Esto puede ayudar a explicar que la muerte para el trabajador – sin proponérselo de manera juiciosa – no simbolizó el final sino el comienzo de una nueva historia de lucha, por tanto el cuerpo que vivía antes dominado por el sistema capitalista, ya no tenía mayor valoración, puesto que por su carácter temporal éste dejó de ser la  vida  real  y  es  el  pensamiento  libre  o  consciencia  que  se  sobrepuso  a  la dominación social y a la misma muerte.

Tal vez no  es  antojadizo  aseverar  que  una  vez ocurrida la matanza, es el sentimiento libertario que abrazó el obrero el que conquistó la verdad, enfrentando  al sistema capitalista e irradiando una fuerza sorprendente (la lucha mancomunada) que evita que la vieja sociedad destruya el sentimiento de esperanza y permita reanudar con más fuerza el camino hacia una nueva realidad, aunque ellos no la alcancen ver. En consecuencia, la muerte heroica le permitió transformarse en un personaje histórico e inmortal. Tal inmortalidad representa una manera de afirmación como clase social más allá de la muerte y como una negación del carácter definitivo de ésta. A su vez, dicha categoría conduce al nacimiento del mito o modelo que adoptará la impronta de “héroe”, en este caso del pueblo. Esta mitificación del obrero asesinado, como fuente de significación simbólica, se convierte posteriormente en un elemento primordial en la historia del movimiento obrero nacional, pues permite transmutar la derrota en un factor de victoria futura.

Lastimosamente, como una maldición, la tragedia teñida de sangre y fuego se reiteró una y otra vez en la pampa nortina y a lo largo del territorio, pues la burguesía  jamás se interesó en responder a las causas justas, ya que su principal preocupación estuvo centrada en la acumulación del capital y en eternizar un modelo tutelado por la sombra de la muerte, la que se extendía  por todo el desierto, se filtraba en los campamentos mineros y se incrustaba en el espíritu del trabajador. No era extraño que durante ese período la muerte accidental, el tiro a mansalva y la represión patronal constituyeran algunas de las amenazas directas que acechaban la  vida  de  los  trabajadores. Se puede discurrir que la muerte residía en el campamento minero y condicionaba directamente la vida, el modo de pensar y de sentir del obrero.

Ahora bien, pese a los 110 años transcurridos, los iquiqueños sabemos que antes de las fiestas de Navidad y Año Nuevo, hay un momento de reflexión y luto postergado. Un día para no olvidar, para recordar a los trabajadores mártires. Es por ese motivo que cuando participamos u organizamos estos actos conmemorativos, lo que estamos haciendo es memoria y en ese retorno están los afectos y las nostalgias contradictorias ante un lugar abominable y entrañable a la vez. Con todo, la comunidad puede no necesitar el lugar físico para continuar con su fraternidad; pero sí necesita anclar la memoria colectiva en una representación simbólica que trascienda a la comunidad particular y la intimidad de los trabajadores asesinados en ese espacio.

Todos y todas quienes han programado actos espontáneos u organizados para esta fecha, estimo que derechamente están contribuyendo a mantener la memoria de los trabajadores del salitre más viva que nunca y a preservar la cultura obrera.

Por las razones expuestas, instamos a nuestra la comunidad y a las autoridades locales y regionales a bogar para que el 21 de diciembre se convierta oficialmente en el “Día del Héroe Pampino”, del pueblo trabajador chileno. Por lo demás, decididamente, debemos sumarnos en la campaña de transformar la Escuela Santa María en un espacio con valor patrimonial en sí mismo que pueda albergar un “Museo de la Memoria” con el propósito que las nuevas generaciones aprendan valorar el sacrificio de los trabajadores pampinos, sus luchas y utopías.