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Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista Social, Pedagogo, Teatrista y Escritor Un punto de inflexión en los 38 años de vida artística del Teatro Expresión fue el... Margarita, el remolino de la pampa y sus anécdotas

Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista Social, Pedagogo, Teatrista y Escritor

Un punto de inflexión en los 38 años de vida artística del Teatro Expresión fue el arribo desde Venezuela de Guillermo “Willie” Zegarra en el año 1982; un artista extraordinario que llegó con rapidez a granjearse el cariño tanto de sus pares, como todos aquellos que lo conocieron; convirtiéndose en un sin igual mito urbano. Don “Willie”, como lo llamábamos cariñosamente, había sido, en los primeros decenios del siglo pasado, un personaje de fuste mayor en el del teatro social obrero.

De la semblanza de Zegarra podríamos escribir un libro muy sustancioso, pero por ahora me limitaré a dar una referencia anecdótica dentro del tiempo que nos atañe. Para ser exacto, todo ocurrió una tarde de abril cuando este legendario personaje se presentó en mi oficina. Apenas lo divisé me llamó la atención su estampa: era un hombre mayor, de sonrisa ancha, cabello cano, ojos pequeños y vivaces; tenía un aparato ortopédico en su pierna derecha, con el fin de ayudarlo a caminar. Con tono seguro y amable, me contó que había escuchado por la radio la invitación pública que hacíamos para formar parte del equipo.

En seguida, me relató, con lujo de detalles, sus andanzas artísticas por más de una hora. Realmente los pormenores que describió me resultaron atractivos, mágicos, cargados de episodios sabrosos; en ellos se mezclaban su sabiduría artística y, a la vez, humana. – Mire, usted, regresé a Iquique porque ya estaba cansado de vivir en un departamento encerrado en Caracas… Verá, yo no soy un animal sedentario, al revés, por naturaleza me considero un “pateperro”, un artista libre…Claro está que no me quejo de las atenciones que recibí de mis familiares. Ellos me quieren mucho…- Reflexionó con un dejo de emoción. Años después, me enteré que había marchado a tierras extranjeras siguiendo a su amada con la que sostuvo una relación de veinte años, hasta el momento que falleció de un ataque cardiaco. “Iba tras mis sentimientos y de mis palabras”, confesó en un periódico local.

Después de contarme otras peripecias, concluyó con seguridad y sin aspaviento: “Sabe, creo que todavía tengo mucho “carrete” por delante… Me siento capacitado para enseñar muchas cosas del teatro a los muchachos jóvenes que se inician en este arte”.

Una vez que escuché sus comentarios, le expliqué lo que nos proponíamos lograr a mediano y largo plazo. Con absoluta sinceridad le afirmé que no contábamos con fondos para hacer nuestras producciones y que estaba muy lejos el día que pudiéramos contratar a un personal profesional. Él, sin mediar ninguna solicitud de mi parte, ofreció, generosamente, sus servicios para hacer la escenografía de “La Zapatera” en el hogar de unos amigos donde hospedaba por esa fecha. – Este señor me cayó del cielo. – Mascullé con agrado. Sin especular demasiado, acepté su propuesta. A la mañana siguiente ambos nos dirigimos a una barraca que tenía la Unidad de Operaciones y, con la ayuda de los artesanos, conseguimos unas tablas y unos retazos de cholguán, material básico que nos permitió inventar el interior de una casa, con ventanas y puertas de medio punto.

Con una sonrisa en sus labios, me aseguró de que en un par de semanas estaría listo el trabajo; de igual modo, se comprometió a elaborar las utilerías de los personajes. Dicho y hecho, en el tiempo previsto cumplió con creces, demostrando creatividad y prolijidad en los detalles. Desde ese instante su aporte fue sostenido, valioso e indispensable.

El año 1983 el elenco universitario decidió rendirle un homenaje por su valiosa y dilatada carrera artística en la escena regional. Sin más tardanza, se articuló el montaje del sainete de su autoría, “Margarita, el remolino de la pampa”, escrita en 1982 con motivo de la “Semana del Salitre”.

La pieza cómica y costumbrista trataba de manera anecdótica las aventuras y desventuras de una familia asentada en la pampa tarapaqueña, así como otras que llegaron en el comienzo del siglo XX, en pleno auge de la explotación salitrera en el norte chileno.

La obra cumplió una notoria temporada en el aula universitaria, sustentada por un cuerpo de actores con oficio en este estilo costumbrista nortino. Al año siguiente (1984), en el mes de noviembre, se formalizó una gira a Santiago, presentándose en los Centros Culturales del Banco del Estado y de la Comuna de la Reina. Y, como corolario, el 16 de noviembre estuvo presente en gala de la Semana Pampina, desarrollada en el principal escenario de la Iquique, a sala llena.

El caso fue que en el mes de julio de 1984 el recién asumido Rector René Piantini, por solicitud del Jefe del Área de Cultura, Mario Berríos, determinó que nuestro teatro hiciera una gira a Santiago. Esa fue la oportunidad propicia para que proyectáramos más allá de nuestras fronteras institucionales esta obra de raigambre regional.

Antes de iniciar el viaje concertamos en hacer una función en casa para poner en rodaje el trabajo. Pues bien, con la finalidad de darle el visto bueno al espectáculo, de acuerdo con la norma establecida por la autoridad superior, Mario Berríos concurrió a ese ensayo general. Al terminar la práctica, el funcionario, hombre cauto y con criterio artístico, me llamó lejos de los actores y me comentó: – Iván, tenemos un problema – Su voz develaba preocupación. Yo me quedé boquiabierta. No entendía cuál era el conflicto, pues el argumento era cándido y costumbrista. No tenía nada de político.

– ¿Cuál es el inconveniente? – Interrogué. – ¿Te diste cuenta qué dice el personaje Anselmo? – Me interpeló. – ¿De qué hablas? – Respondí, confundido. – Escucha, dice: “¿René?… El nombre que te pusieron… ¡Eso es un nombre para “marica”!  – ¿Y qué hay de malo en eso? – Consulté. – Aquí está el problema, pues el Rector se llama René. – Explicó. – ¡Ah, no! – Alcancé a exclamar. Con el riesgo que la obra no pudiese exhibirse, decidimos, con la venia del autor, cambiar la identidad del protagonista, por lo menos para esa función que asistió la autoridad. Claro que, con posterioridad, seguimos respetando el texto original.

Suma y sigue, encontrándonos en el Centro Cultural del Banco del Estado, el mismo Berríos me cuenta que se habían cursado invitaciones a diferentes personalidades del mundo artístico, entre ellos al maestro Fernando Cuadra, quien, por lo demás, había confirmado su asistencia. Lo mismo se había hecho con actores profesionales de la escena capitalina. Asiento que el anuncio me intranquilizó, ya que, como es natural, pensé que esa función iba a concluir en una evaluación. En otro orden, tenía la percepción que el sainete era muy sencillo, antiguo y alejado de las nuevas tendencias que prevalecían en el medio santiaguino. – Bueno, este nuestro teatro y tenemos que salir a la escena con dignidad – Me animé al final.

Empero, al bajar el telón mis vacilaciones, “por arte de magia”, se disiparon, pues un nutrido y afectivo aplauso se sintió en la sala. Para mi extrañeza, la gente estaba de pie ovacionando a los actores. Al rato después, se acercó sonriente Fernando Cuadra. Sus felicitaciones se multiplicaron para todos los actores; su gesto “me devolvió el alma al cuerpo”. Pero eso no fue todo. A continuación, otros profesionales expresaron sus elogios. –Nos han traído un bálsamo de alegría, frescura y naturalidad. Han revivido con verdad teatral un estilo que pensábamos ya había perecido – Definió un actor. – ¡Qué maravilla de actuación la del señor Zegarra! Es un actor de mucha fuerza interpretativa; natural y emotiva. – Completó otro.

Cuando quedamos solos, en la intimidad del camerino, recién pudimos aquilatar el valor histórico y social que tenía el sainete, el que a veces se observa con cierto desdén, tipificándolo de un género menor. De ahí en adelante, nuestra actitud cambió de manera radical. Aprendimos a volcar nuestros afectos al antiguo teatro salitrero, usualmente, “invisibilizado” en la historia académica del teatro chileno.

A la luz de la relectura de la obra, creo que el sainete, una de las manifestaciones teatrales muy demandadas por las clases populares del siglo pasado, pero, menoscabada por el ojo crítico actual, constituye un canon ingenioso, lucido y crítico de cualquier realidad social, que debiera ser reivindicado, pues representa el espíritu de la antigua escena popular y festiva de nuestro pueblo.