Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista Social, Pedagogo y Escritor La historia oficial que se enseña en los colegios no siempre incorpora los episodios luctuosos vividos en... La masacre de la  Oficina Coruña

Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista Social, Pedagogo y Escritor

La historia oficial que se enseña en los colegios no siempre incorpora los episodios luctuosos vividos en el país y, en especial los de nuestra región tarapaqueña. Por lo demás, penosamente, nuestra memoria tiende a fallar cuando nos conviene, olvidando a quienes se inmolaron por sus reivindicaciones, sueños y utopías, como es el caso de la oficina salitrera Coruña.

Para situarnos en el contexto, cabe aclarar que en la segunda década del siglo pasado, a consecuencia de la crisis del salitre que se vive, los empresarios deciden cerrar alrededor de sesenta salitreras en Tarapacá y a expulsar a los obreros y sus familias hacia el sur del país. Esta amarga coyuntura obliga a los pampinos a movilizarse en torno a antiguas y justas aspiraciones: reconocimiento de los derechos sindicales, implantación de Ley Seca, jornada laboral de ocho horas, reemplazo de las “fichas” y “vales” para la “pulpería” por dinero, aumento salarial, nacionalización de las oficinas salitreras, abolición de la Asociación de Productores de Salitre, peso correcto de los sacos salitreros, nacionalización del ramal de Iquique a Pintados, perteneciente al ferrocarril longitudinal, entre otras demandas. Ante la intransigencia empresarial, las movilizaciones sociales y huelgas del proletariado nortino desembocan en un paro general que se prolonga por una semana en todas las oficinas y campamentos salitreros de la provincia de Tarapacá.

Presionados por estas acciones, los administradores de dichas compañías solicitaron una tregua para consultar a las gerencias centrales en Inglaterra y Estados Unidos, la posibilidad de acceder a dicho petitorio. Los obreros confiados que en sus promesas aceptaron hacer una pausa, sin embargo los patrones aprovecharon el tiempo para exigir a las autoridades de turno garantías que les permitiera resguardar sus intereses. Como era de suponer, el gobierno de Arturo Alessandri, pese a su discurso populista, los apoyó sin reparo y otorgó “carta blanca” para que las fuerzas militares sofocaran el levantamiento obrero, utilizando la fuerza más despiadada.

De hecho, las provincias de Tarapacá y Antofagasta fueron declaradas en estado de sitio y se designó como jefe de plaza al general De La Guarda. De inmediato, se allanaron los domicilios de los dirigentes obreros y, una vez detenidos, son embarcados a rumbo desconocido. Las listas negras en las oficinas circularon con rapidez y muchos líderes desaparecen de la escena, sin dejar ningún rastro de sus paraderos. Se clausuran los diarios “El Despertar de los Trabajadores” y “El Surco”. De este modo, la “guerra sucia” había comenzado a tejerse secretamente.  Ante tales arbitrariedades, los trabajadores responden con un paro de veinticuatro horas.

A esa altura del conflicto, el ejecutivo, a través de su Ministro de Guerra Carlos Ibáñez del Campo, decidió reprimir al movimiento con toda la furia oligárquica. El general De La Guarda movilizó sus tropas de infantería y artillería, también se despacharon refuerzos desde el sur del país. Así, en la pampa, quedaron enfrentados cara a cara un ejército bien armado contra una masa de obreros que su única arma era la “conciencia de clase” que había alcanzado a fuerza de injusticia y dolor.

En la madrugada del 4 de junio de 1925, las autoridades de Tarapacá se enteraron alarmadas de lo acaecido el día anterior en el poblado de Alto San Antonio, ubicado al interior de Iquique, en plena pampa salitrera, cuando un grupo de policías había intentado interrumpir la asamblea de la Federación Obrera de Chile (FOCH), encontrándose con una sorpresiva resistencia por parte de los trabajadores, quienes dispararon contra los efectivos dando muerte a dos de ellos. Ese mismo día el puerto de Iquique amaneció paralizado. Estaban en huelga los obreros marítimos, ferroviarios y conductores de carretas. También le siguieron los operarios de las ciento veinticuatro salitreras.

Era el preludio de una masiva insurrección que estremeció a la pampa tarapaqueña y que tuvo como escenario Coruña. En ese ambiente de agitación, movilizaciones  y tensión, los pampinos, bajo la conducción del dirigente anarquista Carlos Garrido, se apropiaron de las instalaciones del lugar, especialmente de la administración, el polvorín y la “pulpería”, encontrando en esta última dependencia la oposición armada del administrador, quien fue ultimado. De forma inmediata, se procedió a distribuir los víveres entre los habitantes del sector y a preparar la resistencia en el caso que fuesen reprimidos. Por vez primera los intereses salitreros ingleses habían sido golpeados en su corazón y bolsillo.

El Intendente de Iquique, Recaredo Amengual, comunicó Carlos Ibáñez del Campo, que “en la pampa había estallado la revolución soviética”. Alarmados por las posibles consecuencia que aquello traería para el poder burgués, se le da la orden al comandante Acacio Rodríguez a marchar con la tropa a Alto San Antonio. Fue así que en la tarde del 5 de junio toda la zona estaba cercada por los numerosos regimientos de infantería, caballería, artillería y marinos. Una vez apostada la milicia en el campamento Pontevedra (ubicada a 5 kilómetros), el regimiento Salvo procedió a bombardear durante más de una hora a los obreros atrincherados, los cuales respondieron con “dinamitazos”. Posteriormente, las metrallas del regimiento Lynch, la infantería del Carampangue y la caballería del Granaderos se encargaron de sepultar el alzamiento de Coruña.

Al día siguiente, frente a las tumbas cavadas en el desierto, siguió el macabro “palomeo” con todos los sobrevivientes y los prisioneros. Al respecto, el dirigente obrero Elías Lafertte da cuenta: “Un par de miles de sus compañeros yacían en fosas comunes, en plena pampa ardiente. El pique de San Antonio, un pique abandonado que se hallaba detrás de la iglesia había sido rellenado con cadáveres de pampinos”. Los pocos que quedaron con vida fueron apresados, relegados y torturados en los regimientos y barcos de la armada. Aunque es difícil precisar cuántas fueron las víctimas, Julio César Jobet sostiene que “… los que estuvieron en aquella zona y conocieron las peripecias de este drama, afirman que fueron masacrados 1.900 obreros; pero otros testigos oculares estiman en más de 3.000 el número de víctimas”.

Al final de la jornada, la represión contra los pampinos se convirtió en una señal de advertencia del gobierno Alessandrista para el movimiento obrero en el resto del país, pues los cambios sociales que propugnaba no implicaban que se toleraría o se sería benevolente ante una explosión de demandas sociales. Así y todo, Coruña se transformó en el último genocidio del orden oligárquico-parlamentario y en el primero del naciente populismo, orientando, a su vez, a la fórmula Partido Comunista-FOCH a una etapa distinta, en donde las definiciones políticas e ideológicas comenzarían a primar mucho más de lo que pesaban en 1925, lo que marcaría un progresivo distanciamiento de sus praxis “economicistas” de lucha.

Para nuestro infortunio, esta matanza no fue la única ni la última que enlutó al movimiento obrero, la historia nos documenta de otras páginas de violencia política de Estado que cíclicamente han marcado nuestra conciencia nacional y que aún dejan cicatrices abiertas en muchos compatriotas, pues en ellos se mantienen latente el sentimiento de no haber recibido la justicia y la reparación que merecen.

Con todo, hay que poner en relieve que esta insurrección no sólo marca un paso más de una lucha reivindicativa, sino también hay que interpretarlo como un embrionario movimiento político revolucionario, puesto que esos hombres y mujeres se alzaron y enfrentaron al capital británico y a las fuerzas militares, con la firme convicción de lograr un nuevo paradigma de sociedad para todos los pobres de esta parte de la tierra: más justo, igualitario, democrático, popular y socialista.