Edición Cero

Haroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación Manuel Contreras fue el jefe máximo de la DINA, el organismo represor de la dictadura, del cual,... Contreras

HAROLDO QUINTEROSHaroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación

Manuel Contreras fue el jefe máximo de la DINA, el organismo represor de la dictadura, del cual, dentro y fuera del país, ya se conocen de manera indiscutida sus horribles crímenes. Hoy muerto, conspicuos voceros de Nueva Mayoría (NM) lo tildan como “el asesino mayor de la historia de Chile,” y la derecha se apresura a calificarlo más o menos igual, haciendo, además, teatrales declaraciones sobre su rechazo, por principio,  a las violaciones de los Derechos Humanos (DD HH ).

Nadie que tenga una pizca de espíritu crítico podría digerir así no más estos cuentos. De partida, es imposible creer que la derecha gobernante en dictadura no sabía lo que ocurría en materia de violaciones a los DD HH. ¿Por qué, si los defiende tanto, no abrió entonces la boca? En cuanto a los dichos de ciertos corifeos de NM, éstos  hablan del finado como si sus crímenes se redujeran a un personal problema de maldad suya y nada más. Falso, porque Contreras no surgió de la nada.

Es un producto de quien lo creó: la cultura militar chilena, pro-conservadora hasta los tuétanos, surgida tras la derrota del Ejército organizado por don Bernardo O’Higgins en Lircay, en 1830, por uno contra-revolucionario, organizado y apertrechado por la aristocracia criolla, que así reconquistaba su dominio sobre la economía nacional. Lircay truncó el anhelo patriota de alzar en Chile una república moderna, justa e igualitaria, y, a su vez, dio comienzo a la República Conservadora, la que se ha prolongado hasta hoy. La inicial fisonomía popular y nacional del Ejército chileno cambió.

Se hicieron carne en él dos ideologías: Primero, la de la obediencia absoluta a los superiores, sin derecho a evaluar, bajo juramento, si esos superiores son leales a su único superior, el poder civil encarnado por el Presidente de la República.  Segundo, la del “enemigo interno;”  es decir, la de aplastar manu militari a los chilenos que no aceptan el orden político y económico existente, cuestión que los iquiqueños sabemos mejor que nadie, sólo para empezar, con la matanza de la escuela Santa María.

Sin embargo, con los años, surgieron líderes civiles cuyo ideario era defender el patrimonio nacional y alcanzar la independencia económica, como Balmaceda y Allende. Como sabemos, fueron ambos asesinados y masacrados sus partidarios. Contreras, entonces, es, simplemente, un patético sub-producto de esa cultura militar. Como tal, tuvo en 1973 su ansiada oportunidad de descargar sus odios de infancia y juventud contra alguien, quien fuera; en su caso, contra “el enemigo interno.”

Estaban todas las condiciones para ello: No había Estado de Derecho ni prensa libre; el Poder Judicial era cómplice de la dictadura, la gobernante derecha política se hacía la desentendida mientras se sucedían las atrocidades de la DINA, y, además,  en el país reinaba el miedo. Lo único que sabía Contreras era que cada día debía levantarse temprano e ir a desayunar con su jefe, el Dictador, para recibir de él instrucciones.

En suma, aun siendo un asesino de marca mayor, centrar la responsabilidad de los crímenes de la dictadura sólo en él, un ser alienado, resentido e ignorante, es una vulgar falacia cuyo fin es que olvidemos que la Concertación y la derecha, en pleno acuerdo, salvaron de la Justicia Internacional al sicario mayor, Pinochet, quien le daba a Contreras las órdenes de matar.

Es hora que el gobierno exija a los militares limpiar su honor levantando los nefastos “pactos de silencio”  (delito manifiesto de obstrucción a la Justicia) en materia de DD HH, que se repare dignamente a las víctimas de la dictadura, y lo más importante, que se refunde en Chile una educación y cultura militar acordes con una verdadera democracia; es decir, un Ejército educado en el respeto a los DD HH, políticamente neutral y, por ello, de todos y cada uno de los chilenos.