Edición Cero

Haroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación En 1973, el gran argumento de los sectores golpistas que consiguieron el derrocamiento del gobierno de Salvador... Chile y Venezuela

haroldo quinterosHaroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación

En 1973, el gran argumento de los sectores golpistas que consiguieron el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende -sectores encabezados políticamente por la derecha y la dirigencia mayor de la DC- era éste: Allende pretendía cambiar el país no teniendo la mayoría para hacerlo. Veamos: En las elecciones presidenciales de 1970, Allende obtuvo más de un tercio de los votos, y con esa mayoría relativa fue elegido legalmente por el Parlamento. Recuérdese que excepto Carlos Ibáñez, en 1952, ningún candidato presidencial ganador había obtenido mayoría absoluta en el siglo pasado como para ocupar automáticamente el sillón presidencial, y con arreglo a la ley -ya como tradición-  era elegido por el Congreso, aun con mayoría relativa.

En las elecciones municipales de 1971, la coalición de su gobierno, la Unidad Popular, superó el 50%, y en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, obtuvo el 44%. Como sabemos, en toda democracia los gobiernos se someten al juicio ciudadano en elecciones que se realizan en el transcurso de su mandato. La más importante es la elección del Parlamento, porque según su resultado la oposición puede poner fin al gobierno,  pero… siempre que alcance los dos tercios de la votación.

No puede ser por menos, porque se entiende que la oposición debe aceptar que el gobierno elegido complete su programa dentro del lapso asignado por la Ley, y, además, si pierde las elecciones parlamentarias, también puede recuperarse y volver a ganar las presidenciales siguientes. Este es el juego democrático universal, lo que explica por qué el golpe de estado de 1973 fue repudiado en todo el mundo,  además por la feroz y sangrienta dictadura que advino con él.

En suma, la oposición no consiguió los dos tercios en el Parlamento para destituir legalmente a Allende;  por el contrario, en toda la historia del Chile del siglo XX ninguno de los gobiernos había llegado a una adhesión popular del 44% en la mitad de su período, y a nadie se le habría ocurrido derrocarlos. Además, en 1976, habría elecciones presidenciales, y la coalición derecha-DC podía ganarlas y revertir las transformaciones hechas por Allende. Sin embargo, la derecha eligió el golpe.

Para la creación del clima social que lo justificara contaba con el apoyo de sectores claves en la economía diaria de consumo, como camioneros y parte del comercio; más, sobre todo, con el abierto respaldo del gobierno estadounidense y sus agencias, abiertas y secretas. No fue difícil, entonces, declarar la guerra del desabastecimiento y del mercado negro, aunque la producción industrial y agrícola no había bajado, lo que explica por qué a sólo horas del golpe, los productos repletaban las estanterías de las tiendas. Está ampliamente probada la participación directa estadounidense en el derrocamiento de Allende.

La propia CIA se ha encargado de revelarlo en una inmensa cantidad de documentos desclasificados que refieren la planificación y ejecución de atentados terroristas, financiamiento de la prensa opositora y de las huelgas de los dueños de camiones, del cobre, etc. La razón, ¡o sancta simplicitas!  es clara. Con su 44%, el gobierno de Allende podía recuperarse y ganar las elecciones presidenciales de 1976. Además, para todo el mundo  Allende había obtenido una victoria, porque ese 44% se había conseguido cuando más arreciaba la ofensiva opositora, tanto nacional como desde Estados Unidos. Para el imperio norteamericano, el riesgo era demasiado grande.

El Chile socialista de Allende ya era un ejemplo internacional de anti-imperialismo y de un nuevo orden interno social y económico dentro del orden democrático. Hoy, ese ejemplo vuelve redivivo en varios países latinoamericanos, especialmente en Venezuela, donde se está repitiendo la historia chilena, aunque, claro, con una crucial diferencia: allí las Fuerzas Armadas son fieles al orden constitucional (Continuará).