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Haroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación “La mujer del César no sólo debe ser honrada;  sino, además, parecerlo.”  Estas palabras, pronunciadas por el... La mujer del César….

haroldo qHaroldo Quinteros BugueñoProfesor universitario. Doctor en Educación

“La mujer del César no sólo debe ser honrada;  sino, además, parecerlo.”  Estas palabras, pronunciadas por el estadista romano Julio César son las que universalmente reflejan la necesidad de defender a toda prueba y costo la buena imagen y dignidad de quien ejerce un cargo político. Su imagen de rectitud y probidad es el más acerado escudo contra adversarios que bien pueden recurrir a cualesquiera expedientes para hacer añicos su figura. Se recordará la anécdota: César, en el año 62 a. C., fue elegido Pontifex Maximus, un cargo de Estado entre religioso y político. Una de sus tareas, era precisamente velar por la moral pública.

En el oficio religioso llamado Bona Dea (Buena Diosa), celebrado cada diciembre, debían participar sólo mujeres, y de ellas, dos tipos,  jóvenes vírgenes de Roma y las esposas de los dignatarios superiores del Estado. Con el evidente ánimo de perjudicar a César en su ascendente carrera política, un enemigo suyo, Publio Clodio Pulcro, se escabulló disfrazado de mujer en el templo en que se celebraba el rito, e hizo tocaciones obscenas a Pompeya Sila, la esposa de César. El sacrilegio fue un escándalo, y aunque César sabía que su mujer era inocente, lo que declaró públicamente, se divorció de ella.

Este ejemplo de cuidado de imagen pública -llevado, por supuesto, al extremo- ha sido seguido por siglos, de una u otra forma, por políticos y estadistas de todos los colores, en circunstancias diversas. Por ejemplo, cuando la actual Reina de Holanda iba a casarse, poco después de asumir el reinado, estalló un notición que conmovió al mundo. La reina era hija de un noble que había trabajado -desde luego, por la fuerza- para los alemanes durante la ocupación nazi. El parlamento holandés exigió a la joven reina una declaración pública en que dejaba en claro que ella no tenía nada que ver con los actos de su progenitor, y, además se prohibió a su padre asistir a la boda.

Aunque suene a dureza, eso es un ejemplo de ética pública. ¿A qué viene todo esto?, dirán ustedes. Pues, a que en Chile la imagen pública de los estadistas y funcionarios de Estado no se toma en cuenta para nada. Recuérdense los bochornosos espionajes telefónicos protagonizados por Evelyn Matthei y Piñera, o las oscuras andanzas de éste en el Banco de Talca. ¿Y ahora? Michelle Bachelet demoró semanas en recusar la nominación a ministro de un  acosador sexual cuya culpabilidad fue acreditada por la justicia. ¡Y Bachelet fue nada menos que la jefa de ONU-Mujer, la entidad suprema mundial que vela por los derechos y dignidad de las mujeres!

Otra vacilación ocurrió con un nominado que tenía a su haber una serie de cargos económicos totalmente probados, y en Iquique, asumirá como intendente una persona que bien puede ser inocente de los cargos de falta a la probidad pública que se le han hecho, pero ocurre la “pequeña” circunstancia que eso aún no se prueba. Para rematar, acaba de ser confirmada como futura subsecretaria de Defensa una mujer cuyo padre fue, probadamente, un torturador y abusador de mujeres (puede leerse violador) detenidas en plena dictadura.

¿Por qué no se le exigió, aunque ella sea inocente, que actuara como la reina de Holanda? Mal, muy mal en la forma en que comenzará en unos días el nuevo gobierno. Por su bien, y por la confianza y respeto que la buena imagen que los funcionarios de gobierno siempre infunden en el pueblo, es de esperar que pronto empiece a preocuparse de tenerla en cuenta.