Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto / Antropólogo Social, Magíster en Educación y Dramaturgo Aunque los temas culturales escasamente copan las portadas de los periódicos  locales ni cuentan... ¿Qué ocurre con la cultura en Iquique? A propósito de los 40 años de la muerte de Neruda

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Aunque los temas culturales escasamente copan las portadas de los periódicos  locales ni cuentan con espacios exclusivos en los medios de comunicación social, preferentemente porque no son rentables para el consumo mercantil de nuestro contexto regional, sin embargo, siempre están generando un pequeño “ruido” en los oídos de los interesados y de la audiencia informada.

En estas líneas hablaremos de algunas actividades que al autor ha sido testigo presencial o le han merecido su atención. Partamos preguntándonos ¿qué pasó en septiembre en este ámbito?  Es innegable que una fecha clave fue el día 23 de septiembre con la conmemoración de los cuarenta años de la muerte de Pablo Neruda. Bueno, supimos por algunos medios televisivos que  el ministro de Cultura, Roberto Ampuero, tomó esa fecha un trolebús en Valparaíso y, acompañado del poeta y cuentacuentos porteño Eduardo Serey, recorrió la ciudad leyendo textos del premio Nobel. La iniciativa del Consejo de la Cultura tuvo una buena acogida entre los niños, jóvenes y adultos a quienes les tocó compartir el trayecto con la autoridad. Además, piezas gráficas plasmadas en los costados de estos tradicionales medios de transporte y la leyenda “Neruda vive” pudieron ver durante todo este mes.

¿Y en Iquique que se hizo? … Lamentablemente, la institucionalidad cultural no hizo nada relevante.  Ni siquiera una exposición, un acto o, por último, un evento simbólico. Tampoco dieron luces los protagonistas de la SECH. Presumo que todos estaban enfiestados o de vacaciones en Tacna.

Neruda, a todas luces, es un personaje artístico y un hito de nuestra historia cultural. Su poesía es transversal a todos los ciudadanos. Además, fue uno de los dos poetas galardonados con el precio máximo que puede aspirar un literato, el Premio Nobel de Literatura. Un hombre con una inmensa altura literaria y política que debiera estar en el mejor escenario de nuestra memoria colectiva, pero que, sin embargo, algunas autoridades por desidia o negligencia no quieren recordar. ¿Cómo es posible que el Consejo Regional de Cultural no hiciera un acto masivo para rememorar su vida y obra? ¿Cómo es posible que no se coordine una actividad con los colegios, las universidades y el mundo literario para hacer memoria de un hijo ilustre chileno? Presumo que el día 23, como cayó día lunes en el calendario, después de una larga y agotadísima fiestas patrias, no había capacidad organizativa para convocar a los actores y al público.

Sinceramente, creo que las actuales autoridades de este organismo estatal no hicieron ningún esfuerzo para  resaltar esta fecha especial. Ellas están más preocupadas de administrar los fondos concursables y de la realización de cursillos de baja monta, con el propósito de convertir a los artistas y gestores culturales en empresarios. Pero brillan por su ausencia en acciones que pongan  en valor y difundan a  aquellos personajes que se asocian con nuestra chilenidad y con el arte nacional.

Es asombroso, penoso e indignante que haya pasado desapercibida esta conmemoración para los habitantes de este territorio.  No es de extrañar la actitud de la cabeza de este organismo cultural, pues hemos observado que solamente se dedica a asistir a las inauguraciones de los proyectos ganadores del Fondart y a aquellos que le dan prestigio social, pero, en ningún caso, responde a las invitaciones de los artistas autónomos ni menos a las iniciativas culturales de los adultos mayores.

La verdad que en los últimos tiempos, el accionar de esta institución deja mucho que desear, ya que no hemos visto ningún proyecto de envergadura instalar en la ciudad, como por ejemplo, un seminario o un congreso de cultura, la implementación de un Centro Cultural Mayor, como las que conocemos en otras comunas importantes de Chile. Desconocemos que se haya preocupado por generar una instancia académica y técnica de alto nivel en la formación artística en alguna manifestación de las Bellas Artes. No sabemos de nada relevante que haya dejado para la ciudad. Solamente prevalecen en su programa proyectos concursables, eventos y actividades inorgánicas, con poco impacto social. No hago más comentario, la ciudadanía que saque sus propias conclusiones.

La cara adversa de la moneda que debemos advertir, independiente de la postura política de las autoridades de Alto Hospicio, es el buen funcionamiento del Centro Cultural de esa localidad. Hace poco estuvimos allí presentes con la Academia de Teatro de Adultos Mayores, la cual funciona bajo el alero del Teatro Universitario Expresión, de la Universidad Arturo Prat y nos llevamos mayúscula sorpresa. Favorable, por supuesto. Una infraestructura de primer nivel, con una implementación técnica adecuada y pertinente. Además, nos enteramos que cuenta con un programa gestión permanente y en beneficio de los pobladores de ese sector.

¡Qué envidia! Ya quisiéramos los iquiqueños contar con un escenario como el que tienen. ¡Obras son amores! Ahí hay gestión, compromiso y decisión política para apostar por la cultura y las artes. Lo mismo hemos presenciado en Pozo Almonte y en Pica. Todas estas ciudades cuentan con sala dignas para el desarrollo de las artes. ¿Y nosotros, los iquiqueños?  Nada. El Teatro Municipal sigue en un eterno estudio para su recuperación. La sala del ex Cine Tarapacá, todavía “penan las ánimas”. Las actividades artísticas multitudinarias tienen que seguir refugiándose en la “pellejería” de estadios derruidos, en las calles y en cualquier rincón que pueda acomodarse. Las instituciones públicas continúan con sus ferias públicas, sin contar con espacios que le den dignidad a los emprendedores y a sus creaciones. Sencillamente ya nos hemos acostumbrado a la “picantería” y a los eventos improvisados.

¿Por qué pasa esto?  Es indudable que todo ello ocurre porque existe una “miopía” política en nuestros gobernantes y políticos. Aún no valoran la cultura como palanca de desarrollo social y económico, capaz de hacer suya las diferencias culturales, que integre las especificidades culturales en las estrategias, tomando en cuenta la dimensión histórica, social y cultural de cada comunidad. Hasta estos días aún no existe un Plan de Desarrollo Cultural Regional, creado con la participación de la ciudadanía, que incluya los sueños y aspiraciones de ella. Se sigue observando la cultura y las artes como un adorno o complemento, algo que debe incluirse en el discurso, pero que no es urgente de atender.

Qué falta hace en la esfera regional establecer estrategias que propendan a la  evolución de ciudades creativas, que introduzcan nuevos lineamientos en los esquemas organizativos y de funcionamiento de los modelos de gestión urbana, con el fin de conseguir un desarrollo urbano sostenible para todos los ciudadanos. Qué falta hace autoridades que consideren la cultura como un medio para posicionar la imagen de la ciudad ligada a los valores culturales.

Mientras esto no ocurra, seguiremos olvidando a Neruda, a nuestros artistas que entregaron su vida por el arte iquiqueño, haciendo eventos populacheros, manteniendo a los cultores con sueldos de hambre, a través de proyectos  concursables. De la misma manera, continuará aumentando el consumo en los templos de las transnacionales, en los bares, prostíbulos; la droga se infiltrará en todas las capas sociales y la gente se evadirá en sueños fatuos. Pero, todo ese magro escenario se cubre “caritativamente” con el auspicio de una empresa minera que paga millones de pesos por traer a Iquique un espectáculo nacional, el cual – sin poner en tela de juicio su calidad – es “una golondrina que no hace verano”. Al final de la función, posiblemente, se mantenga alguna imagen en la retina de una elite o mejore los bolsillos de los productores, pero, en definitiva, nada queda instalado para la ciudad.

De todas maneras, la ciudad necesita cambios radicales en este ámbito para lograr ser un territorio amigable, cultural y lúdico. Por todo, es necesario exigir a los candidatos que postulan a cargos públicos que propongan políticas culturales democráticas, es decir directrices consensuadas con todos los ciudadanos organizados. Que se comprometan a implementar infraestructura básica, por ejemplo, centros culturales. Estos son los lugares ideales para el encuentro, la expresión, la creación en un ambiente amable y participativo en el que se puede recuperar la esencia solidaria que caracterizó a nuestra ciudad y para ejercer nuestro derecho a la cultura. Al mismo tiempo, en ellos se podrían desarrollar talleres de artes escénicas, artes visuales, artes musicales, culturas urbanas, literatura, artesanía y muchas acciones más. Naturalmente, estas entidades estarían abiertas a todos los vecinos sin distinción de edad, sexo o condición social para que desarrollen un quehacer creativo con la posibilidad de ser protagonistas de la vida cultural del barrio y de la ciudad en un medio de recreación, de diversión y de realización personal y colectiva.

No basta hacer de Iquique una ciudad grande, sino una gran ciudad; un espacio donde gobierne la cultura con mayúscula y la cultura con minúscula, la cultura de élite y la cultura popular, la cultura profesional y la cultura de base, la cultura en el centro y la cultura de los barrios. En fin, necesitamos, ahora más que nunca, avivar la diversidad cultural y el carácter multiétnico de nuestro  apreciado puerto.