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Julio Cámara Cortés, Consejero Regional de Tarapacá Coincidiendo con el inicio del 2013, y mientras nos aprestamos con el mejor de nuestros ánimos a disfrutar del... ¡Peligro! Se viene el Dakar…

Julio Cámara Cortés, Consejero Regional de Tarapacá

Coincidiendo con el inicio del 2013, y mientras nos aprestamos con el mejor de nuestros ánimos a disfrutar del verano y encarar lo que nos deparará el nuevo año, se nos viene encima la versión número 34 de esta competencia, considerada, se dice, la “más exigente y famosa del mundo”.

Que la prueba, además de famosa, es exigente, y también peligrosa para la integridad física de los participantes, hecho que parece contribuir a su cuestionado“glamour”, lo resume en la prensa nuestro crédito local, Rodrigo Illanes, quien declara que en sus 21 años de trayectoria, este podría ser su tercer y último Dakar, “por los riesgos que en muchas oportunidades podrían terminar con su vida”.

Las cifras avalan con creces sus aprensiones: 21 pilotos fallecidos entre 1979 y 2012, de los cuales 14 corresponden a motociclistas, justamente el tipo de vehículo que conduce el joven Illanes. Dicha cifra se incrementa sobre la cincuentena si se agregan las pérdidas humanas entre espectadores y otras provocadas por el paso del mentado rally.

Pero, aparte de los evidentes riesgos, está el tema de los costos financieros de estar presente en la prueba. Y es que no sale nada de barato competir en el rally, como muy bien lo sabe “Yiyo” Illanes, quien reconoce que participar en la competencia le cuesta sobre los 70 millones de pesos, recursos que logra reunir con aportes del gobierno regional y empresas privadas.

Lo anterior, confirma otra de las permanentes críticas al evento, el que es tildado de estar dirigido a “elites adineradas” con suficiente capacidad económica para solventar dichos costos, y permitirse el “gustito” de vivir una aventura donde el riesgo y la adrenalina son ingredientes inseparables, que es, en definitiva, el producto que venden a muy buen precio sus organizadores.

De allí, también, el decidido apoyo de grandes marcas automotrices, que perciben en el evento importantes oportunidades de negocio, lo que ha llevado a que la competencia se convierta, en los hechos, en una tenaz disputa entre grandes empresas que aprovechan (cuando no) de probar nuevas tecnologías que luego pondrán a la venta en el competitivo mercado del rubro.

Conviene repasar brevemente su intensa y discutible historia.

En su origen, año 1979, la competencia iniciaba su recorrido en Paris y culminaba en Dakar, capital del estado africano de Senegal. Así, se posicionó como “Rally Paris – Dakar”, una rentable marca comercial para sus organizadores, la empresa francesa ASO, sigla que corresponde a Amaury Sport Organization.

Pero, no siempre esta fue su ruta habitual. En 1992, su destino final no fue Dakar sino Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, y desde 1995 el lugar de inicio, Paris, también fue cambiado, dicen que por razones políticas y también publicitarias.

El 2000 y 2003, y sin duda por poderosas y convincentes razones de marketing, la competencia culminó en Egipto, teniendo como telón de fondo nada menos que las milenarias y turísticas pirámides.

El 2008, el Rally se suspende por recomendaciones del gobierno francés, ante la posibilidad de atentados terroristas en su paso por África. Lo que no se dice mucho, es que el 2005, 24 ONG internacionales, más ecologista y organizaciones sociales, suscribieron un manifiesto que pedían poner término a dicha competencia, por el derroche insultante de recursos en Africa, el “continente de la pobreza”.

El Rally se viene a Sudamérica

Así, cuando a la ASO se le hace cuesta arriba sostener la competencia en Europa, y de paso el rentable negocio, sus organizadores, muy visionarios tratándose de ganancias aseguradas, pusieron sus ojos en nuestro sufrido continente. A fin de cuentas, nuestra historia de países dependientes y siempre “en vías de desarrollo”, nos condiciona a ser receptivos con cualquier “novedad del año” que nos llegue a través del Atlántico, aunque ésta sea una calamidad que terminaremos como siempre, pagando caro, como veremos más adelante.

Muy diligente, la ASO ajustó la denominación original, y el evento quedó como “Rally Dakar” a secas, no importando que tal etiqueta ya no “pegue” mucho en tierras americanas.

Y aquí se instalaron, desde el 2009, recibiendo de inmediato el entusiasta apoyo de los gobiernos de Argentina y Chile, quienes brindaron todo tipo de facilidades y recursos para que el evento se desarrollara sin contratiempos, seducidos por la oferta (“que no se podía rehusar”, como diría Don Corleone) de poner en “vitrina” los atractivos turísticos de ambos de países, dada la cobertura mediática internacional que concita el evento.

A partir del 2012, también se suma Perú, y sus organizadores amenazan con extenderlo próximamente a toda Sudamérica.
Cabe preguntarse, cuánto puede aportar realmente, como fuente de conocimiento de nuestros países, tal cobertura mediática, en un mundo altamente globalizado e interconectado a través de infinitas redes que proporcionan abundante y variada información, incluida la referida al rubro turístico.

Los daños irreparables

Hay que decir, en lo concerniente a nuestra región, que no hay ninguna evidencia que el paso del Dakar haya potenciado e incrementado el flujo turístico, el “botín” ofrecido por sus organizadores, no obstante los recursos aportados desde el gobierno regional a través de SERNATUR. Ignoro acerca de resultados en contrario en las otras regiones incluidas en la ruta de dicho rally.

De lo que sí existe evidencia comprobada es acerca de los daños que el paso del evento está causando desde el 2009, en zonas y sitios patrimoniales del desierto de Atacama, como lo prueba el informe de un grupo de expertos convocados el 2011 por el Consejo de Monumentos Nacionales, quienes elaboraron un lapidario informe sobre el tema, empleando el término “irreversible” para referirse a dichos daños.

En la misma dirección, el Colegio de Arqueólogos de Chile denuncia la total impunidad para la ASO en la destrucción de sitios arqueológicos desde que dicho evento se asentara en tierras nuestras.

Indican que “la falta de castigo por parte del gobierno se debe a que el Rally es una actividad auspiciada por un organismo del Estado, el Instituto Nacional del deporte (IND)”.

Sostienen, asimismo, que entre el 2009 y 2011, se dañaron 126 sitios patrimoniales, y concluyen de manera tajante que “el Rally Dakar es una actividad altamente dañina para el patrimonio arqueológico e histórico del país”.

Y no solo en Chile se han levantado voces que advierten de los riesgos al patrimonio histórico y natural y, vaya ironía, también turístico de las zonas incluidas en el trazado de la ruta del rally. Una posición similar han asumido en Argentina organizaciones medioambientalistas y defensoras del patrimonio que han demandado, como ocurrió en Europa, el término de tan discutible evento.

La más reciente protesta se escucho desde el vecino Perú, país que se incorporó el 2012 al rally.
A través de su director, el Museo Paleontológico Mayer Hoonniger, de Lima, acuso a la ASO de causar un daño irreparable en el desierto de Ica, donde se encuentra el mayor cementerio del mundo de fósiles del periodo del Mioceno, sin contar con las toneladas de basura esparcidas en dicho desierto.

Pero, las denuncias y cuestionamientos expuestos no son, por lo que se ve, argumentos válidos para que autoridades de gobierno dejen de actuar con tanta complacencia y pasividad frente a una empresa extranjera que hace un suculento negocio de un evento que daña y destruye de manera irreversible valiosos sitios patrimoniales de nuestra zona norte.