Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto/ Antropólogo Social, Magíster en Educación y Dramaturgo “Un Verano Naranja”, era el titulo de una simplona canción de los años 70 que... “Dame un verano naranja porque esta noche hay pelea”

Iván Vera-Pinto Soto/ Antropólogo Social, Magíster en Educación y Dramaturgo

“Un Verano Naranja”, era el titulo de una simplona canción de los años 70 que interpretaba con suficiente éxito el argentino Donald y que para algunos jóvenes de aquella época representaba una disimulada propaganda a una gaseosa. Ciertamente era una de esas tantas canciones llenas de lugares comunes, que nos hablaba de los efímeros flechazos de verano, del sabor a juventud y naranja, del amor soñado; y, de otras ingenuidades.

Por la misma temporada surgieron otras creaciones que ganaron nuestra sintonía: “Te quiero, te quiero”, de Nino Bravo; “La Felicidad”, de Palito Ortega, “Fuiste mía un verano”, de Leonardo Favio;”La Nave del olvido”, de El Greco, entre tantas. Creo que todas ellas se ubican en la llamada categoría “canción de verano”, que lograron traspasar sus fronteras y sobre todo, ser recordadas hasta hoy por los melancólicos del ayer. Hasta ahí eran baladas románticas, melódicas y con simple sensibilidad poética.

Posteriormente, los sellos disqueros se dieron cuenta que es importante lanzar temas para bailar coincidiendo con la pasión veraniega. La prueba más clara la tuvimos en los años 80 con el baile de la “Lambada” y llegó a su cúspide hace un tiempo atrás con el baile Axé. De esta manera, se sienta el precedente que para triunfar hay que hacer una música divertida, tropical, “oreja” y bailable; con una expresión excitante que se repita hasta la saturación y un estribillo absurdo que no signifique nada en concreto y que cada uno interprete libremente.

En esa dimensión podemos identificar a “Macarena”, de Los del Río; “La Vida Loca”, de Ricky Martin y “Aserejé”, de Las Kétchup, “Rebelde” de RBD, “Las caderas no mienten” de Shakira, “Perros”, de Paulina Rubio, et, etc. Así como éstas hay otras canciones que habitualmente monopolizan las radios emisoras, discotecas y pubs durante una temporada y, salvo ciertas excepciones, pasan con rapidez al olvido, hasta que en el próximo período un nuevo tema se ponga de actualidad.

Al parecer existen por lo menos dos criterios básicos para entregar el dudoso honor de la “canción de verano”: El primero es que el single sea la continuación de una tendencia impuesta durante el año anterior y, el segundo, es que los programas musicales de radio y televisión promuevan una determinada canción que pueda funcionar para su público objetivo. Como observamos no es difícil confeccionar este tipo de melodía que incorpore un ritmo convencional, la consabida letra insustancial y una buena dosis de mercadotecnia.

En la actualidad a los desprotegidos auditores se nos castiga con la tontería comercial de turno: el reggaetón. Esta combinación musical de reggae jamaiquino y el rap afroamericano, nacida en las cárceles de Panamá, en la década de los 80 representó una fuerte crítica al sistema capitalista; pero al pasar el tiempo (y manipulada por la industria disquera) decantó en un simplón y machista contenido, con muy poco aporte estético.

No es necesario ser erudito en la materia para darnos cuenta que estas esquemáticas producciones comerciales, de cero de talento, llenas de un exacerbado erotismo y recurrente doble intención. Están hechas con el único propósito de generar fiestas lujuriosas; y, consecuentemente, vender discos a destajo para el beneficio de los industriales de la música. A fin de cuenta “Dame más gasolina”, “Esta noche hay pelea”, “Carnal”, “Comienza El Bellaqueo “y otras tantas letras salidas de tono, lo único que les importa es que la gente baile y disfrute libremente.

Es claro que en gusto no hay nada escrito, tampoco se trata de prohibir estos ritmos como se hizo en Cuba, en absoluto, porque esa actitud, incluso, los haría más popular. No obstante, al igual como nos protegemos en verano de los rayos solares, creo que algunos tendremos que valernos de un buen filtro para evitar que letras frívolas tales como: “Pues dale, dale, que yo quiero una noche más…” y “Sácala…úsala…no le tengas miedo…”, nos succionen las neuronas y nos dejen la mente en blanco.

Tal vez exagero, pero lo que sí está comprobado es que la buena música trasciende y aún pasado muchísimos veranos se sigue escuchando en la memoria emotiva de diversas generaciones. Por el contrario, las modas, como los amores de verano, pasan, no quedan huellas, no nos estremecen, no nos hacen soñar, no despiertan ningún sentimiento noble ni menos bello en nuestro ser; simplemente son diversiones fatuas y pasajeras. Una vacía música que una vez bailamos, emborrachados por el ambiente escapista, pero que pasado el tiempo, con más experiencia de vida y gusto estético, la rechazamos y la ocultamos con vergüenza, como aquella foto de esa persona que compartió una vez con nosotros un baile o un paseo en la playa, pero que ya no queremos recordar nunca más.